En la carne como en el cielo: un poema de Juan Sebastián Murillas

Durante la noche del 27 de agosto y la madrugada del 28 se observó desde Cali un eclipse parcial de luna caracterizado por el color cobrizo que adquiere el astro, debido a que la Tierra se interpone entre la luz del Sol. Foto: Alireza Hashemi / Unsplash
Un poeta caleño dialoga con la Luna y busca leer en su inusitado tono rojo la tragedia, el amor y la esperanza de una ciudad en ruinas.

Para todos los que resisten incluso a metros bajo la tierra.

La luna en Piscis, dijeron

es una muerte suave,

es la brisa del doceavo ángel

antes del último aliento.

No hay algo que se parezca

ni nada más aterrador

ni una ciudad que esté tan destruida

como para no ver la luna llena

entintada en sangre.

La luna como un hisopo divino

vendrá a limpiarte,

aunque para ello deba remover la tierra

o removerte a ti.

Y no hay cinturón de fuego

ni epicentro tan profundo

ni operación de rescate

ni cadena humana que pare el reloj del cielo.

Es la luna del karma, dijeron,

que abrirá grietas en el barro de tus vidas pasadas,

y como un zarpazo de jaguar

noble, terrible y lleno de confort

te dejará apenas vivo,

con la levedad incierta

de quien tiene que volver a empezar.

Yo estaba tan distraído erigiendo anaqueles

y reparando el techo

que olvidé el día, la fecha, la hora

que no entendí una palabra

de lo que dijeron en la radio.

Solo supe que a través de agosto

ciertas cosas más allá del firmamento

se mantuvieron en su sitio

y que encima de los despojos,

de los andamios crueles

y las columnas reventadas por donde antes pasaba un río

otras cosas se aventuraban a mostrar su rostro.

Ilustración y diseño de Juan Sebastián Murillas.

¿Será la misma luna de Capote, la aciaga noche en el rancho Clutter?

¿O la luna de conciertos minimalistas de León Larregui?

¿O la luna huevo de Tokio 3 tras el segundo impacto?

O la luna quemada de cine mudo

callada, ensimismada y laboriosa

porque quién escucha los astros

con lo sordos que nos dejó el estruendo

con el eructo de los muertos en el aire,

si no hay dónde agarrarse en el cielo

y todavía buscamos lo perdido entre las piedras.

La luna llena, insistieron,

cierra ciclos y purga el tiempo,

pero ha amanecido tantas veces

que ya perdí la cuenta de las cosas viejas

y las que nunca fueron,

he amado tanto que perdí libros y otros reinos

y todo lo que espero

es que entibien las rosas

para limpiar los ojos de mi perro viejo.

La gran super luna, dijeron

se abrirá como un sifón en mitad del planisferio

y tras drenar lo que ya no sirve

traerá viajes y destinos

y cuáles viajes si el mundo cambió de sitio,

y para qué destino si se han borrado los caminos

si ya no importa dónde ni cuándo,

todo lo que hay son sombras en el suelo

de edificios que se disputan los recuerdos.

Y con qué futuro

si antes que la ciudad se viniera abajo

ya no había adónde ir.

La luna responde, repitieron,

indicando la manera más hermosa de hacer el ruego:

canela dulce y flores verdes,

así decían

inocentes todos o simulando no saber que

solo se ruega a quien nos da la espalda.

Así que apagué el aparato

y subí a la primera ruta

hacia el demolido corazón de la ciudad,

donde hay comida barata y cineclubs,

y vi a los voluntarios merendar entre las esporas

y animales en jaulas sin nombre y sin dueño

la tristeza empozando sus ojos demasiado humanos.

Más tarde el cielo se puso rojo

como la córnea de los pájaros enfermos

y apareciste vos

querida luna pobre y hermosa

que vienes con tu cara astillada

a pasearte por los tejados que sobreviven;

y te vi iracunda, inmensa como un pez globo.

Pensé en los que te ven desde un patio

que también es baño

que también es lecho,

y pensé en tu nomadismo zodiacal

que todo y nada tiene que ver con los signos

de las ratas y los insectos proliferando bajo los puentes;

pensé en los parias que tienen cielo pero no tienen cama

y en los hierros mal puestos que puntualmente vienes a pulir

aunque ya no tengan casas qué sostener.

Pensé, luna caleña en el cuarto grado de piscis,

eclipse de 7.4 en la escala del cielo de la Sucursal

que si hay un genio o una diosa ahí arriba 

como soñó Luciano de Samosata

o seres de otro mundo

o golpes de suerte siderales

con el poder para cambiar mi vida,

les pido que se abstengan

porque tengo rabia y tengo celos

y juré resistir hasta el último día

y porque haga lo que haga

la tierra que piso me cobrará cada paso

con cien puñados de piedra muerta sobre mi corazón.

Pero si hay una mano amorosa

y algo silencioso y bueno

más allá del último barrio y las tres cruces

entonces baja, luna fulgurante y veleidosa

luminaria antisísmica

te lo pido a este valle de incendios,

a este bosque de seres traicionados y calcinados

a este hacer la vida y el amor entre escombros

y pon techos bajo las estrellas rotas

para que no se caigan sobre la vida

de los que luchan y de los que lloran

y bendice a los topos y a la madre que los parió

y baña a los gatos y a los perros que se quedaron solos

y juega con los niños que no saben los sueños y los desastres

que tienen por delante

y ve por las veredas y los barrios llevando agua

poniendo consuelo en las ollas,

música en las noches y cine en los parques. 

Luna recién bañada tras la catástrofe

luna dorada del fin del mundo

luna descarnada

bajá con cuidado, volá quedito

porque todo está inestable y resbaloso

y no aguantamos una caída más.

Vení despacio que acá esperamos

mandá estibas y cobijas para los que duermen en el parque,

traé guaduas y libros de mitología

para levantar casas y leer los asuntos trágicos y hermosos.

Pegate la rodada por los comedores donde hay nostalgias

y comidas para dos semanas,

bailá con los que no tienen zapatos para este viernes

y dejá quieto al que quiera estar solo

porque solo un milagro podrá salvar la fe de algunos.

Pero sobre todo no me ignores

por andar curando corazones que no lo han pedido,

como si el sol no saliera puntual 

a difundir dolores cada mañana

y a surtir los guayacanes de flores.

Pero sobre todo no me olvides

luna mi amor

como si yo tuviera alternativa

como si yo pudiera hacer otra cosa

que no sea escribir.