Bus Rosado Crema. Ilustración: Juan Carlos Manrique Bohórquez
«Aquello me hizo desear un rincón y una buena música, corazón de melón, mientras regresábamos en bus a la ciudad, en medio de un silencio sonámbulo».
Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!
Coloridos pájaros de metal recorrieron las calles de Cali entre los años 60 y 90: los buses urbanos buscaban igualar en belleza a la diversidad de aves que habitan la ciudad. Desde aquellos días, los ojos maravillados de varias generaciones de caleños asimilaron una estética urbana y popular que formó su identidad local y ahora —cuando el anfibio monocromático del MIO se desliza por nuestras calles— parece que con la extinción de estos animales metálicos hubiéramos perdido un poco del encanto caleño.
No estamos entonando un canto a la nostalgia, pero los buses son parte fundamental de la mitología popular caleña, como en Londres los routemaster rojos. Salvo que mientras en Inglaterra se conservan como patrimonio, aquí la mayoría fueron chatarrizados y unos pocos merodean por allí como raras avis de exposición.
Hoy —en tiempos de apps para carreras en vehículos particulares— subsisten algunas rutas en decadencia y abandono, junto a otros medios de transporte del siglo pasado como las “gualas”, esos camperos que aún llegan a las zonas rurales de Cali, con sus bultos de verduras y racimos de plátanos en la parrilla, su platón con puestos a los lados, cubierto por lona impermeable y dos pasajeros colgados en la parte trasera.
Por alguna razón, ese símbolo de Colombia que son las chivas no logró imponerse en el imaginario caleño, está más asociado con el campo en la zona andina del país y con las comunidades indígenas del Cauca.
Algunas de las especies extintas fueron: la Azul Plateada, Verde Bretaña, Gris San Fernando, Verde San Fernando, Blanco y Negro, Desepaz, Villanueva – Belén, y la Gris Roja. También perdimos toda la sección cremosa: Crema y Rojo, Crema y Verde, Azul Crema, Amarillo Crema, y la Rosado Crema, que por los años 80 dejó de circular, dando origen a la ruta Papagayo.
Los buses Rosado Crema —la mayoría de la marca Ford, modelos Mercury 61, 62, 63…— tenían a los costados tres franjas: una azul turquí, una rosa y otra amarilla, entre las que se leía su nombre en letras góticas: «Rosado Crema», dos palabras tiernas que juntas resultan redundantes, un exceso de cursilería.
Sin embargo, su contraste con el fondo urbano de edificios y casas, siempre fue muy seductor. Desde su gama cromática estos vehículos parecían más aptos para ser carros de helados o el transporte oficial del deportivo Barbie, por eso, como afirmaron en una crónica de El País, eran verdaderos «juguetes ambulantes».
Su ruta empezaba en el barrio La Unión, al suroriente de la ciudad y pasaba por El Prado, el Siete de Agosto, atravesaba el centro y llegaba hasta Juanchito. Para muchos que vivieron en aquella época «era la ruta de la gente más humilde y la única que pasaba por los barrios más alejados». A pesar de que, por lo general, los buses no estaban en las mejores condiciones y tampoco eran los más cómodos, como contó un escritor, «los utilizaban más que cualquier otro para ir a Juanchito, donde estaban los mejores bailaderos en los 60 y 70».
«Los sábados en la tarde, los buses Rosado Crema se llenaban sobre todo de empleadas y niñeras que salían a su descanso, uno las veía arreglándose en los puestos, maquillándose y cambiándose, porque ya tenían cita con sus novios en Juanchito. Igual, se subían muchos obreros y obreras de fábricas, y bailadores que iban para rebuscarse un dinero con exhibiciones en las discotecas».
De modo que seguimos a la espera de un estudio sociológico y artístico de los buses en Cali como medios de transporte y —más que su función instrumental— como medios —o mediaciones, para decirlo en la terminología de Jesús Martín-Barbero— de expresión para la cultura popular. Los buses, entendiéndolos de esta forma, son materia más adecuada para la poesía y la literatura.
Mientras tanto, apropiándonos de esta bella metáfora en movimiento, usando sus colores y fuente tipográfica, así como transmutando su recorrido urbano y social en una perspectiva desde la que podemos abarcar toda la riqueza cultural y artística de nuestra ciudad, presentamos al mundo la revista The Cali Review. Invitados todos a subirse: «Nuestra ruta es la cultura».
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The Cali Review es una revista de periodismo cultural y literatura: nuestro propósito básico es abrir —y mantener— un espacio en el que las historias, los personajes y personalidades, los artistas, las obras y eventos, así como las noticias sobre temas culturales —y científicos— tengan completa cabida y sean nuestra prioridad. A diferencia de lo que sucede en los medios tradicionales donde, como denunció Hernando Téllez hace más de 50 años, el periodismo narrativo, las entrevistas en profundidad con creadores, las reseñas de arte y literatura, los ensayos de divulgación, «aparecen como pobres damas vergonzantes a quienes se les da refugio provisional por benévola condescendencia».
