Admirar y respetar son dos virtudes que hoy en día resultan difíciles de otorgar, pero si pensamos en un hombre con el temple intelectual de Christopher Hitchens no es un ejercicio de nostalgia: es una necesidad urgente. En una época caracterizada por la claudicación ideológica y la ligereza del debate, la lucidez quirúrgica de su pensamiento y su implacable integridad ética se levantan como un faro incómodo: la fuerza indómita de sus ideas se hace extrañamente necesaria cuando intentamos descifrar los momentos complejos y convulsos que atraviesa nuestro país, un territorio históricamente propenso al dogma, al sectarismo y al olvido.
Precisamente por eso, me entregué a la tarea —tal vez ingenua, seguramente atrevida— de imaginar cómo sería una jornada de Hitchens en Cali, buscando confrontar su rigor con las contradicciones vivas de nuestra ciudad. El punto de partida de este ejercicio me devuelve a su postura más radical frente a la existencia. Decía el británico que «la muerte es esa fiesta de la que te echan a mitad de la noche, con la sutil crueldad de que la celebración continúa afuera pero tú ya no estás invitado». En Mortalidad —el texto descarnado que hilvanó mientras el cáncer de esófago le devoraba los días— esa fiesta se reduce al espacio claustrofóbico de una habitación de hospital. Sin embargo, ante la inminencia del apagón, Hitchens no buscó consuelos metafísicos ni la melosería de una redención tardía. Se mantuvo como lo que siempre fue: un espíritu libre —un cínico en el sentido más clásico y digno del término— cuya única patria era la razón intacta y cuya última trinchera fue la honestidad brutal de su pluma; existe una dignidad casi mística en la militancia de la racionalidad. Frente a la tragedia del diagnóstico, la mayoría de los mortales busca refugio en el lamento o en la urgencia de un milagro de última hora. Hitchens, en cambio, entendió la razón como un ejercicio espiritual de primer orden: cuando la fatalidad le planteó la pregunta inevitable —el eterno e infantil: «¿Por qué a mí?»—, su mente quirúrgica no tardó en descifrar la absoluta indiferencia del universo. El cosmos no tiene favoritos: ante el reproche humano, el infinito simplemente muestra los dientes y responde: «¿Y por qué no?».
La libertad en Hitchens nunca fue un ejercicio cómodo de biblioteca: fue una militancia física, un vagabundeo peligroso que exponía el cuerpo al desgaste de lo real. Antes de que el diagnóstico convirtiera su propio pecho en una zona de guerra, el británico ya había dejado claro que para escribir sobre la condición humana hay que estar dispuesto a pagar el altísimo impuesto de la experiencia. ¿Cómo demostró esto? Aquella ocasión en la que decidió someterse voluntariamente al suplicio del waterboarding —ese ahogamiento simulado que el descaro geopolítico intentaba maquillar de ‘interrogatorio severo’— para poder denunciar las vergüenzas de Guantánamo con la autoridad del testigo directo en uno de sus artículos más potentes publicado en Vanity Fair.

Hay una simetría oscura en su destino: el reportero que desafió los límites de la resistencia física, terminó librando su última batalla contra la dictadura clandestina de la metástasis y, a esto, lejos de sumirlo inútilmente en la queja, Hitchens respondió intensificando su producción intelectual con una urgencia tan pragmática como conmovedora: aceptó escribir sobre cualquier tema, salvo artículos deportivos —una frontera que su rigor periodístico jamás le permitió cruzar—, con el único propósito de acumular fondos y proteger el futuro de su familia tras su partida. La lucidez, por tanto, no lo aisló del mundo: lo arraigó a sus deberes más íntimos. Su esposa, Carol Blue, lo retrata en el epílogo del libro rodeado de un andamiaje de papel en la penumbra del hospital, solicitando con terquedad febril sus libros de ensayos y las páginas de Nietzsche. Releer al filósofo alemán en el lecho de muerte no era un capricho snob, sino la necesidad vital de contrastar su propio deceso con un pensamiento que siempre exigió vivir sin anestesia.
