«Le decíamos Marciano, parece que por las orejas grandes», explica uno de los compañeros de Mauricio Hernández Norambuena, alias Ramiro, exintegrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), organización marxista-leninista fundada en 1984 que operó como facción armada del Partido Comunista de Chile. Como Marciano (Penguin Random House, 2025) también bautizó Nona Fernández su libro más reciente, uno que hibrida conversaciones reales, mucha de la historia chilena de las últimas décadas y otro tanto de ficción construida con diálogos que dieron curso literario al material que recogió en sus visitas al comandante Ramiro, recluido en la Cárcel de Alta Seguridad de Rancagua.
La pretensión de transformación que buscó la agrupación, dice Nona, los excedía y asustaba, pero no abandonaron «la resistencia que Allende había propuesto en La Moneda el día del golpe, y ese camino era el que seguíamos». Un atentado contra Pinochet, dos secuestros y muchas acciones beligerantes dan cuenta de la pretendida búsqueda de esos que siempre creyeron «que el mundo puede ser mejor, más equitativo, más justo» y con el entusiasmo revolucionario como una droga, una especie de fe religiosa irrefrenable.
La historia no le pertenece a nadie, aunque alguien debe hacerse cargo de contarla, dice Mauricio. Por eso, desde una memoria esquiva e imaginante, la autora nos lleva de la mano de ese hombre que, pasados sus años de gloria, ya apocado, mayor y hecho trizas, terminó vinculado al ELN en la selva colombiana, allá por el año 2000: «El mundo había hecho un giro, pero yo no podía girar con él. Yo no cambiaría su dirección, pero sí podía resistir en los pocos espacios que quedaban para hacerlo». Marciano, ese que en su celda sostenía conversaciones imaginarias con sus muertos y entregado a la lectura enfermiza —refugio y adicción para enajenarse de la vida en el encierro— nos cuenta, junto a Nona, su versión de lo que pasó, pisando las huellas que dejaron otros en una novela de guerrillas, utopías y revoluciones caras y ambiciosas.

—¿Cómo fue el ejercicio de reconstruir las conversaciones que tuviste con el comandante Ramiro, bajo la prohibición de llevar grabadora de audio o cámara de video?
Fue difícil y un gran desafío por eso, y por mi gran problema: tengo una pésima memoria, soy distraída. Aunque siempre escribo sobre la memoria, padecí el problema en carne propia para construir este libro. Diría que lo más complejo fue encontrar la manera de darle curso literario a todo el material que yo iba recibiendo; era un universo enorme, casi toda una vida. Debía encontrar una manera de contarlo, crear una estructura y también hacer una curaduría, porque conversamos muchísimo.
—Y no podías poner todo en el libro.
Yo tenía que elegir qué episodios y qué dimensiones de Mauricio quería contar. Cuando encontré la forma, esta idea —nada innovadora— de establecer los diálogos y los encuentros —que no fueron así, por supuesto, está todo construido—, ya se me empezó a ordenar todo. Pero admito que viví dos años en un absoluto caos; salía muy entusiasmada con todo lo que hablábamos, pero de cuatro horas solo grababa audios de lo que recordaba, los highlights de las conversaciones. Luego empezó a caerme la forma y, con el cómo, el qué comenzó a fluir de manera más clara.
—¿Se plantearon reglas para esas conversaciones?
Como todas las conversaciones eran en virtud de mi escritura, tuvimos que hacerlo. Le dije: «De ahora en adelante todo lo que vayas a decir, me sirve, pero si tú no quieres que yo escriba algo, sencillamente no lo digas». En esta historia de pronto llegábamos a lugares de intimidad más importantes, entonces me decía: «¿Esto va a hacer parte del libro?».
—Además de tu producción en narrativa conocemos tu trabajo como dramaturga y, precisamente, uno de los aspectos más interesantes de Marciano es ese tono de performance teatral, que hibridas con la proa novelística. ¿Cómo fue el trabajo ahí?
Primero, yo no quería aparecer en el libro; quería que hablara él. Sin embargo, me di cuenta de que él no podía ser el único hablante. Hay ciertas cosas muy ricas desde el punto de vista de Mauricio sobre su propia historia y sobre la historia en general, pero yo debía hacer aparecer otro punto de vista, que hacia el final se vuelve más complejo porque no opinamos lo mismo sobre cosas como la guerrilla colombiana o el secuestro. Me resultaba un poco extraño actuar ese punto de vista de él, pero tampoco quería torcerlo. Supe que yo tenía que entrar, pero ¿cómo?
