Hay observadores de aves que jamás han visto una —pajarero sería la palabra correcta en este caso, dicen algunos—. Juan Pablo Culasso, un uruguayo que nació sin el sentido de la vista, ha llegado a reconocer hasta tres mil sonidos emitidos por esos animales e impulsó en Colombia una de las primeras rutas de aviturismo incluyente de Latinoamérica, que hoy se extiende por Casanare, Cesar, Valle del Cauca y Vichada.
Tal vez sin saberlo, este pajarero y un grupo de personas invidentes de La Guajira están conectados por algo más que la discapacidad. Los periodistas Nausícaa Palomeque, desde Uruguay, y Nolasco Conrado, en Colombia, han acortado los 7,898 km que hay entre Montevideo y Maicao, vinculando a unos con otros pese a las numerosas barreras físicas, actitudinales y sociales que no dejan de existir, y con la expectativa de darle un giro a lo que implica ser ciegos en un país donde dos millones de personas en esa condición tienen escaso acceso a dispositivos, espacios y herramientas de asistencia.
De la ceguera, que Borges consideró un don dado «para que lo transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida cosas eternas o que aspiren a serlo», ha comprendido bien Nausícaa. Como docente e hija de docentes cuenta que «la inclusión siempre estuvo presente en la mesa de conversación». En 2016 produjo para el pódcast Radio Ambulante el episodio 240 aves con la historia de vida de Culasso. De él, también consultor en accesibilidad e inclusión, aprendió mucho más sobre el tema. Se le encendió el bombillo, conectó inquietudes que le venían dando vueltas y se puso manos —y oídos— a la obra. Así nació el proyecto 8 que Cuentan.
Los broches mayores del sonido
Nausícaa se ha aproximado con rigor y mucho afecto al mundo de quienes no ven o tienen baja visión. Según un artículo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicado en octubre de 2025, en América Latina y el Caribe son alrededor de 78 millones de personas las que sufren algún nivel de pérdida de la visión. De ellas, 3,7 millones son ciegas y cerca de 24,5 millones tienen algún tipo de deficiencia visual entre moderada y severa.
Es que habitar el mundo sin poder verlo «en estos tiempos que celebran la omnipotencia de la vista, que certifican la realidad en el orden de lo visual, que privilegian relaciones mediadas por la imagen, que priorizan las funciones organizadoras de la mirada» es sumarle dígitos a las cifras de la inequidad física. Entonces se hace muy difícil —cuando no imposible— la participación en sociedad, dice la escritora chilena Lina Meruane en su libro Zona ciega (2021).

Pero Nausícaa comprende que sí es posible conocer el mundo visible alejado de los ojos, al decir de Borges. 8 que Cuentan es la demostración de esta apuesta: un proyecto inclusivo de literatura latinoamericana «que tiene dos corazones: libros en braille y macrotipo (con tamaño de fuente 24 o 48) y un pódcast de ocho episodios, un cuento por cada uno, interpretado por actores uruguayos con un diseño de sonido bonito, de estilo cinematográfico». En la primera temporada participaron ocho autores de la literatura contemporánea de su país: Martín Bentancor, Fernanda Trías, Inés Bortagaray, Carolina Bello, Rosario Lázaro, Martín Lasalt, Pedro Peña y Horacio Cavallo. Ya se prepara la segunda con narradores latinoamericanos de hoy: Samanta Schweblin, Daniela Catrileo, Katya Adaui, Giovanna Rivero, Eduardo Halfon, Fabián Severo, Yuri Herrera y el colombiano Luis Carlos Barragán.
«La primera temporada tiene más de mil sonidos. Hay algunos de archivo, otros creados exclusivamente para el pódcast, así como la música original. Tenemos guitarras, gaviotas, cajitas musicales, cuchillos y viento, disparos y papel arrugándose, risas… Lo hacemos porque es fundamental crear una identidad sonora y un tono propio para cada cuento, buscando generar una experiencia inmersiva», me cuenta sobre la biblioteca que ha ido creando el sonidista Daniel Yafalian, mientras Gabriela Pérez y Gustavo Saffores han asumido la tarea de interpretar cada cuento.
Más allá de la lectura en voz alta que se hace en los audiolibros, aquí los actores ejecutan una portentosa puesta en escena auditiva, creando atmósferas que enriquecen los relatos para quienes solo pueden escuchar. Son, dice Nausícaa, historias con nuevas formas. Son, diría el poeta peruano César Vallejo, los broches mayores del sonido.
De Montevideo a Maicao: la inclusión expandida
Los libros de 8 que Cuentan se elaboran artesanalmente. El macrotipo y el braille se imprimen. ¿Por qué se agregó el macrotipo? «Lo aprendí con las personas que me han acompañado en este recorrido, bajo la premisa de que lo inclusivo no tiene por qué ser excluyente. Es un concepto precioso y tiene todo el sentido, pues les sirve tanto a las personas con baja visión como a quienes ven sin ninguna restricción».
El número y las letras de la portada se hacen con foamy de dos grosores diferentes para que los lectores se acerquen a la experiencia táctil desde el primer contacto: olerlos, pesarlos, sentirlos, hace parte de la vivencia del libro como objeto. Se anilla con espiral continuo de plástico para que pueda abrirse por completo en 180 grados y las manos lectoras puedan desplazarse fácilmente por las páginas. Aquí la fundación Itaú, el Gobierno de la ciudad de Canelones y la empresa Almaplast, encargada de la encuadernación, han sido apoyos clave, destaca.

