Colmillos en la carótida: relatos fundamentales de la literatura vampírica

Joyas Vampíricas reúne algunos de los relatos fundamentales que consagraron al muerto-vivo como una de las figuras centrales de la literatura gótica y que aún sigue fascinando a los lectores. Foto: Jean Vella / Unsplash
Joyas vampíricas es un decálogo de maravillas que desbroza el camino que siguió el vampiro decimonónico en cuanto personaje literario hasta alcanzar su cénit con la obra cumbre de Bram Stoker. Son 10 relatos, en su mayoría publicados antes que Drácula, donde ya están las diferentes formas y temas canónicos del personaje maldito que ya cuenta con su propio género literario.

En cuanto género literario nacido bajo la égida del Romanticismo, el gótico presupuso un regreso irracional y emotivo al pasado medieval. Agotados de tanto cientificismo y negación de lo divino, los escritores románticos optaron por refugiarse en la infancia de la Humanidad, en ese período oscuro donde nuestro destino dependía de Dios. Ergo, ni cortos ni perezosos desempolvaron castillos ruinosos y lúgubres, se fueron a los predios del sueño y la pesadilla, colectaron los miedos que genera lo desconocido y, en un primer momento, se concentraron en el arquetipo que mejor condensa esa vuelta de lo ya ido renuente a desaparecer: el fantasma. Posteriormente sumarían al vampiro, síntesis de angustias tan antiguas como el propio Hombre: el horror que presupone el muerto, su regreso y venganza, esencia de la literatura gótica.

Lo que comemos y la forma en que lo hacemos (o sea, nuestra dieta y modos de mesa) definen al Yo cultural. El orden natural de las cosas implica que quien come debe ocupar un escalón superior a lo comido. Una de los aspectos antropológicos más siniestros del vampirismo radica en un hecho inadmisible dentro de la estructura social inherente al devenir occidental: comensal y alimento comparten una naturaleza común. Esto es: el Yo devora al Yo. Si el paso de lo crudo a lo cocido presupuso la transición de la barbarie a la civilización, dicho horror se acrecienta cuando tenemos en cuenta que el vampiro consume sangre cruda y viva. Por consiguiente, el nefasto comportamiento del revenant o resucitado (del cadáver que regresa del sepulcro para drenar el líquido vital de quienes aún respiramos) hecha por tierra uno de los estamentos civilizatorios más sacrosantos de nuestra cultura.

Con la muerte se obtienen conocimientos y habilidades únicos no disfrutables en vida, proceso que afecta directamente al vampiro. Los ejemplos abundan y casi todos aparecen condensados en Drácula, novela que abordaría el tema con una profundidad nunca vista hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, antes de Stoker y su obra consagratoria encontramos varios autores y relatos, no siempre lo suficientemente conocidos o valorados hoy día, que Panamericana Editorial ha reunido en un volumen insoslayable para los amantes de lo siniestro.

Una colección indispensable para conocer los precedentes de Drácula y cómo la figura del vampiro sedujo a diferentes escritores de Europa y América. Traducciones originales al español y publicado por Panamericana Editorial.

Me refiero a Joyas vampíricas, antología compilada por el editor Miguel Nova Niño, con diagramación y diseño de cubierta a cargo de Jairo Toro Rubio y cuidadosas traducciones de Diana Carrizosa Moog, Felipe Botero Quintana y Juan Fernando Merino.

Joyas vampíricas aglutina todas las propuestas notables dentro de la narrativa sobre chupasangres escrita y publicada antes de 1897, año en que Stoker nos montó de ida y vuelta en el «expreso» Londres-Transilvania.

La selección abre con La novia de Corinto (1798), de Goethe, y Christabel (1816), de Coleridge.  Se trata de dos extensos poemas narrativos que asocian directamente al vampiro con la femme fatale y nos recuerda una verdad meridiana: una porción nada desdeñable de los primeros revenants en la literatura son mujeres. De ahí saltamos a El vampiro (1819), de Polidori, relato concebido a raíz del célebre reto asumido por Mary Selley y él tras las tomentosas noches que azotaron la villa Diodati en junio de 1816. A Polidori debemos la primera caracterización del arquetípico personaje como un aristócrata seductor y libertino (lord Ruthven), en cuyos avatares detectamos con cierta facilidad aspectos de la polémica personalidad de Lord Byron, así como la notable influencia que en el autor ejerciera la lectura de La novia de Corinto. 