—Encontraste esa forma a través de los diálogos.
Y con ellos intento ser lo más escueta posible, que sean una especie de incentivo para que él pueda hablar. Reitero: no se dieron así; son una construcción. De hecho, todas las conversaciones eran muy caóticas, pero después fui ordenando por tema cada uno de los encuentros. Cuando quise hacer hablar a otros personajes, como Carla, seguí la misma ruta: hablaba él, hablaba yo, hablaba ella. Con ese juego de voces fui construyendo la historia de ellos. Y de pronto, donde él no quiere hablar mucho, pongo sobre la mesa algo de mi propia vivencia para contar algunos hechos, como la muerte del senador Guzmán.
—Hay momentos de la novela que nos llevan a picos de acción: la huida de Mauricio en el helicóptero, el atentado contra Pinochet, el asalto a Los Queñes, la muerte del senador. ¿Cómo fue el trabajo narrativo para revisitar la historia de Chile a partir de esos hitos?
Ese también fue un desafío. Yo entro muy apasionada a la escritura de una historia, y sé que hay un porqué, pero lo desconozco. A veces me doy cuenta mientras estoy escribiendo; a veces me doy cuenta después. Y con Marciano en algún momento me di cuenta de que parte de mi deseo de escribir esto tenía que ver con hacer un repaso de la historia de mi país, la transición a la democracia y el lugar que tenía la lucha armada ahí. Yo creo que eso es algo que no hemos terminado de conversar en Chile, porque, éticamente, uno —no todo el país, por supuesto— puede comprender bastante bien la lucha armada durante el periodo de la dictadura. Yo te diría que mi sector y mi generación la comprenden. Era un momento donde la población estaba siendo arrasada por los militares, donde no había cómo defenderse, y aparecen distintas agrupaciones que abrazan las armas, justamente para defender a la población de la dictadura, para intentar resquebrajarla. Yo creo que estos movimientos también tuvieron que ver con la llegada de la democracia, pero siempre han sido obviados de la historia o tratados como criminales. En Chile, quienes abrazaron la lucha armada son perseguidos por la Justicia, apresados, o están en una diáspora en el mundo, en la clandestinidad; no pueden volver.
—Cuéntanos más de la transición a la democracia en Chile.
Fueron una transición extraña y una democracia muy frágil, pactada con los militares, donde Pinochet era senador de la república, muchos violadores de derechos humanos eran alcaldes o tenían cargos públicos. Era una democracia muy rara, donde la impunidad era un marco para ejercerla. Muchas agrupaciones siguieron trabajando bajo la idea de que eso no era una democracia, sino una extensión de la dictadura. Ahí todo se desordena más, se vuelve más gris, más oscuro. Hay quienes lo comprenden, hay quienes no; hay quienes lo saludan y hay a quienes los meten al papelero de la criminalidad. Fue un período extraño donde nos perdimos mucho, no entendíamos lo que estaba pasando. El libro intenta repasar esa historia —no completa, porque uno jamás va a poder hacer ese ejercicio— de la dictadura y la transición a la democracia desde el eje de la lucha armada.
—Me hiciste recordar a Leila Guerriero y La llamada, Nosotros dos en la tormenta de Eduardo Sacheri y Un silencio lleno de murmullos de Gioconda Belli, todos con la intención de recuperar la idea de la verdad histórica en nuestros países pero, además, con un factor común: una especie de cansancio emocional desde la pregunta de si todas esas luchas han servido de algo.
Todos fueron contextos súper intensos. Lo que pasa con el personaje de Mauricio, que es el epicentro de toda esa reflexión porque ha vivido de manera feroz las consecuencias de todas sus acciones —con las que podemos estar de acuerdo o no—, y que es un sujeto político de la historia, que está pagando por esas opciones que tomó, es que, por supuesto, después de veintisiete años preso, no puede no haber cansancio. Él ha estado día tras día de su vida resistiendo para no enloquecer, para no perderlo todo. Yo intento no contar tanto sobre su presidio en Brasil porque tampoco me interesa victimizarlo, aunque es muy crudo y muy rudo, pero vivir todo eso no puede sino tener consecuencias en tu psique y en tu cuerpo. Él ha tenido tiempo para reflexionar, y si bien yo creo que sigue pensando en otra utopía, una que él no conoce, es súper claro en eso: ya la revolución socialista no ocurrió.
—Él lo dice sobre su entrada a la guerrilla colombiana.
