El zoólogo y escritor mexicano Andrés Cota Hiriart, conductor del programa RUM en TV UNAM y del pódcast Masaje cerebral, y finalista del I Premio de No Ficción de Libros del Asteroide en 2022 con Fieras familiares, despliega en Fieras interiores (Penguin Random House, 2026) un detallado recorrido por el feroz ecosistema que es el cuerpo humano.
El autor nos recuerda que cada uno de nosotros no es solo un individuo: somos millones, si contamos a nuestros inquilinos corporales, huéspedes anatómicos que nos habitan mientras viven odiseas larvarias. Los tripulantes de nuestras entrañas son responsables de mucho más de lo que creemos y, Cota Hiriart, demuestra con muchos datos científicos, una narrativa envolvente y necesario humor, que somos una interesante materia orgánica bajo la potestad de los «amos indiscutibles del juego evolutivo».

—¿Cómo desarrollaste el trabajo de investigación en su relación con asuntos de la vida cotidiana?
Supongo que la respuesta directa sería: viviendo el día a día guiado por la curiosidad. Con esto quiero decir: atendiendo a lo que sucede más allá de los aconteceres que corresponden estrictamente a nuestra especie, o sea prestando atención al resto de las criaturas, sean estas peludas, escamosas, membranosas, plumíferas, invertebradas o, como corresponde ahora, parasitarias. Y, como suele suceder, una vez que fijas el cursor de cierta pesquisa indagatoria o creativa, en este caso referente a las entidades que nos habitan (esos tripulantes de las entrañas ajenas), la vida pareciera comenzar a cruzarse espontáneamente en el proyecto en puerta. ¿O será al revés? Siempre me pregunto si escribimos nuestras historias, o son las historias las que de cierto modo nos escriben a nosotros.
—¿De qué manera equilibraste la narración personal y la narración científica?
Me cuesta trabajo responder a esto, porque en verdad así es cómo pienso yo. Es mi llave de acceso al mundo, por ponerlo de alguna manera: la experiencia subjetiva —cifrada en vivencias y recuerdos— a la luz del pensamiento crítico —estructurado en una visión científica—, más la vocación narrativa —que sirve para dotar de cierto sentido a una realidad que francamente no lo tiene—. Para bien o para mal, esos son los engranajes operativos de mi cabeza. Así que el balance entre los tres campos se va dando por sí mismo, me figuro. No lo puedo evitar.
—¿Cómo funciona la conexión de tus obras, de tus Fieras familiares y tus Fieras interiores?
No es una segunda parte, pero quizás sí una especie de continuación de búsqueda estilo. Aunque son libros bastante diferentes entre sí, guardan en común su esencia quimérica que integra elementos provenientes de distintos registros narrativos: crónica, ensayo, memoria, relato naturalista, alegato ambientalista e investigación científica, con su buena dosis de humor y cierto desenfado. Literatura de naturaleza —literNatura o narrativaleza—, pues, que si en Fieras familiares inspeccionaba el entorno, tras la pista de los reptiles, anfibios, escorpiones y orangutanes que han marcado mi camino, en esta nueva vuelta da un giro de ciento ochenta grados para clavarse hacia el interior que todos cargamos, el exuberante reino que salpica nuestras entrañas y su tórrido bestiario de microorganismos, todos esos compañeros de recorrido —parásitos, comensales y simbiontes— que, en buena medida, nos hacen ser quienes somos.
—¿Podría decirse que, para muchos, una de las grandes fieras interiores es el miedo a heredar “males” de nuestros antecesores, a desconocer lo que llevamos en nuestros genes, a la idea de enfermarnos por un legado familiar que ha atravesado generaciones?
No diría necesariamente miedo, o no lo hay, si se conoce un poco sobre ello. Me parece que la raíz del miedo proviene de no comprender cierto fenómeno. Es decir, no dudo que en tiempos de la Edad Media mi abuela podría haber acabado en un exorcismo, porque sus psicosis podrían haber sido interpretadas como obra del diablo. Todavía en muchos poblados rurales se ve a las enfermedades hereditarias como si fuesen maldiciones o el resultado de la falta de fe. Lo clásico de las personas: levantar juicios de valor y sentencias sobre lo que no se entiende. Pero bueno, supongo que de eso se trata el conocimiento: de combatir un poco esas visiones sesgadas a las leyendas populares o a las condenas religiosas. Lo que quiero decir es que no podemos ignorar que somos producto de un linaje; no llegamos al mundo de la nada, sino que somos un breve paréntesis en una larga historia evolutiva, y en función de las particularidades intrínsecas a nuestra historia particular se definirán distintas sendas en nuestro camino.
—Por eso es tan importante conocer el historial de enfermedad de la propia familia, por ejemplo.
Claro: las precondiciones que uno podría llevar a cuestas, para que así no te agarre desprevenido o completamente por sorpresa el bagaje de tus genes. Digamos que, si en tu familia hay problemas de adicciones, quizás quieras tener los vicios un tanto a raya. O si hay precedentes de cierto tipo de cáncer, pues, en vez de ignorarlo, hazte chequeos rutinarios. De lo que no queda duda es que el padecimiento, cualquiera que este sea, guarda un mejor pronóstico mientras antes se trate.
—¿De qué manera y qué tanto se ha transformado la divulgación científica en tiempos recientes? Hablas de una especie de “alarmismo” de ciertas publicaciones.
