Luego de novelas como Mugre rosa (2020) y El monte de las furias (2025) y diez años después del libro de cuentos No soñarás flores (2016), Fernanda Trías regresa a este género literario con Miembro Fantasma, un volumen con varios relatos atravesados por una ausencia, un dolor, que a pesar del tiempo aún se mantiene latente.
El libro, publicado por la editorial Páginas de Espuma, reúne varios relatos donde el duelo, el silencio, la memoria y la pérdida atraviesan la experiencia de sus personajes. Una mujer que va a reencontrarse con una amiga de su infancia, un escritor (o escritora) que busca darle forma al argumento de un cuento, una mujer que experimenta su primera reunión de Alcohólicos Anónimos. Estos relatos cargan dentro de sí con el peso de lo no dicho.
—El concepto de «miembro fantasma» se refiere a un dolor que existe y que persiste aun cuando una parte del cuerpo desapareció… ¿Cómo nació este libro? ¿Cuándo comprendiste que esa imagen no solo podía sostener un cuento, sino todo un libro?
Este libro lo componen diez cuentos que fui escribiendo. Algunos tienen un germen bastante antiguo, eran borradores que tenían versiones iniciales bastante viejas. Me senté a trabajar y a escribir la mayoría de los cuentos en 2020, durante la cuarentena de COVID-19. Acababa de terminar mi novela Mugre Rosa, la había entregado a la editorial. Estaba a la espera, pensé qué voy a hacer, tengo que sobrevivir de algún modo.
Me puse a escribir. Retomé todos esos cuentos que tenía incubando. Me senté a trabajar de una manera más sistemática, uno por uno. Al dar justamente con este concepto del síndrome del miembro fantasma que, como vos explicaste, le ocurre a una gran parte de las personas que sufren una amputación, que siguen sintiendo el miembro amputado como si estuviera allí, como si siguiera presente. Esa imagen se me apareció mientras escribía uno de los cuentos, pero ahí entendí que podía sostener el resto. A partir de eso empiezo a ver los borradores que tenía y cómo en buena medida estaban hablando de una manera u otra sobre ausencias que se sentían aún muy presentes, sobre dolores pasados que todavía tenían consecuencias. Empecé a trabajar en torno al concepto, pensando que aquí hay un libro. Entre 2020 y 2023 escribí varios cuentos nuevos, ampliando la idea médica del miembro fantasma, hasta convertirla en una forma de pensar o experimentar cualquier pérdida.
Lo fascinante y terrible del síndrome es que se sitúa a nivel neurológico, es a nivel del cerebro que se produce. La sensación de sentir el miembro ausente como presente, significa que es el cerebro el que no procesa una señal de la ausencia.
En ese sentido todas las ausencias las podemos leer así. Lo que le sucede al cerebro es que aún mantiene la antigua representación del cuerpo. No se ha adaptado a la nueva. Pienso que todas las pérdidas y ausencias podemos leerlas así: como una dificultad para aceptarlas y para adaptarse a esta nueva realidad.

—Ahora mencionaste que el libro nació de esos cuentos guardados y retomados durante el confinamiento del COVID-19. El que da nombre al libro transcurre durante la dictadura uruguaya, ¿qué significó hacer ese trabajo de memoria, durante un momento tan difícil como lo fue la pandemia?
Durante la escritura de ese cuento entendí que hay dolores que permanecen como un miembro fantasma porque siguen latiendo. Son dolores de la memoria colectiva, de un pueblo, y aún se convive con ellos.
El cuento que le da título al libro tiene dos dimensiones. Por un lado hay una pérdida personal, pero se da una intersección con una pérdida colectiva. Al protagonista, la dictadura y la violencia del Estado le disolvieron su familia y esto lo ha afectado de manera personal. Pero al mismo tiempo, en el cuento yo quería reflejar todas esas otras pérdidas que se observan en el cuento, esas otras personas del barrio que van desapareciendo. Quería construir el barrio de mi infancia, lo tenía en mente, imaginaba cómo se desvanecían las personas de la cuadra.
