«Como a un viviente ellos me saludan
¿mas no saben acaso
que he muerto de años tan tardíos,
aunque insepulto?».
Hombre muerto caminando, Thomas Hardy
El arte, y metamos en este saco a la ciencia, está lleno de historias terribles, sorprendentes, y de personajes excéntricos. De acuerdo con Juan Forn, en una de sus contratapas —la columna semanal que publicó en el diario Página 12 durante un decenio—, el cerebro de Einstein estuvo durante un tiempo de vecino del escritor William S. Burroughs. Sí, de vecino, bajo el tutelaje de Thomas Harvey, el médico forense que hizo la autopsia del físico alemán. Fue Burroughs quien puso en contacto a Harvey con el periodista que se encargaría de llevarlo con Evelyn, la nieta del científico, para por fin deshacerse del cerebro, que había resultado más una maldición que una bendición. Harvey había cargado con aquel cerebro por alrededor de treinta años y en su trasegar había perdido su trabajo y a su familia. La columna de Forn se titula “Qué tenía en la cabeza”, dejo el dato para los lectores curiosos.
Pero dejemos a Harvey y al cerebro de Einstein, y regresemos a Burroughs. Muchos años antes, en 1951, cuando Einstein todavía caminaba el mundo con su cerebro bien puesto y sin saber lo que pasaría con él, el escritor estadounidense mató a su esposa Joan Vollmer.
Fue en medio de una fiesta en Ciudad de México, en casa John Healy. De acuerdo con los datos recogidos por las autoridades mexicanas, William Burroughs, después de emborracharse con ginebra Oso Negro, puso un vaso encima de la cabeza de su esposa y le indicó que se ubicara a una distancia de dos metros, con la idea de demostrar su puntería usando su pistola Star 380. Sin embargo, el disparo impactó en la frente de ella, que murió casi de manera inmediata.

Lewis Marker, de quien Burroughs estuvo enamorado, fue quien contó esta versión. Él citó la conversación de la pareja:
—Escucha Joan, ¿recuerdas a Guillermo Tell? —preguntó Burroughs.
—Claro, la leyenda suiza que inspiró Wilhelm Tell de Friedrich Schiller. Dispara con una ballesta a una manzana posada sobre la cabeza de su hijo. Solo por no reverenciar a su opresor.
—Exacto. ¿Te animas? Nunca he fallado.
Joan bebió lo que le quedaba de trago, y se preparó para la gran hazaña. Burroughs llenó un vaso de ginebra y lo colocó sutilmente sobre su cabeza.
—Vamos hazlo, ¡dispara!
Esta versión fue negada por el escritor estadounidense, quien aseguró que se trató de un accidente, que Joan estaba muy borracha, se había sentado, él sacó el arma para mostrarla a alguien y la pistola resbaló, golpeándose con una mesa y disparándose sola. Burroughs fue declarado culpable de homicidio y llevado al Palacio de Lecumberri, pero lo liberaron trece días después.
Meses antes de que ocurriera esta tragedia, en medio del cumpleaños número 72 de Einstein, Arthur Sasse tomaría una de las fotos más icónicas del científico, en la que aparece con la lengua afuera, como si estuviera sacándosela a Burroughs, quien treinta años después ayudaría a Harvey, sin ningún éxito, a decidir el destino de su cerebro.
Pero dejemos, por un momento, a Burroughs y a Einstein, y vamos a otras anécdotas curiosas. Hay una que me fascina y que involucra también a México. La cuenta Guillermo Schavelzon en El enigma del oficio, memorias de un agente literario. Este libro, que parece una miscelánea de curiosidades literarias, cuenta que Gabriel García Márquez no solo autopublicó La hojarasca, también Los funerales de la mamá grande. Lo relata Schavelzon de esta manera:
«Me contó que durante más de un año había recorrido todas las editoriales de México con el manuscrito en la mano, sin éxito, hasta que finalmente la Veracruzana se ofreció a publicar 500 ejemplares, si él financiaba la edición y renunciaba a cobrar derechos de autor, cosa que aceptó».

Pero esto no es lo importante ni lo maravilloso, sino que cuando autopublicó este libro estaba escribiendo Cien años de soledad. Había una línea muy delgada entre un autor que no conseguía publicar, al que una editorial universitaria le ofreció un acuerdo paupérrimo, y un autor que se volvería universal. Un enigma de la vida. Esto, por supuesto, sucedió cuando el cerebro de Einstein ya andaba en un tuppeware entre las pertenencias de Harvey.
Dice Forn, en su columna, que el encuentro con Evelyn fue un fracaso. Ella no estaba muy convencida de recibir el cerebro y Harvey tampoco quería desprenderse de él. En últimas, aquella masa gelatinosa de grasa, agua, proteínas y sales había sido su compañera de vida.