En los tiempos del clickbait y los reels pareciera que el titular o la frase controvertida lo son todo, y que la viralidad de cierto contenido en redes es la máxima aspiración del producto, sin importar lo que se dice (y claro, con el tremendo problema de que la mayor parte de los usuarios solo se quedan con eso y no siguen la liga al artículo, video o pódcast completo). Yo creo que no hay que caer por completo en la trampa, y recordar que hay diversos tipos de público y de personas, y que cada medio tiene sus ventajas y desventajas.
—… Y que lo masivo no es necesariamente lo más atractivo.
De hecho, es completamente al revés, ¿no? En los albores de la IA, cada vez queda más claro el valor del acto presencial, de la discusión en persona, del frente a frente, de la experiencia y de vivir las cosas en carne y hueso. Como escritor soy partidario de la cancha pequeña; se lee poco hoy en día, sí, pero ese pequeño público es con el que se puede establecer el contacto más estrecho e íntimo, con una persona después de la conversación a viva voz. También por eso me gustan el audiolibro y el pódcast, porque susurras directo en el oído de una persona a la que probablemente nunca conocerás. La calidad de la conexión, me parece que ahí está la clave: la profundidad del vínculo que puede establecerse. Ahora, que tampoco podemos ser como los muppets esos viejos que se ríen de la contemporaneidad y que pretenden que el mundo no cambie. Yo soy de la opinión de que no hay formatos anticuados, aunque, desde luego, TikTok e Instagram pueden tener también sus virtudes. Ahí está el proyecto de Shots de ciencia, como buen ejemplo de ello, que a través de sus videos breves busca despertar la curiosidad y encender la chispa por querer saber más de algo.
—Respecto a eso, mencionas películas y series que pueden aproximar los temas científicos a los lectores. ¿Cómo dialogan hoy la cultura popular y la ciencia?
Es truculenta la relación. En tiempos de plataformas y guerras de contenidos, el documental audiovisual, sobre todo el de tipo docuserie, está sufriendo los estragos de la comercialización a toda costa, con lo cual se banalizan los temas y se pierde la oportunidad de complejizar las tramas o de buscar registros más experimentales o desafiantes en pos de crear un producto más comercial. Eso dicho, por supuesto que hay algunos intentos por ahí que no están nada mal. Para infancias y jóvenes, por ejemplo, está la serie Planeta absurdo de Netflix. Y por suerte el gran abuelo de abuelos, David Attenborough, sigue haciendo de las suyas, como también el buen Herzog con sus documentales. Sandbox Films también saca algo interesante de tanto en tanto y bueno en YouTube, ese monstruo de mil cabezas. Hay bastante… Motherboard que antes hacía Vice o los canales de Veritasium, Kurzgesagt – In a Nutshell, TED y demás. En todo caso, me parece que en estos tiempos el pódcast y los formatos de audio representan el terreno más fértil para la comunicación de la ciencia y, sin duda, donde se están haciendo algunos de los materiales más interesantes.
—¿Cómo “lees” las maneras en las que se hace y se divulga la ciencia en Latinoamérica en comparación con Estados Unidos y Europa?
Existen muchas diferencias que cambian drásticamente el terreno de juego y, por ello, quizás la trascendencia de los productos generados. Desde luego, esto no es específico de la ciencia, sino que es el caso del grueso de la producción cultural. Podríamos mencionar el presupuesto, tanto a nivel de lo que se invierte en una sola obra, como en lo que respecta al salario o ganancia monetaria del creador correspondiente. Pensemos que un solo episodio de Radiolab (sin duda uno de los mejores pódcast de ciencia) puede llegar a costar unos 10.000 dólares. En contraste, la mayor parte de los pódcast de ciencia en México apenas y monetizan. Y esto no solo depende de las fundaciones, dineros públicos, apoyos privados y demás vías de financiamiento, que en Latinoamérica son escuetas o sesgadas a ciertos tipos de contenido, sino que en nuestra tierra el esquema de mecenazgo, donación o de membresía (patreon, crowdfunding y similares) no termina de consolidarse. Pensemos en que Green Peace, sin ir más lejos la ONG más grande del mundo, opera gracias a las donaciones de sus seguidores. O tomemos el ejemplo de los libros: en Latinoamérica te va muy bien si tu adelanto de regalías suma unos 2000, 4000 dólares; en el mundo anglosajón, en cambio, superan los 10.000. Ya no digamos un artículo en una revista. Pero bueno, fuera de una cuestión presupuestal, existe el asunto de la tradición y de la visión. El llamado Nature Writting, por ejemplo, tiene un legado de siglos y las obras actuales de Robert MacFarlan o de Robin Wall Kimmerer representan superventas mundiales.
—Y en nuestros países pareciera que ciencia y literatura son dos asuntos radicalmente opuestos.
Excepto por algunos esfuerzos locales y esporádicos, apenas nos damos cuenta de que pueden tranzarse en la misma enredadera. Creo que en Latinoamérica seguimos arrastrando el grillete de las dos culturas de Charles Percy Snow, que promulgaba que humanidades y ciencias cabalgan por separado, cuando en verdad no es así. Finalmente, está el problema de la falta de preparación profesional. Salvo por unos cuentos programas y diplomados, me parece que en el grueso de las universidades panamericanas prácticamente no hay licenciaturas ni maestrías enfocadas en la comunicación de la ciencia. No historia y filosofía de la ciencia —que eso sí que hay pero es otra cosa—, sino en esta hibridación más propositiva y fresca de humanidades y ciencias, quiero decir.