Al final eso es mucho más que un dolor fantasma y personal del protagonista, porque se suma a estos otros dolores fantasmas de toda una comunidad. Queda una marca en la memoria del pueblo. Entender eso también me abrió la puerta a trabajar otros cuentos que también hacen esa intersección entre lo personal y lo colectivo.
Por ejemplo, otro de los cuentos transcurre durante la pandemia; habla de algo que le pasa a la protagonista y, por otro lado, de todas esas otras muertes que estaban ocurriendo alrededor.
Ahora que lo pienso, también se puede observar eso en el cuento que se llama Si el mundo parara de hacer lo que hace, donde hay un adolescente que es el narrador y está recordando un lugar muy oscuro, una vida llena de dolores, y al mismo tiempo está ocurriendo lo de las Torres Gemelas. Hay dos derrumbes: uno a nivel individual y el derrumbe de las torres que implicó para mí la caída de una manera de vivir, de una época histórica.
—Fernanda, en algunos cuentos aparecen mujeres alcohólicas, junto a otras formas de dependencia, ¿qué tensiones buscabas revelar a través de esos relatos?
En la literatura latinoamericana podemos encontrar referentes, pero es cierto que en el cuento anglosajón se ha trabajado más el alcoholismo, la dependencia a drogas. A mí me interesaba tomarlo desde el lado de la mujer, porque creo que está mucho menos explorado. Aunque las adicciones no diferencian entre hombres y mujeres, la sociedad los castiga diferente.
Hay un castigo social adicional en la mujer que hace que se convierta en un tema tabú. Cuesta mucho que en una familia alguien reconozca públicamente que la madre es alcohólica, es algo que se queda en el secreto familiar. Sin embargo, es tan común como el alcoholismo en los hombres, mientras que ellos tienen una vía de escape mucho más social.
Mis libros trabajan bastante alrededor de temas tabú y con mujeres que de alguna manera son transgresoras y están en lugares incómodos. A mí me interesaba trabajarlo por ese lado.
—En Personaje en construcción, relato que abre el libro, aparece la escritura como tema. Hay un escritor que trata de darle forma a un cuento sobre un Gran Escritor, luego el personaje se revela como escritora. ¿Es una forma de poner en crisis el oficio o de dialogar con ciertos prejuicios sobre quién puede o quién tiene derecho a contar ciertas historias?
En realidad, las dos cosas. Estaba trabajando con esos prejuicios, sobre cuáles son las historias que podemos contar si es una escritora o un escritor, con muchas ideas recibidas sobre cómo debería ser un escritor, sobre muchos juicios de valor que se hacen. Quería jugar también, reírme un poco de las propias mezquindades del oficio, de eso que ocurre por fuera del momento de la escritura misma, que tiene que ver con las inseguridades de los escritores. Los escritores trabajan con sus imágenes, cómo les importa presentarse frente a los demás. Quería, como vos decís, poner en crisis también el estatus del escritor.
—Hay una constante que se siente en varios de estos cuentos. Los finales no ofrecen una resolución, un cierre definitivo. El lector se queda habitando una inquietud, es como una invitación a pensar qué hubiera pasado. ¿Es mejor un cuento que cierra generando preguntas o generando respuestas?
Depende del tipo de cuento. Habría que verlo caso por caso. En general, creo que cuando el cuento cierra con preguntas, queda latiendo dentro de la imaginación del lector, queda vivo. El lector lo termina de completar, pero además se queda con él, se lo lleva, así como el fantasma. Te quedas pensando en esa inquietud, que para mí como lectora es una sensación placentera.
El cuento queda reverberando mucho más tiempo que si me lo cierran de manera concreta. Digo bueno, ya terminó, paso la página. La certeza produce que el cuento se disuelva más rápido. Creo que cuando un cuento tiene múltiples lecturas posibles, invita a la relectura. La relectura para mí es posible cuando ha quedado un enigma. Si no hay ningún enigma por resolver, no releo. Un cuento como Casa tomada de Cortázar, que es un clásico que uno puede leer y releer ochocientas mil veces porque no va a haber una explicación de qué son esas fuerzas que expulsaron a estos dos hermanos de la casa, siempre te invita a releer tratando de encontrar más pistas. Siempre algo puedes encontrar, porque pistas hay muchas. Ese es el trabajo del escritor. Voy sembrando pistas, pistas, pistas por todo el texto. Así es como entiendo este género.
