El avión empezó a temblar cuando todavía faltaba media hora para aterrizar. Lygia tenía el periódico abierto sobre las piernas. No había pasado de la primera página. Cada movimiento del avión la ponía más nerviosa.
—No entiendo por qué sigo aceptando estos viajes —dijo—. Paso todo el vuelo pensando que nos vamos a caer.
Clarice siguió mirando las nubes oscuras detrás de la ventanilla. Llevaba gafas negras aunque ya era de noche.
—Mi adivina me dijo hace años que no voy a morir en ningún accidente.
Lygia soltó una risa cansada.
—Eso no me tranquiliza.
Abajo apareció Cali entre las montañas, una extensión de luces amarillas dispersas en la oscuridad. Cuando bajaron del avión, el calor las golpeó de inmediato con olor a gasolina, mango maduro y tierra húmeda. Un hombre del Congreso de la Nueva Narrativa Hispanoamericana las esperaba con un cartel escrito a mano.
Durante el trayecto al hotel, Lygia permaneció callada. Tenía el cabello pegado al cuello por el sudor. Clarice miraba la ciudad a través de la ventana: motocicletas que cruzaban rápido, bares todavía abiertos, mujeres apoyadas en balcones iluminados.
El Hotel Intercontinental estaba lleno de escritores fumando y periodistas con grabadoras. Hombres hablando demasiado fuerte.
Una mujer comenzó a explicarles el programa del congreso compuesto de entrevistas, mesas redondas, recepciones. Clarice buscaba cigarrillos dentro del bolso mientras fingía escuchar.
—Los periodistas bajan desde las siete de la mañana —dijo la mujer—. Si quieren descansar, mejor no desayunen abajo.
Subieron en silencio, dentro del ascensor hacía más calor que afuera. Lygia se quitó los zapatos.
—No aguanto este vestido, exclamó Lygia.
Clarice sonrió. Cuando entró a la habitación abrió la puerta corrediza del balcón. El ruido de la ciudad entró con el aire caliente. Se escuchaban motores, música y voces en algún lugar de la noche. Encendió un cigarrillo. Pensó en el incendio. Apoyó los brazos sobre el balcón. La ciudad seguía despierta.
La mesa sobre literatura brasileña contemporánea fue al día siguiente, en el Museo La Tertulia. El calor en el auditorio era espeso. Los ventiladores giraban sin mover realmente el aire. Clarice Lispector, Lygia Fagundes Telles y Walmir Ayala, esperaban el inicio de la conversación sentados frente al público. Su presencia llenaba el escenario con una intensidad extraña, como si todo el evento, las sillas, las notas, el murmullo de la gente, girara únicamente alrededor de ellos.
A Clarice las gafas grandes le daban un aire distante que desaparecía apenas sonreía. El vestido de lino, con manchas blancas y negras, se le arrugaba contra el cuerpo, vencido por el calor. Su cabello abundante había perdido la forma con la que salió del hotel.
Cuando Clarice terminó de leer el cuento “Felicidad clandestina”, un joven levantó la mano.
—¿Podría leerse esa búsqueda obsesiva de la protagonista por el libro como una metáfora de nuestra aspiración a la igualdad en América Latina? Algo que siempre se nos promete pero que nunca termina de alcanzarse.
—Era solamente una niña que quería un libro —dijo Clarice.
Nadie habló durante unos segundos. Varias estudiantes la observaban. Había una comunicación clara en esa mirada. Clarice bajó la vista hacia el cigarrillo.
El aire cambió de pronto dentro de la conferencia. Un grupo de jóvenes entró sin anunciarse en el auditorio gritando consignas contra el evento.
—¡Fuera la CIA!
Los tres escritores comenzaron a recoger sus cosas sin comprender del todo qué estaba ocurriendo.

Al dirigirse hacia las escaleras del museo, se cruzaron con Gustavo Álvarez Gardeazábal, organizador del evento. Sudaba bajo la camisa clara de lino. Hablaba rápido, todavía alterado por la discusión con los estudiantes.
—No les hagan caso —dijo, intentando sonreír—. Aquí todo termina convirtiéndose en una revolución. Uno intenta ayudar pero nada parece entusiasmarles.
Había quedado atrapado entre los muchachos, explicándoles una y otra vez que los patrocinadores eran la Fundación Rockefeller y la Licorera del Valle, que las cosas no eran como ellos pensaban, pero nadie parecía escucharlo.
