La edición en tiempos de éxito: pensar la industria del libro desde Solzhenitsyn

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Foto: Igor Shalyminov / Unsplash
Una parte significativa de los tirajes no se vende y termina saldada, dañada, reciclada o destruida. Libros que nacen anhelando la permanencia acaban teniendo una vida efímera, sometidos a la lógica de la rotación comercial; basta preguntarle al librero de confianza para confirmarlo.

Colombia y Latinoamérica experimentan hoy un periodo de crecimiento sostenido en la producción editorial y en la venta de libros. La FILBo 2026 cerró con cerca de seiscientos mil asistentes, más de quinientos expositores y medio millar de invitados, además de cientos de talleres, conferencias y actividades, y alrededor de cinco millones de dólares en sus ruedas de negocios. Editoriales, lectores y autores internacionales confirman su consolidación como una de las ferias más importantes de la región.

Y aún más alentadores resultan los datos de la Cámara Colombiana del Libro: el sector creció un 7,5 %, superó el billón de pesos en ventas y registró la publicación de más de 19 mil títulos, con cerca de 40 millones de ejemplares. Este dinamismo impulsa no solo a las editoriales, sino a toda la red que sostiene el libro, autores, impresores, diseñadores, correctores, librerías, distribuidores y tantos otros actores del ecosistema editorial.

Sin embargo, en tiempos de éxito suele ser fácil perder el rumbo, publicar por publicar, subirse a la ola de las ventas y olvidar el criterio. Por eso resulta crucial ahora reflexionar sobre lo que se produce y se publica. Algo así hizo en los años 60 Aleksandr Solzhenitsyn en su novela Por el bien de la causa, donde repiensa el sector editorial en la Rusia soviética en apenas siete páginas.

Aun siendo contextos tan dispares, varias de sus reflexiones y críticas a la sociedad de consumo y a la cultura del libro, resuenan todavía entre quienes trabajamos en el ámbito editorial y pueden abrir conversaciones necesarias.

Guardando las proporciones y sin pretender más que rozar los temas que aborda Solzhenitsyn —pues nada sustituye la lectura directa de la obra—, quise agrupar algunas citas para dar inicio a esta conversación:

«Si se leen libros, entonces, adiós cine y televisión. ¿Cómo se puede hacer todo a la vez?».

«No leo absolutamente nada de literatura […] Yo pongo la radio, escucho las noticias […] Cuando en el libro figura lo mismo que oímos en la radio o leemos en el periódico, entonces, ¿para qué lo necesitamos? En el periódico todo aparece más breve y claro».

¿Cuál es, entonces, el lugar de la literatura frente a otros medios? En un ecosistema dominado por internet, el streaming, TikTok y los pódcast, la pregunta no es solo pertinente, sino inevitable. Pero más que una competencia frontal, podría pensarse en una relación de desplazamientos y coexistencias, ¿es posible que los mismos medios que parecen amenazar la lectura también pueden convertirse en vehículos para promoverla? Adaptaciones en series o cine, recomendaciones en redes o incluso formatos breves pueden despertar la curiosidad y llevar al lector hacia el libro.

Sin embargo, también es cierto que estos formatos tienden a privilegiar la inmediatez y el consumo rápido, mientras que la literatura exige tiempo, atención y una disposición distinta. En ese contraste radica su fuerza, pero también su fragilidad. Si el libro se percibe como redundante frente a otros medios que «dicen lo mismo» de forma más rápida, su lugar se vuelve incierto.

En este contexto, la edición digital y los audiolibros aparecen no solo como alternativas, sino como extensiones naturales del campo editorial y pueden atraer nuevos públicos y adaptar la experiencia de lectura a ritmos de vida distintos, sin que ello implique necesariamente la desaparición del libro físico. Además, a esto se suma una discusión cada vez más visible: el impacto ambiental de la industria editorial, señalada como una de las responsables del uso intensivo de papel.

Aun así, la vigencia del libro físico parece innegable. Las ediciones de lujo o artesanales lo reivindican como objeto, algo que se toca, se colecciona y se exhibe. Pero esta misma cualidad abre otra tensión, la del libro como decoración, como símbolo de estatus o como signo de una identidad lectora que no siempre se corresponde con la práctica real de la lectura.