Tras Polidori llega Théophile Gautier con La muerta enamorada (1836), relato impregnado del trasfondo sensual y satanista inherente al cuento fantástico francés (Baudelaire lo consideró la obra maestra de Gautier), y luego nos vamos a Europa Oriental.  

A contrario de lo que usualmente se cree, los revenants no son originarios de Hungría o Rumanía, si no de Polonia y Rusia. Justamente del folklore eslavo, riquísimo en criaturas fantásticas mucho más terroríficas que las occidentales, nos llega La familia del vurdalak (1839), relato de Tolstói centrado en la venganza de un padre, ya muerto, obcecado en vengarse de los familiares que secretamente le desearon la muerte. Al vinculo parental sanguíneo se suma aquí el afán por la sangre como sustento, y no solo por ella: el vurdalak también consume los remordimientos de quienes lo rechazaron en vida, siendo este el detonante de la diaria corrupción que poco a poco destruye a la familia y desemboca en el fin tanto de las víctimas como del victimario. Habría sido ideal que, junto a este relato, Nova Niño hubiese incluido El vurdalak (1834), poema de Pushkin que igualmente aborda las características de dicha criatura, y que contribuyó sustancialmente a la incorporación del término al registro lingüístico ruso e insiste en la impureza ética y religiosa del vampiro.   

La historia de la Dama Pálida (1849), de Alexandre Dumas, también nos transporta a la Europa del Levante, específicamente a los Cárpatos, y lo hace a través de la joven aristócrata Hedwige, quien, durante un conflicto bélico ruso-polaco, busca refugio en un apartado monasterio y se ve involucrada en un triángulo amoroso con sus correspondientes desgastes físicos, visitas nocturnas y trágico desenlace.

Asimismo, no podía faltar Carmilla (1872), una de las obras más populares del gran Sheridan Le Fanu y parte de los relatos que dieron origen a la concepción de Drácula. Suerte de homenaje o adaptación de Christabel, su antagonista (Mircalla, condesa de Karstein, alias Carmille, basada en la histórica Isabel Báthory) se erige como el prototipo de la vampira lésbica y retoma el motivo del revenant aristocrático llegado de tierras lejanas. Por otro lado, esta novela corta o relato extenso fue el encargado de sedimentar una estructura narratológica que seguirían autores posteriores, en especial Stoker: el monstruo ataca a su víctima, sufre un proceso de resurrección o vivificación, es identificado y luego perseguido hasta ser destruirlo. También, ratifica un principio básico del vampirismo: ningún chupasangre tiene la potestad para mudar de nombre. Si quiere ser identificado por otro, cambia la posición de las sílabas o las letras del que ya tiene. Así, Carmille es un anagrama de Mircalla.     

Por su parte, del entorno latinoamericanos proviene La tumba del vampiro (1884), de Raymunda Torres y Quiroga, cuento inconcluso (casi el inicio de una novela) que destaca por su parco estilo y capacidad de evocación atmosférica. Gracias a él entré en contacto por primera vez con la obra de una autora interesantísima que, por un lado, hizo periodismo a favor de la emancipación femenina y el derecho de las niñas a la educación dentro de la sociedad argentina del siglo XIX y, por otro, desarrolló una poco conocida trayectoria como narradora fantástica centrada en tópicos de tanta vigencia como pueden ser el feminicidio y la violencia hacia las mujeres.

La inclusión de una autora en esta selección es, cuanto menos, encomiable. Tal pareciera que las historias de miedo en su primer siglo de existencia fueron escritas solo por hombres, cuando ocurrió lo contrario. Por suerte, varios investigadores a nivel mundial se han encargado de desempolvar el trabajo de varias «damas sombrías», fanáticas de lo sobrenatural, ya sea vampírico o espectral, cuyas propuestas más suculentas muy bien pudieran integrar una futura selección a publicarse por Panamericana Editorial.