Así es. Él me dice: «Ya sé que eso no ocurrió, pero entro para estar en un lugar de resistencia con los campesinos». Después de eso tuvimos otra conversación donde me dice: «El mundo sigue necesitando una utopía, una revolución, y si no fue esa porque nos equivocamos, porque sencillamente no vimos todo, o porque el enemigo es infinitamente más poderoso, eso no quiere decir que no podamos seguir intentándolo. Ahora a mí no me corresponde; estoy viejo, estoy preso, voy a salir quién sabe cuándo, pero la juventud, y ustedes que están afuera, tienen que seguir intentándolo o nos pegamos un tiro todos. Es necesario seguir creyendo en un mundo mejor, más igualitario, más democrático, más feliz, más cariñoso. Si no seguimos todos los días pensando o por lo menos intentando que eso ocurra, ¿entonces qué?». En ese sentido, evidentemente está cansado, pero que él proponga algo así desde una celda, me llama muchísimo la atención.
—Es una reflexión muy valiosa, especialmente viniendo de alguien que lleva encerrado tanto tiempo.
A mí me encanta. En febrero pasado lo cambiaron a una celda que tiene tres rendijas (no alcanzan a ser ventanas) que miran a la cordillera; en la otra celda veía el patio de la cárcel y en Brasil a ratos no veía absolutamente nada. Cuando lo pasaron a ese lugar, me dijo: «Nona, ahora veo la cordillera, veo la luna cuando sale en la noche, veo el sol. ¡Todos los días sale el sol!»; «Sí», le digo yo, «todos los días sale el sol, te juro que lo sé» y él: «No, no, ¡es que todos los días amanece y tenemos una oportunidad! A veces nos equivocamos o lo hacemos pésimo o nos jugamos por una cosa errada, pero igual mañana sale el sol de nuevo, no pasa nada, ¡intentemos otra cosa!». Eso me dejó marcadísima porque encontré una reflexión preciosa y súper delicada para un comandante.
—Una constante es la idea de los fantasmas, que son personajes dentro de la historia.
Cuando me encontré con él, una de las cosas que me sedujo de la persona fue, primero que nada, cómo habitaba el encierro. Cuando tú entras a la cárcel y estás conversando con alguien así, te das cuenta de que habita un espacio que es otro, un tiempo que es otro. Esa otra realidad me sedujo mucho porque en ella Mauricio ha desplegado, como buen estratega, guerrillero y milico, varias tácticas para sostenerse y no enloquecer. Eso me alucinó. Primero, el ajedrez, que al principio jugaba de memoria. Después empezó a hacer el ejercicio de jugar con los otros presos, a los que no veía porque no tenían la posibilidad; jugaban imaginariamente.
—También está el asunto con los libros, que fueron su tabla de salvación.
Él me dijo: «Leí desesperadamente, demoníacamente»; era una locura cómo leía, y eso es muy lindo. Por eso ambos temas están muy presentes en el libro, como parte de su tiempo y de su vida. Lo otro es que ese tiempo de la cárcel no es lineal; allá explotan todos los tiempos: el pasado está muy presente, el presente casi no constituye nuevos recuerdos porque es muy igual, y la realidad y la ficción no tienen un límite claro. Él ha pasado gran parte de su tiempo recordando, construyendo sus recuerdos y también construyendo ficciones; fabula mucho como una manera de jugar y de no estar ahí. La ficción también está en los libros; el hecho de entrar a uno es entrar a otra dimensión. Él me decía: «Yo me fugaba con los libros por días enteros. Los guardias me veían, pero yo no estaba ahí; estaba en otras partes, con otras personas, viviendo otras vidas».
—¿Ahí entran los fantasmas, las conversaciones con sus muertos?
Dentro de ese tiempo extraño tampoco hay jerarquía entre la vida y la muerte; por eso sus hermanos muertos están muy presentes. Él temía que yo lo viera como un loco, así que fue difícil hablar bien sobre este asunto. Él conversa con sus muertos y según el estado en el que se encuentre, deja que una u otra persona «se siente» con él en la celda. Cuando está muy desesperado es su compañera Tamara, porque parece que ella era mucho más contenedora, tenía una cosa más femenina, era más una hermana, más cálida. Esas conversaciones son estrategias que usó.
—Sobre todo en Brasil, supongo, porque estaba muy aislado.
Allá más que en cualquier lugar. Ellos están muy presentes en su día a día, no solamente en las fotos que él tiene colgando en su celda, sino que dialoga con ellos. Me decía: «Yo sé que no son ellos; sé que son proyecciones mías y probablemente es una parte de mí, o son lo que quedó en mí de ellos». Eso me parecía alucinante. Por eso, en un momento dije: «Tengo que tenerlos; tengo que entrevistar a esos muertos; ellos me tienen que hablar de él. Esos textos son, de alguna manera, lo que Mauricio guarda de ellos y lo que yo también intenté complementar de los personajes a través de la familia, de los amigos, de sus cercanos».
