La Odisea de Christopher Nolan es, ante todo, aburrida. Y, sospecho, lo es por razones que nada tiene que ver con los debates tan virales que inundan los medios de comunicación norteamericanos e ingleses.
Pero mejor será empezar por el principio y decir que se trata de una película de un director que no tiene nada que demostrar —la mayor parte de su filmografía es brillante— y con el que cualquier producción a priori tiene unos mínimos estéticos que siempre aparecerán. La cinematografía de La Odisea es abrumadora —leí en algún lado que se negó a usar croma y que las escenas en el mar, por ejemplo, fueron efectivamente grabadas en barcos en el océano, y leí también que la producción abarca más de cinco países entre el Mediterráneo y el norte de Europa—; la fotografía de altísimo nivel; el casting multimillonario, y unos cuantos otros etcéteras, quizá todos relativos a su aspecto técnico. En ese sentido, todo en La Odisea tiene un aire épico, empezando claramente por su presupuesto: 250 millones de dólares, el proyecto más ambicioso en la carrera del director de filmes tan memorables como Memento (2000), Inception (2010), Dunkirk (2017), Interstellar (2014) u Oppenheimer (2023). El dinero, por lo demás, nunca supuso un problema: en su primer fin de semana La Odisea recaudó, solo en Estados Unidos, 134 millones de dólares mientras que, en el resto de mundo, llegó a poco más de 139 millones de dólares. Presupuesto saldado…
Pero si la épica está en los números, definitivamente se perdió de la historia.
Estados Unidos, por supuesto, está envuelto en una discusión muy propia de su ambiente intelectual: la derecha más reaccionaria se queja de que Lupita Nyong’o —actriz mexicoafricana— interprete a Helena de Troya; de que el actor trans, Elliot Page, interprete a Sinón; o de que el guion esté basado en la traducción de la académica británico-americana Emily Wilson, primera mujer en traducir al inglés el poema homérico. Para los reaccionarios más ensañados —entre los que están Elon Musk y toda una banda de racistas y machitos de la manósfera internacional— la Odisea de Nolan no es más que otro de los esfuerzos del bloque Woke por aniquilar los grandes logros de la cultura de Occidente…
Sí, cosas como esas se pueden leer en redes sociales.
En todo caso, esa discusión tan propia de los Estados Unidos —un país cuya psique colectiva sigue acosada por los fantasmas de las atrocidades de su racismo y machismo histórico— me parece que nos aleja del que, en mi opinión, es el gran defecto de la producción de Nolan. Un defecto que es mucho más simple: su Odisea está mal contada.
Y no está mal contada porque incurra en anacronismos o porque algunos acontecimientos del poema homérico hubieran sido suprimidos o porque Tom Holland —que hace de Telémaco— diga «papá» o porque los cascos usados por el ejército de Ulises o Agaménon o Menelao no correspondan con lo que dicen los académicos. No. La Odisea de Nolan está mal contada por una razón más sencilla: carece de épica, de emoción narrativa, de anagnórisis.
Sin duda, era el gran riesgo. El poema homérico contiene demasiados episodios y, después de los primeros 30 minutos de la película, uno empieza a tener la sensación de que lo que hizo el director no fue más que intentar contar todas las aventuras en un tiempo prudente para una producción cinematográfica. Dos horas y 53 minutos son demasiado para una película comercial y, sin embargo, no son suficientes para contar La Odisea. Así que el espectador siente que la narración pasa de un episodio al siguiente, de una aventura a la siguiente, sin que impliquen ningún clímax dramático, ninguna transformación del héroe, o de los héroes y, por tanto, del espectador o espectadora mismos. Cuando descubrimos a Calipso —espléndida Charlize Theron—, se tiene la sensación de que solo han ocurrido una serie de eventos en el mundo exterior, pero el mundo interior sigue siendo el mismo: Odiseo no ha tenido transformación alguna, no ha comunicado sufrimiento.
Ahí, exactamente, es donde falla.