Cada detalle ha sido pensado y ensayado, con errores y algunas fallas: «El proyecto en sí mismo ha sido todo un desafío. El pasaje de la tinta al braille es la mayor complejidad, pues implica multiplicar cada texto por cuatro; eso me hizo buscar textos de cierta extensión, por ejemplo. El objetivo, al final, es crear objetos culturales que sean funcionales pero también bonitos».
Con una distribución gratuita en bibliotecas y colegios públicos de Montevideo y del interior del país donde hay estudiantes con ceguera y baja visión, el proyecto se presentó por primera vez en las ferias del libro de la capital uruguaya y de Buenos Aires, y fue premiado como el mejor del año en Uruguay, en 2024, y más recientemente tuvo su vitrina en el Festival Gabo 2025.
En el marco de ese evento, pensado bajo el lema «Vernos de cerca» para propiciar encuentros y reflexiones alrededor del poder de las historias y de las nuevas narrativas como parte de «un periodismo más ético, inclusivo y transformador», se acercó a ella Nolasco Conrado, un periodista y gestor cultural costeño desencantado de la política.
Leer en la voz propia. Leer con los ojos de todos
«Los ojos nunca renuncian, (…) siempre buscan otros ojos», dice Meruane. Por eso, los ojos de la Asociación de Discapacitados Visuales (Asodisvi), capítulo Maicao, encontraron los de Nolasco: «Me he convertido en sus ojos ante las instituciones públicas».
Nacido en Santo Tomás (Atlántico), «llegué a ser alcalde de mi pueblo a los veinticinco años, ocupé varios cargos públicos y me retiré porque me cansé de la corrupción. Luego me dediqué a los medios; soy pionero de la televisión comunitaria en la costa Caribe. Eso me trajo hasta La Guajira porque yo venía a transmitir con el canal cultural los festivales y la música de acordeón».

Tal vez fue el famoso hilo rojo que, según una leyenda japonesa, conecta a la gente que está destinada a encontrase, el que llevó a que en uno de esos eventos musicales, y con una viva inquietud por los temas sociales, conociera a Javier Manjarrés, fundador de Asodisvi.
Con mucha modestia, una pizca de orgullo propio y algunos reclamos por el abandono institucional, el actual director de la asociación hace una lista de las iniciativas que ha liderado por las personas con discapacidad visual en su territorio: «Por ejemplo, con lo de los semáforos, porque este municipio no tiene diseño universal. Estoy pidiendo que los repotencien y queden a disposición de todo el mundo, pero mientras se hace eso, que haya un agente de tránsito para que ayude a mi comunidad a cruzar por ahí sin peligro. Otra cosa que me interesa es acabar con el analfabetismo. Tengo tres o cuatro compañeros que logré sacar como bachilleres. Fue idea de varios; nos desplazamos a los colegios donde ellos querían estudiar, gestionamos, ayudamos con algo de braille donde los profesores no son especializados, y al final nos los graduaron».
Javier perdió la visión después de trabajar veintinueve años en la mina a cielo abierto de carbón térmico de El Cerrejón, una de las más grandes del mundo en su tipo: «Allí tuve un accidente y adquirí la discapacidad. Tuve que meter abogados para que me dieran la pensión. Ahí fundé la asociación; Dios quiso que fuese la oportunidad. Yo tenía una camioneta y eso me ayudó a reunirlos más y a dialogar. Hemos hecho varias actividades por nuestra propia cuenta y eso nos ha retirado un poco el apoyo de las administraciones, pero eso no es motivo para quedarnos rezagados».
Él reitera que Nolasco «ha sido como nuestros ojos. Él habló con la compañera de allá de Uruguay, le comentó de nosotros y ella tuvo a bien darle los libros en braille. Yo los reuní a todos para que una compañera que está bien adiestrada en eso nos leyera».
La asociación congrega a unas cincuenta personas, aunque no siempre asisten todas: «Estamos leyendo poco a poco porque es bueno tener un motivo para reunirnos, charlar y pasar el tiempo. Yo los invito a mi casa, compartimos un rato, comentamos cosas actuales y leemos una historia de los libros. Quien la entienda más les explica a los que no, y si nadie entiende, pues nos vamos a la IA y le consultamos. Cuando hay dos opiniones nos basamos un poco en la IA, pero también criticándola por si no nos dice lo que esperamos escuchar».
Lo que los convoca es el deseo de aprender y de escuchar, afirma Javier. Le pregunto cuál es el cuento que más recuerda: «Estuvimos hablando mucho de “El silencio del río” (de Horacio Cavallo) y tratando de comprender la historia. Entendimos que aparentemente es un silencio, pero el río trae buena bulla, y dentro de la bulla, los cuerpos que fueron llegando con él».
Una de las beneficiarias del proyecto dice que cuando lee en braille «es el único momento en que estoy leyendo yo y en el que lo hago con mi voz». Nausícaa me cuenta, conmovida, de quienes también le agradecen porque ahora pueden leerle a sus hijos. Es el valor de la lectura autónoma gracias a este sistema inventado en 1824 y la importancia de la lectura en sí misma como posibilidad, oportunidad y derecho, explica.
«Fui construyendo cada cosa a medida que pasó el tiempo», dice uno de los personajes de Cavallo, en el relato que evoca Javier. Él y sus compañeros también han ido construyendo cada cosa entre las páginas que leen juntos, las palabras que comparten, las lecturas en voz alta, el milagro del sonido del que habla Ramón López Velarde. Así se conjuga una vida de vibraciones y puntos, de tacto y oído, de escucha atenta y, como lo dice Carlos Ayram, «la esperanza de ver y registrar el mundo con las afecciones que poseen y que jamás ocultan».