—Respecto a ese asunto de la memoria, él dice: «¿Cuántos recuerdos habrá que levantar para tener una versión objetiva? Cada vez que confronto memorias me lo pregunto. ¿Habrá versiones objetivas cuando hablamos de los recuerdos?». ¿Existe o puede existir la objetividad cuando hablamos de recuerdos y de memoria? ¿Es necesaria?
Yo creo que no; es un ejercicio imposible. Hay algo que conversamos mucho con Mauricio, cuando yo le preguntaba sobre todo de los grandes hitos del Frente, y él me decía: «Yo no te puedo contar esto porque esta historia no es mía, es de un colectivo. Yo sé algunas cosas, pero otros te lo contarían distinto». Yo tengo muy claro que todo lo que Mauricio me cuenta son recuerdos que él ha construido —nos pasa a todos—; ha tenido mucho tiempo para hacerlo. Cuando contamos algo que sucedió hace mucho o incluso lo que nos pasó recién en la esquina, una anécdota, construimos ese relato; por lo tanto, no tiene ningún grado de objetividad. Es lo que nosotros construimos, el punto de vista es nuestro, lo que queremos contar.
—Así funciona la memoria.
Si pensamos en la memoria de las sociedades, en las memorias y las historias colectivas, creo que la única manera de intentar abordarlas es asumiendo la imposibilidad de objetivarlas o de clausurarlas. Son locas, antojadizas, contradictorias, efervescentes, líquidas, porosas. La memoria tiene tantos puntos de vista como personas quieran acercarse a ella, y la manera de abordarla es como un palimpsesto, como un todo, porque además va a ser interpretada según su contexto. Mañana la memoria de hoy va a ser observada con el contexto de ese futuro, y va a tener un nuevo punto de vista. Recordamos a partir de, para y por el presente, o probablemente por el futuro, para construirlo.
—Volviendo a ese habitar el encierro, por fuera de Chile, Mauricio pasa por dos espacios durísimos: la cárcel en Brasil, donde cuenta que debía hacer ejercicio encima de unas cucarachas enormes.
Él me lo contaba —y yo sé que suena terrible— pero yo pensaba: ¡Qué hermosa! ¡Qué buena escena! Además, era su primer día en la cárcel.
—Y el otro es la selva colombiana, su vinculación a la guerrilla.
Cuando hablábamos, yo sentía que él había estado acá por años, y resulta que solo estuvo unos cuantos meses, pero es el acercamiento más grande que tuvo a la libertad en mucho tiempo, porque estar en clandestinidad es lo mismo que estar un poco preso; estás siempre muy reglado y pensando que algo te va a pasar. No vives en libertad cuando estás en clandestinidad. Por eso la selva representó para él un espacio epifánico de libertad. Además, él era un combatiente a medias porque ya era mayor; era más bien el caballero al que había que estar esperando y él también se dio cuenta de eso. Tenía un rol muy extraño. Dentro de su punto de vista el paso por la guerrilla fue una de las cosas más lindas que le pasó en la vida. Como no pudo ser combatiente, se dedicó al secuestro; él tuvo una escuela, porque en la guerrilla urbana aprendió a secuestrar, hizo cursos para eso. En Chile lo ejerció muy poco.
—Como con Cristián Edwards.
Y además con un caso muy bueno que yo no podía contar, de un coronel, todavía en dictadura. Esos son los dos únicos eventos de secuestro en Chile, de los que él estuvo a cargo. Acá, claro, se ofreció a hacer una escuela para que la guerrilla aprendiera a secuestrar. El Ejército de Liberación Nacional secuestraba en Brasil, por ejemplo. Ahí el punto de vista sobre el ensueño de la guerrilla empezó a volverse complejo para mí. Yo tengo una relación con Colombia, tuve contacto con gente que participó en el libro…
—… Verdades compartidas, sobre los archivos de la Comisión de la Verdad.