Esa severidad intelectual coexistía con una generosidad desarmante que desconcertaba al circuito mezquino de sus enemigos más predecibles. En las páginas de Mortalidad late el eco de su correspondencia con un líder cristiano norteamericano: un intercambio donde el religioso, lejos de regodearse en el castigo biológico del ateo, le confiesa que la integridad indomable de su espíritu ha terminado por fortalecer su propia fe. Hitchens —que siempre prefirió una verdad incómoda a una mentira piadosa— reconoció en ese gesto una forma brutal de respeto mutuo. Sabía que la verdadera conversación solo es posible entre mentes dispuestas a mirarse al abismo sin los filtros del sectarismo, sin la arrogancia de sentirse automáticamente por encima del otro. Este tipo de temple intelectual cobra un valor urgente en los tiempos que corren: cuando la experiencia humana se entrega predigerida y plastificada, cuando la capacidad de asombro y de sospecha ha sido secuestrada por la tiranía de la notificación inmediata, del algoritmo cómodo y la instrucción fácil. La figura de Hitchens se levanta como un recordatorio vitalista y humano: si perdemos la capacidad de razonar por cuenta propia aceptamos la verdadera muerte, lo que sería someternos a la comodidad del evangelio digital que solo nos pide abdicar de la libertad para vivir en una sociedad blanda que huye del dolor a través de una pantalla anestésica. La agonía lúcida del británico nos demuestra que la verdad siempre será el único suelo firme sobre el cual vale la pena mantenerse en pie.
Esa misma pasión por el encuentro humano —que Carol Blue rescataría más tarde como el rasgo definitivo de un hombre que se negó a vivir a medias tintas— es la que justifica este desvío imaginario y me obliga a ensanchar el plano de la reflexión. Si traigo a Hitch hasta Cali, sería un ejercicio de una ingenuidad bochornosa confinar su lucidez a los circuitos biempensantes de la Cali de postal: enviarlo a consumir el folclor empaquetado de los cafés gourmet de San Antonio sería un insulto a la memoria de un polemista que buscó las costuras rotas de la historia. Su intelecto —materialista, felino, educado en la sospecha— habría exigido confrontar las categorías vivas de las periferias: el asfalto ardiente del Distrito de Aguablanca o las pendientes escarpadas de Terrón Colorado: imagino que en esas geografías del desarraigo —donde la supervivencia no es un eslogan institucional sino una militancia diaria— Hitchens no habría hecho turismo sociológico, habría analizado con ojo de cirujano cómo la proliferación de pequeñas iglesias pentecostales en cada esquina opera como un analgésico metafísico. Un síntoma inequívoco de que los consuelos invisibles florecen con más fuerza allí, donde las promesas de la política terrenal han dejado un vacío absoluto. Ese sincretismo desbordado —esta Cali que no es una sola, sino una amalgama de diásporas y exclusiones— habría sido el verdadero imán para su análisis.
Al británico le habría fascinado descifrar la poderosa e irreversible herencia del Pacífico colombiano, con su mística fluvial y su dignidad de resistencia afro, chocando y fundiéndose en las calles con las corrientes andinas que bajan del sur, de Nariño y del Cauca. Hitchens habría entendido de inmediato que la alegría caleña no es un don gratuito de la naturaleza: es una victoria estética sobre el trauma colectivo de la violencia y el desplazamiento. Para mimetizarse con ese hervidero, el ensayista habría tenido que despojarse del whisky escocés —el Johnny Walker habría sido un cuerpo extraño en este ecosistema—. Me lo imagino, en cambio, sentado en la mesa plástica de una taberna de barrio, compartiendo una botella de aguardiente. El golpe seco y democratizador del guaro quemándole la garganta mientras trata de hablar con los locales entre el estruendo de salsas viejas. En ese estanco de esquina, Hitchens habría intuido que el ritual de la botella compartida es la verdadera catarsis popular. Allí, sin las imposturas de la academia, tomando con el obrero, habría encontrado la encarnación más mundana de su propia filosofía: la soberanía de los espíritus que se niegan a ser domesticados por la adversidad.
En el roce por Cali habría encontrado su centro de gravedad analítico en los pasillos de la Galería de Alameda. Para un analista obsesionado con las tensiones de la economía política, el mercado público es el verdadero palacio de justicia de una sociedad. Frente a las pirámides encendidas de chontaduro, distribuidas por las manos firmes de las vendedoras que habitan las esquinas de la ciudad, el británico habría rastreado la ruta de ese fruto: un viaje extenuante que comienza en la palma de chontaduro, en las entrañas de un Pacífico profundo y olvidado, y que atraviesa la desidia histórica y los rasgos arribistas del centro del país antes de llegar a Cali. En ese contraste —el brillo de los sectores opulentos frente a la precariedad de quienes traen el sustento desde el litoral— Hitchens habría diseccionado la anatomía del despojo. Para él, la vendedora de la esquina no sería una estampa folclórica, sino el testimonio vivo de un alto potencial ético: un espíritu que se niega a doblegarse.