Paradójicamente, en un mundo profundamente mercantilizado, son a menudo las series y las películas las que impulsan la venta de libros, aunque no necesariamente su lectura. El libro circula, se compra, se muestra, pero queda abierta la pregunta de si sigue siendo leído con la misma intensidad con que es consumido como objeto cultural.

«¿Los libros? ¡Los libros también viven solo un día! […] Vaya usted a una librería — repuso el muchacho—. En los escaparates, las novelas se ponen amarillentas. Todos los estantes se hallan abarrotados. Si uno va un año después, allí están los mismos libros. Yo vivo en una casa en la que hay una librería y lo sé: los libros son apilados y devueltos. El chófer dice que los destrozan y hacen papel nuevo con ellos. Entonces, ¿para qué son impresos por primera vez?».

La cita apunta a una inquietud incómoda, la rentabilidad, y más aún, el sentido de la industria del libro. Una parte significativa de los tirajes no se vende y termina saldada, dañada, reciclada o destruida. Libros que nacen anhelando la permanencia acaban teniendo una vida efímera, sometidos a la lógica de la rotación comercial; basta preguntarle al librero de confianza para confirmarlo.

Esto obliga a replantear varias preguntas: ¿vale la pena seguir produciendo libros en estas condiciones?, ¿qué tipo de libros conviene hacer?, ¿cómo fijar sus precios?, ¿existe realmente un público lector suficiente o estamos produciendo por inercia? En países como el nuestro, donde el precio promedio de un libro puede oscilar entre los 50 y 60 mil pesos, la lectura se acerca peligrosamente a la categoría de lujo. No es evidente que todos los sellos puedan sostener tirajes y garantizar la venta de mil ejemplares a esos precios o su circulación efectiva.

Frente a esto, han surgido alternativas, ediciones económicas, colecciones populares, fanzines, incluso la piratería. Sin embargo, estas opciones, aunque en parte necesarias, no siempre constituyen el grueso de las ventas de estas editoriales. Así, resulta llamativo que, en muchos mercados, y en aparente contradicción con las condiciones económicas, los libros que mejor se venden sean precisamente las ediciones de lujo. Como consecuencia, varias editoriales han reducido o abandonado las ediciones de bolsillo, que históricamente ampliaban el acceso; pareciera ser mejor tener la edición de lujo exhibida, que leída la versión sencilla.

El panorama se vuelve aún más desconcertante si se observa el volumen de producción. En España, por ejemplo, se ha señalado que se publica un libro cada cinco minutos. Ante esa sobreoferta, la pregunta es inevitable: ¿qué se hace con tantos libros? Más allá de su destino material, lo que está en juego es su lugar simbólico. Si el libro se produce más rápido de lo que puede ser leído, almacenado o incluso deseado, corre el riesgo de convertirse en un objeto más dentro de una cadena de consumo acelerado, perdiendo aquello que, en principio, justificaba su existencia.

«Hablemos por una vez con toda franqueza. Antes de las vacaciones nos dictó usted una larguísima lista de libros. Ningún libro, sea el que sea, tiene menos de quinientas páginas. ¿Cuánto tiempo hay que estar leyendo? ¿Dos meses? Además, hay poemas épicos, trilogías en varios tomos […] En mi opinión, escribir libros gruesos en nuestra época es, sencillamente, una falta de consideración por parte de los escritores».

En una época marcada por la inmediatez y la brevedad, la extensión de los libros se vuelve un asunto central. La pregunta no es solo si los lectores están dispuestos a enfrentarse a obras largas, sino si el ecosistema cultural actual favorece ese tipo de lectura. Frente a la rapidez de plataformas como TikTok o YouTube, e incluso frente a las adaptaciones cinematográficas que condensan en dos horas novelas como Cumbres borrascosas o Frankenstein, el libro parece exigir un tipo de atención cada vez más escasa.