No apto para triscaidecofóbicos (personas con fobia al número trece) es Tristán Canaletto (1892), de Julio Calcaño y Panizza, pionero del Romanticismo hispanoamericano y de la literatura fantástica venezolana (¡Latinoamérica otra vez, por suerte!). Incluido en dos antologías sobre cuentos de vampiros publicadas en Italia entre 2015 y 2022, Tristán… se fundamenta en un principio similar al del relato de Tolstói: la destrucción de sus descendientes por un pater familias vampirizado.  

El único cuento publicado con posterioridad a Drácula es Pues la sangre es la vida (1905), del estadounidense Francis Marion Crawford: propuesta por momentos muy cercana a la poética que desarrolló Montague Rhode James (un verdadero renovador del clásico cuento de fantasmas), y que, tal y como apuntara el mismísimo Lovecraft, nos recrea con notable pericia un caso de vampirismo sujeto a una maldición lunar con tesoro enterrado, romance, asesinato y resucitada enamorada.   

Con separador de páginas incluido (un detalle nada desdeñable para quienes extraviamos dichos artefactos con extrema facilidad), Joyas vampíricas reúne diez historias repletas de amores imposibles, pasiones insanas, posesiones, dominación y destrucción del Yo, entornos aciagos y opresivos, diabólicas seducciones, tensiones sexuales irresolutas o escandaloso erotismo. En ellas priman los vínculos entre lo terrenal y lo sobrenatural, la pérdida de la inocencia en las garras del Mal y la salvífica prevalencia del Bien. De la mano con Eros y Tánatos, del placer corporal y la muerte, este decálogo de maravillas desbroza el camino que siguió el vampiro decimonónico en cuanto personaje literario hasta alcanzar su cénit con la obra cumbre de Bram Stoker. De paso, nos alistan para degustar la magistral caracterización que, cartas y diarios de por medio, hiciera el autor dublinés del célebre conde transilvano.

Goethe, Coleridge, Polidori, Gautier, Tolstoi, Dumas, Sheridan Le Fanu, son algunos de los escritores cuyos relatos vampíricos forman parte de este volumen.

En todas se prioriza la imagen del vampiro como cadáver que regresa de la tumba; por consiguiente, estamos ante seres antropomórficos e identificables, muy similares a personas vivas, excepto por dos o tres detalles reveladores (labios muy rojos, palidez mortal, finos incisivos superiores), dotados con parte de esas habilidades únicas adquiridas tras el fallecimiento: sed de sangre, alta capacidad de seducción, fuerza desproporcional a la delicadeza de sus extremidades, sensualidad exacerbada y dominio sobre la materia y el espíritu, pero cuya impiedad puede ser suprimida según los procedimientos adecuados.

Cabe notar que a lo largo del mismo período encontramos otros autores interesados en explorar el tema desde perspectivas alejadas de dicho prototipo romántico-gótico. Entre los cuentos ad hoc más destacables figuran ¿Qué era eso? (1859), de Fitz James O’Brien; El Horla (1887), de Guy de Maupassant; El parásito (1894), de Conan Doyle; El vampiro (1901), de Emilia Pardo Bazán, y el extraordinario El almohadón de plumas (1905), de Horacio Quiroga. He aquí un buen motivo para otra antología centrada en vampiros psíquicos, energéticos o nada convencionales.       

Antes de concluir, una advertencia: si eres de esos lectores que se entregan sin reparos al goce de la palabra impresa, te recomiendo disfrutar esta selección teniendo a mano una estaca bien afilada, cabezas de ajo y un frasquito con agua bendita. No siempre sabemos qué puede abalanzarse sobre nosotros o acecharnos desde la oscuridad mientras nos abandonamos por completo a un buen cuento sobre vampiros. En circunstancias así, una mordida puede ser fatal. Colmillos a la carótida… y tu devenir podría cambiar para siempre.