Ese. Yo tuve que leer todos los capítulos de testimonios del Acuerdo de Paz. Entonces, yo no puedo clausurar su visión, porque este es un libro que contiene su mirada, pero tampoco puedo clausurar la mía. Y hacia el final tenemos esa confrontación sobre la guerrilla, donde yo le explico, como le explico a todo el que se me para al lado: «Para quien no vive en Colombia es complejo comprender todo el proceso, porque lleva muchos años andando, pero también porque comienza de una manera y tú dices: Oye, esto de la guerrilla está muy bien, pero se empieza a complejizar, a enredar, a tomar un color donde ya nadie entiende nada; después se meten el narcotráfico y los paramilitares; se vuelve un infierno». Tuvimos esas conversaciones hacia el final, y fue complejo. Igual, Mauricio se fue de ahí en el año 2000: «Han pasado veinticinco años y yo no tengo claridad de cómo evolucionó esto. Pero para mí en ese momento era un lugar de resistencia».
—Se fue en una de las épocas más duras, cuando fracasaron los diálogos de paz.
Él también me decía que no todas las guerrillas son iguales. Cuando las FARC lo invitaron él estaba clandestino, creo que en México, y él no quiso vincularse a ellas, pero la invitación del ELN sí le pareció interesante porque en ese tiempo no tenían vinculación con los narcotraficantes y eran muy reacios a eso.
—Es el final del Cura Pérez y el comienzo de Gabino.
Y había un tema del Cura Pérez con el que él se sentía muy identificado. Por eso tomó esa opción, y después, el contacto con los campesinos le pareció fantástico. De hecho, en una de sus fantasías piensa: «Yo debería retirarme porque más bien soy una molestia para la guerrilla, pero quedarme aquí con los campesinos, montar una escuela de fútbol —él es profesor de educación física—, a lo mejor alguna mujer se enamora de mí y tengo un hijo…». En algún momento para él ese espacio fue lo más parecido a la felicidad.
—Otro asunto que pones sobre la mesa es que la guerra suelen hacerla los hombres.
Sí, siempre eran menos las guerrilleras. Y había un machismo que él nunca me lo aceptó, pero por otras compañeras que yo he entrevistado sí sé que era un movimiento machista. Tamara, la compañera que aparece acá, fue una de las pocas comandantes; era muy importante en la organización porque había una cosa de clase con ella, era una mujer de clase alta, en contraste con la gente del frente, que era más bien de clase popular. Como ella era de clase alta se manejaba con mucha libertad, nadie la hacía callar, era una mujer fuerte y todos la respetaban mucho por eso, pero creo que el efecto clase era muy importante para que haya llegado donde llegó. Era una mujer empoderada, por decirlo así. Por ejemplo, está el tema de los abortos y él no tiene esa mirada; él me lo cuenta, nomás. Yo no le podía creer algunas cosas: «¿No te ponías un condón?» y él: «Es que no había». «Noooo», le dije yo, «perdóname, eran los años ochenta, te aseguro que había condones». Era algo que ellos no veían o no les importaba. Es un poco lo que también pasa en la guerrilla, y yo le hice ver esas similitudes: las pobres mujeres abortan diez veces.
—¿Sigues visitando a Mauricio?
Me ha tocado viajar muchísimo, pero cuando vuelva a Chile voy a verlo y quiero saber qué me dice del libro. Él ya me había leído; de otra manera, no me habría dejado entrar ahí. Te digo: todo esto es un tablero de ajedrez, es parte de una estrategia del uno y de la otra. Él había leído La dimensión desconocida y Voyager; le gustaron bastante. Es un lector muy refinado, la verdad. Yo creo que si no le hubiera gustado mi literatura, yo no habría entrado ahí, primero como guionista, y tampoco habría accedido a que yo escribiera un libro sobre él.
—Mauricio dice: «Eso es parte de mi propia novela, si es que fuera el personaje de alguna. Pero nos pasó. Y estuvimos una noche juntos, despidiéndonos a nuestra manera en esa pieza». Entonces le preguntas: «¿Puedo saber cómo fue?» y él responde: «Solo si lo transformas en libro».
Este libro nació con la idea inicial de trabajar en el guion de una serie y Mauricio era mi principal fuente de información —eso lo cuento bien al comienzo—. Yo tenía que hacer una serie épica sobre el Frente Patriótico y mientras estábamos en ese momento de la investigación, a mí me parecía mucho más interesante él como persona, no como comandante. Aunque la serie no ocurrió —incluso fue un alivio no tener que escribir esa historia enorme—, igual yo tenía el permiso para publicar lo que hablamos. Entonces quise escribir algo que tuviera más que ver con la persona, la dimensión del encierro, su historia, la humanidad que circulaba ahí. Se lo propuse y él me dijo algo muy bonito: «Yo le debo mucho a lo que he leído, a la literatura» —porque esta lo sostuvo en algún momento—, «entonces, qué mejor que transformarme en un personaje literario. Haz lo que quieras».