En The Cali Review la cultura es nuestra pasión, razón y justificación, por lo tanto, no caeremos en las tendencias de contenidos superficiales y vulgares con los que las redes sociales sometieron a los medios tradicionales para lograr el posicionamiento y sobrevivir, pasando por encima de la ética —y la estética.
No aspiramos a un público masivo, aunque nos gustaría llegar a todos los públicos. Tenemos la convicción de que, si logramos nuestro cometido, seremos de aquellas «revistas minoritarias que aseguran la continuidad de la cultura», como pronosticaba T. S. Eliot en su última editorial para The Criterion.
Creemos que aún existen lectores genuinos que no temen recorrer más de 1000 palabras y buscan más que información en un texto, sobre todo cuando aborda temas culturales en los que, como afirmaba Juan Forn —ese héroe del periodismo cultural—: siempre se debe escribir con la dedicación y las exigencias de estilo del arte literario.
Los lectores de The Cali Review esperan gracia, buen gusto, agudeza y profundidad, una buena dosis de sentido del humor, voces reconocibles para validar o contradecir desde una mínima altura intelectual. Reivindicaremos la inteligencia y la imaginación, que el periodismo cultural sea un vehículo —un bus, para utilizar la metáfora— para pensar y reflexionar, que sirva como resistencia a la actual degradación del periodismo convertido en incitador de la bajeza en todas sus manifestaciones: alimentando mezquindad, odio, crueldad, obscenidad y radicalismos ciegos, aquellos impulsos cercanos más a la consolidación de la estupidez colectiva que al verdadero deseo de informar a la gente.
Abriremos debates de ideas, donde el diálogo de opuestos sea posible. Siempre manteniendo la distancia de polémicas vacías. Para nosotros no hay temas menores, todo observado con atención y abordado con humanismo puede volverse interesante, depende del talento del escritor o la escritora. De modo que lo popular y lo culto aquí conviven todas las sensibilidades: lo cursi, refinado, kitsch —o camp—, elegante, excéntrico, tradicional, folclórico, antiguo, moderno, punk, rock, geek, caribeño, Pacífico, andino, snob y marginal… Todo lo que somos como mestizaje cultural.
Somos una revista que busca visibilizar todo el ecosistema de expresiones artísticas y culturales que se originan en Cali, entendiendo que hay algunas manifestaciones —como la salsa y la cultura del Pacífico— posicionadas y adoptadas por la oficialidad para promover una identidad caleña a nivel mundial, pero sabiendo que Cali es mucho más rica y compleja culturalmente. En este sentido, como medio alternativo buscaremos visibilizar los proyectos, propuestas, obras y artistas que están a la sombra de la monocultura impuesta desde la visión comercial y turística. Uno de los epicentros culturales más diversos de Colombia no puede reducirse a dos manifestaciones populares que, desde luego apoyaremos, pero teniendo como prioridad la cultura en sentido amplio, más allá de los estereotipos, clichés y convenciones.
Abordar la realidad desde la cultura, con la dedicación y el despliegue que lo merece Cali, no es un aspecto secundario de la agenda informativa, como lo entienden en los medios tradicionales. Desde hace algunos años, vemos con tristeza como Cali quedó huérfana de medios comprometidos con devolver a la cultura su función social. Dentro de este marco conceptual, en The Cali Review entendemos la cultura como un saber, una herramienta del conocimiento para aproximarnos a nuestra sociedad y los problemas de nuestro tiempo.
En este propósito, la literatura es conocimiento y también goce de la imaginación, por lo que tendremos este espacio abierto a las voces de Cali y el mundo. En tanto que la divulgación científica, escrita con arte literario y rigor, también será una cruzada nuestra contra la desinformación y la ignorancia que hoy dominan en las redes sociales.
Creemos que ahora —como nunca antes— Cali tiene el núcleo cultural activo más importante de su historia, desde el que vivió en los años 70, y merece un medio que sepa y pueda apreciar toda esta riqueza creativa. También, es el momento en que Cali puede observar con seguridad —desde su propia ruta— a la cultura de Colombia y el mundo, por eso, The Cali Review es un medio cosmopolita donde la cultura universal estará presente en diálogo con lo local.
Colgados de la puerta llamamos a todos aquellos que viven la cultura como base de su existencia, una necesidad vital como creadores y espectadores, para que suban a nuestra ruta. Confiamos en que apoyarán nuestra causa para convertir The Cali Review en la revista representativa de nuestra ciudad.
Si estás interesada-interesado en colaborar con nosotros o apoyarnos, escríbenos al correo: info@thecalireview.com