Existe, sin embargo, un puente todavía más sombrío y revelador entre la bitácora médica del británico y la piel de Cali. En Mortalidad, Hitchens describe con precisión el instante en que su diagnóstico lo obligó a emigrar de la «tierra de los sanos» para instalarse en la «Tierra de la Enfermedad» —ese territorio con sus propias fronteras invisibles y un aislamiento implacable—. Para un analista de su calibre, las insalvables distancias sociales y la segregación que fracturan a Cali habrían resonado de inmediato como una metástasis de esa misma naturaleza. La ciudad padece una condición estructural donde el clasismo y la exclusión operan como células tumorales, devorando el tejido colectivo en silencio y condenando a las comunidades de la periferia a un exilio interior. Al igual que el enfermo terminal que se ve obligado a habitar un cuerpo que lo traiciona, los habitantes de las zonas confinadas de Cali gestionan el dolor de la segregación con una tenacidad desconcertante. Hitchens habría descubierto en esa topografía la misma verdad brutal que leyó en sus propias biopsias: que la indiferencia es la fuerza más destructiva que existe, y que frente a un sistema que pretende invisibilizar el sufrimiento de los márgenes, la única respuesta honesta consiste en nombrar el mal por su nombre y rechazar el analgésico del autoengaño.
Esta afinidad secreta responde a una misma gramática espiritual. La orientación intelectual de Hitchens —su fobia a la sumisión y su rigor insobornable— no era un mero catálogo de opiniones, sino un temple que entendía la capitulación como el único pecado imperdonable. Esa misma arquitectura moral es la que sostiene los cimientos invisibles de las clases populares de Cali. La ciudad es, en sí misma, un manual de supervivencia frente al cataclismo. Lo sabe su historia, marcada a por heridas colectivas como la pavorosa explosión de los camiones de dinamita en agosto de 1956 —un estallido que borró manzanas enteras y cuyo origen, entre el sabotaje y la negligencia estatal, nunca terminó de esclarecerse—, y lo saben sus barriadas, sobrevivientes crónicas de las mutaciones de la violencia. Esa terquedad popular, que prefiere reconstruir sobre las cenizas antes que claudicar, son una trinchera de resistencia y dignidad colectiva. Hitchens habría reconocido en esa terquedad caleña el mismo fuego que alimentaba su pluma: la certeza de que el orden establecido no es sagrado y que el dolor, cuando se procesa con lucidez, puede convertirse en la herramienta de impugnación más poderosa del mundo.
Pero todo este deambular por la geografía indómita de Cali —los pasillos de Alameda, el chontaduro, el golpe seco del aguardiente en el Distrito— no es más que una vislumbre, una posibilidad imaginativa nacida en la penumbra. El plano se encoge de golpe y nos devuelve a la estricta asepsia de la clínica oncológica en Houston. Es allí, entre el zumbido monótono de los monitores médicos y la mirada atenta de Carol Blue, donde Christopher Hitchens libra sus últimas horas. No hubo lino blanco sudado por el viento de la tarde caleña, sino la bata pálida del enfermo terminal; no hubo estruendo de salsa de fondo, sino el silencio pesado de la inminencia. Sin embargo, el ejercicio de mudarlo a esta esquina del trópico desvela el paralelismo definitivo de nuestra condición. En los cerros de la ciudad habita el mito de Buziraco, ese demonio antiguo al que la leyenda urbana atribuye el origen del viento abrasador, la fiebre y los incendios que periódicamente castigan la ladera: una fuerza indómita, feral y destructiva que parece dictar el ritmo febril de Cali. Hitchens poseía ese mismo fuego incendiario en el intelecto, un espíritu abrasador que se negó a ser domesticado. Al final, la muerte física del británico, devorado centímetro a centímetro por la tiranía del cáncer, dialoga en perfecta simetría con la muerte apasionada de quienes habitamos y amamos esta ciudad: un territorio fracturado que nos desgasta, que nos fatiga con sus violencias crónicas y nos consume con sus contradicciones, pero al que nos aferramos con una fascinación indomable. Ni Hitchens claudicó ante la extinción biológica ni los caleños claudicamos ante la hostilidad del entorno. Sostenidos por una mitología urbana constante y un vitalismo salvaje, ambos procesos demuestran que la verdadera soberanía consiste en quemar la noche a cuentagotas, habitando el dolor sin anestesia y disputándole la dignidad a la mismísima muerte desde la trinchera invicta de la memoria.