Esto plantea un dilema editorial, ¿sigue siendo viable apostar por obras largas (incluso medianas)?, ¿existe un público dispuesto a dedicar semanas o meses a una sola lectura? No son muchos los lectores que hoy se aventuran con proyectos monumentales como En busca del tiempo perdido de Proust o La comedia humana de Balzac, y, en cambio, parece imponerse una preferencia por libros más breves, pero intensos, que permitan una sensación de avance y acumulación.

Algunas editoriales han respondido a esta tensión fragmentando obras o publicando por entregas, de modo que un solo proyecto adopte la forma de varios volúmenes autónomos. Esta estrategia no solo facilita la lectura, sino que también dialoga con ciertas lógicas contemporáneas de consumo: la impresión de estar leyendo «muchos libros», cuando en realidad se trata de uno solo desplegado en partes.

A esto se suma una dimensión menos evidente, pero significativa, la lectura como cifra. Plataformas como Goodreads o Instagram han convertido, en parte, el acto de leer en una forma de registro cuantificable, donde importa cuántos libros se leen al año, al mes, al día. En ese contexto, no es lo mismo dedicar tiempo a un volumen de mil páginas que sumar diez libros de cien. La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cuánto se lee, para pasar a ser cómo y para qué se lee.

«Díganos, por favor, ¿para quién son editados esos libros?

—¡Para los críticos! —le apoyo alguien.

—¡Para ganar dinero!

—Sí, solo para eso —añadió Anikin».

La pregunta por el destinatario del libro es, en el fondo, una pregunta por el sentido de la edición. ¿Se publica para los críticos, para el mercado o para los lectores? La respuesta no es sencilla, pero sí ineludible. Una editorial, como cualquier empresa, necesita sostenerse económicamente, y aspirar a la rentabilidad no es un problema en sí mismo, lo problemático aparece cuando ese criterio desplaza por completo cualquier consideración.

Entre el cálculo comercial y la validación crítica, el lector corre el riesgo de volverse una abstracción. Sin embargo, es precisamente en la relación con el lector donde la edición encuentra su razón de ser más profunda. Como ha señalado Leonora Djament, los libros tienen la capacidad de transformar, modifican la percepción, alteran la relación con el mundo. En ese sentido, editar no es solo producir objetos, sino intervenir en la cultura, proponer lecturas, construir comunidad. No se trata de agradar al crítico ni de responder únicamente a las expectativas del mercado o del autor, sino de sostener un diálogo vivo con quienes leen.

«Todo aquel que lleve cincuenta años en la vida pública también escribe sus memorias: cómo nació, cómo se casó; eso lo puede escribir cualquier borrico».

Aquí la cuestión se desplaza hacia la relevancia de lo publicado. En un mercado saturado, ¿qué lugar ocupan las memorias de celebridades, los libros de influencers o las autobiografías de figuras públicas que, en muchos casos, rozan el autoelogio o la reiteración? A esto se suma el fenómeno creciente de la autopublicación, que multiplica aún más la oferta (en muchos casos mediocre) y diluye, en ocasiones, los criterios de selección.

La pregunta, de nuevo, es inevitable, ¿todo merece ser publicado? Y, más aún, ¿quién decide qué tiene valor? Las editoriales, en este punto, no pueden eludir su papel como mediadoras culturales. Ser selectivos no implica necesariamente restringir voces, sino asumir una responsabilidad, apostar por obras que propongan algo más que su mera existencia, que aporten densidad, perspectiva o incluso riesgo. A veces valdría más recuperar voces olvidadas relevantes, aunque relegadas por el tiempo, que apostar por voces nuevas que por su calidad e inmediatez terminarán, sin duda, siendo flor de un día. Para no extendernos demasiado, los tiempos de éxito son, sin duda, un estímulo. Pero también pueden convertirse en un obstáculo si conducen a la complacencia o a la sobreproducción irreflexiva. Son, precisamente por eso, un momento privilegiado para detenerse, revisar prácticas y preguntarse hacia dónde se quiere ir. La conversación queda abierta. Ojalá estas preguntas sirvan para provocar debate, suscitar desacuerdos y, quizá, ensayar algunas respuestas.