La estructura del guion de Nolan es terriblemente simple: es el clásico ejemplo del cine de Hollywood. Un héroe que va del punto A al punto B y en la mitad de su viaje se encuentra con una serie de aventuras que lo transforman. El asunto es que el poema homérico, si bien ha sido utilizado como ejemplo de ese esquema narrativo por muchos críticos, es mucho más complejo. Cada episodio de la Odisea de Homero tiene una implicación dramática en el héroe y, por identificación, en los espectadores.
Nada pasa con el Odiseo de Nolan una vez superan al cíclope Polifemo. Solo lo enceguecen, salen de su cueva, corren, y ya está. De hecho, en la película Odiseo no grita su nombre a Polifemo para que este después se queje con Poseidón, dios de los océanos, quien por esa razón maldice a Odiseo. Ahí se pierde un elemento dramático presente en el poema homérico. Otro momento dilapidado por Nolan es el arribo a la isla de Circe, quien es uno de los personajes más interesantes del poema homérico, por su condición de hechicera seductora. La película, sin embargo, la presenta como una mujer habitando una cueva que más recuerda los cuentos de los hermanos Grimm. Tal vez esta Circe, con toda la carga simbólica e histórica que su condición tiene para Occidente, hubiera sido el gran vehículo de Nolan a la hora de hacer algún tipo de afirmación política. Pero no… Muy pronto todo se resuelve, los guerreros vuelven a ser humanos y, hasta luego… Odiseo no tembló frente a Circe. Todo fue expedito, simple. Como una fotografía hecha por un turista.
Ahora, el paso por la isla de las sirenas… Todo un desperdicio. Quizá uno de los episodios más perturbadores y poéticos del poema. ¿Qué decía el canto de las sirenas? ¿Quiénes eran? ¿Cómo imaginar el tono de sus voces? ¿Cómo se puede vivir después con la perturbación de escuchar lo que no puede ser escuchado? Pues bueno, lo único que hace Matt Damon es gritar amarrado al mástil y, después, continuar, como si solo hubiera sobrevivido al ruido de una alborada en Colombia… Y el hades… ¡Por favor! Si una de las grandes cosas que ha hecho occidente ha sido retratar el infierno de las maneras más barrocas, excesivas y aterradores posibles… ¿Cómo puede ser entonces que Nolan haya decidido hacer un infierno absolutamente minimalista, una playa gris en que los espectros hacen pensar más en Piratas del Caribe que en el hades griego?
Pero el grave problema, más allá de las decisiones estéticas, de nuevo, es que no hay transformación… El Odiseo que se acerca a Ítaca es el mismo que salió de las costas de Troya. Cada aventura en esta película solo conduce a una emoción muy cercana a la que sienten los turistas: la emoción por el decorado, por la grandilocuencia del momento, pero con la carencia total de la agitación dramática. No hay siquiera una línea memorable al final de la película, un diálogo que sirva para justificarla… En términos de la propia poética de Aristóteles, la película es un relato sin anagnórisis, sin un descubrimiento existencial que el héroe hace de sí mismo, y esto resulta imperdonable cuando se sabe que, en cada episodio de la Odisea de Homero, Ulises vivió una transformación radical. ¿Cuántas páginas de poesía, cuántas novelas, cuentos, cuántos ensayos académicos no se han escrito dedicados solo a uno o dos episodios de La Odisea y su significado filosófico? La lucha de la razón con lo irracional en el caso de Circe, los riesgos ante el deseo de conocerlo todo en la escena de las sirenas, el descubrimiento de la inutilidad de la guerra en el hades…
La película pareció entender muy poco del trasfondo dramático y filosófico de Homero.
Nolan, así, terminó por hacer algo muy extraño dentro de su admirable carrera cinematográfica: tomó una de las obras capitales de la cultura occidental para entregarnos un producto que va muy bien con esta época, un monumento a la grandilocuencia del turismo cultural con la consecuente pobreza de la experiencia intelectual.
Claramente, no entendió a Ulises: los deseos desbordados pueden siempre extraviarnos de las costas de Ítaca.