—Después de El monte de las furias quizás tu público lector esperaba otra novela, regresaste con un libro de cuentos, ¿qué posibilidades expresivas te permitió el cuento que quizá una novela no hubiera permitido?
Precisamente yo escribí estos cuentos de manera simultánea con esa novela. El Monte de las Furias también la empecé en 2020 y también la terminé a finales de 2023. Los dos libros los escribí en los mismos años. Lo que pasa es que eran escrituras que avanzaban de manera paralela, pero no al mismo tiempo. Mientras un proyecto descansaba, me concentraba en el otro. Siento que en mi proceso creativo siempre intento buscar en otros lugares. Como escritora no me conformo con seguir hurgando en el mismo lugar, porque en el ejercicio de búsqueda se me abren nuevos caminos, aparecen nuevas posibilidades expresivas que ni se me habían ocurrido, y que a su vez son muy estimulantes. En estos cuentos creo que se nota un ánimo de búsqueda, de experimentación, de juego, como últimamente me estoy relacionando con la escritura.
—Durante un tiempo te desempeñaste como traductora, un oficio donde se busca eliminar todo rastro de ambigüedad. Ahora como autora, en tus relatos ese es uno de los elementos centrales. Desde tu perspectiva ¿cómo dialogan estos dos ámbitos?
Hace por lo menos ocho años que no trabajo como traductora, creo que la última vez fue más o menos en 2019. Dejé la traducción y me dediqué solo a la docencia, a la escritura creativa, que es lo que hago ahora en el Instituto Caro y Cuervo.
Es cierto que la traducción, sobre todo la traducción técnica, que es la que yo hacía, intenta eliminar toda ambigüedad, que es lo opuesto a lo que hace el lenguaje poético, el lenguaje con el que yo trabajo. Esto me enseñó muchas cosas, como por ejemplo de temas médicos que después usé en la escritura, tanto de Mugre rosa, como este libro y otros. Pero también lo que hizo fue ayudar a afinar la precisión de la frase, con mucha atención al detalle.
Los editores me dicen que mis libros llegan muy limpios a sus manos. Eso es porque yo misma edito. La traducción me desarrolló esa mirada. Siento que nadie lee como un traductor. Cuando trabajo con los traductores de mis libros a otros idiomas, es impresionante porque nunca nadie me ha leído con el nivel de cuidado y de atención con que lo hacen ellos. Muchas veces se dan cuenta de cosas que ningún editor, ningún lector, ningún crítico había notado, pequeñas incongruencias o alguna cosa que quedó en el manuscrito. Eso es porque el nivel de atención de un traductor es diferente.
—¿Cuál es ese cambio entre No soñarás flores y Miembro fantasma?
Hay una diferencia. Tengo que decir que hice trampa: hace poco volví a corregir todos los cuentos de No soñarás flores para una edición nueva en Colombia, con Penguin Random House, una edición corregida que mejoró muchísimo el libro. En esa corrección, que fue además reciente, apliqué parte de ese aprendizaje y de ese camino que hice desde No soñarás flores. Afiné mucho mi reflexión sobre el género del cuento, seguí leyendo una cantidad increíble de cuentos, analizándolos, viendo cómo estaban hechos. Eso me llevó a incorporar una intuición sobre cómo moverme dentro del género. Siento que en No soñarás flores me costaba mucho más cerrar el relato. Ahora editando estos cuentos me sentía como pez en el agua, como cuando dominas más tu herramienta. Esta misma sensación me llevó a ser más experimental, a jugar con ciertas estructuras y formas. Ya serán los lectores quienes juzgarán si logré mi propósito.