Se secó la frente con un pañuelo.
—Escuchen. Vamos a hacer algo más tranquilo. Más tarde hay una reunión de los participantes del congreso, en una casa cerca del río. Habrá música, tragos y gente menos intensa. Les mando un carro para que las lleve.
Clarice miró hacia la calle. El aire seguía inmóvil.
—Podemos llegar caminando.
Gardeazábal la observó sorprendido.
—¿Caminando? Pero todavía hace calor.
Lygia soltó una risa.
—El sol ya está bajando. Es una buena hora para caminar.
Él abrió los brazos resignado.
—Entonces nos vemos allá. Pero no se me pierdan.
Las dos mujeres comenzaron a caminar junto al río Cali, pasando por la curva del Obelisco. La luz de la tarde todavía se reflejaba sobre el agua y los árboles que empezaban a oscurecerse. Durante algunos minutos no hablaron. La ciudad sonaba distinta lejos del congreso. Pasaron frente a la Biblioteca Centenario y cruzaron hacia la siguiente cuadra. Desde una tienda llegaba música mezclada con el ruido de los carros y del agua del río. Algunas personas bebían cerveza sentadas sobre la acera. Otras conversaban apoyadas en motocicletas estacionadas bajo los árboles. Dos muchachas fumaban. Alguien se reía demasiado fuerte.
Clarice sacó un cigarrillo. Buscó el encendedor dentro del bolso y no lo encontró. Intentó recordar cuándo lo había usado por última vez. Entonces comprendió que lo había dejado sobre la mesa de la conferencia.
—Perdí el mío.
Un joven le ofreció fuego desde su mesa sin decir nada. Clarice inclinó la cabeza hacia la llama.
—Gracias.
Aspiró el cigarrillo y retuvo el humo unos instantes antes de soltarlo lentamente. Permaneció quieta escuchando la conversación de los otros. La tarde empezaba a ceder. Sobre el río, los árboles comenzaron a moverse apenas. Clarice levantó la vista.
—Qué bonita hora —expresó.
Uno de los muchachos sonrió.
—Es cuando llega a Cali la brisa del Pacífico.
A las dos les gustó la explicación. Lygia cerró los ojos durante unos segundos y dejó que el aire le moviera el cabello, todavía húmedo. Los jóvenes les enviaron unas cervezas con el mesero. Ellas agradecieron el gesto.
—Siéntense un momento —les dijeron.
Lygia miró hacia la casa republicana donde tendría lugar la reunión. Entre los árboles, al otro lado del río, ya podían verse algunas luces.
—Todavía tenemos tiempo.
Y se quedaron un rato más. Alguien comenzó a hablar de La noche americana de François Truffaut. Decía que en esa película podía verse la vida secreta de quienes pasan los días dentro de un rodaje. La conversación fue cambiando sola. Clarice y Lygia se sentaron en una de las mesas metálicas circulares, rodeadas por el bullicio del bar. Las paredes, de un azul intenso, estaban cubiertas de cuadros y fotografías que componían una especie de archivo vivo de la cultura popular. Entre aquella amalgama de imágenes se destacaba el rostro de María Félix en Doña Bárbara, que parecía vigilar la melancolía del lugar. A pocos pasos de ellas, un maniquí plateado de tamaño real permanecía inmóvil entre las mesas, dando un aspecto ligeramente surreal al ambiente.
Poco después, alguien habló de los sueños. Clarice dijo que había despertado inquieta. Al despertar tuvo la sensación de haber perdido algo importante, aunque no sabía qué. Lygia dijo que rara vez recordaba sus sueños, pero que desde hacía meses la perseguía el temor de olvidar. No olvidar nombres o fechas sino olvidarse de quién había sido. A veces encontraba una fotografía antigua y le parecía estar mirando a una desconocida. Hablaron del paso del tiempo. De las mujeres que habían querido ser a los veinte años y de las mujeres en que se habían convertido. Clarice escuchaba en silencio, observando la creciente animación del lugar.
Una joven vestida de rojo se levantó de la mesa contigua y comenzó a bailar sola. Sus amigas aplaudieron. Lygia sonrió. Poco después, unos jóvenes las invitaron a bailar. Clarice dejó el cigarrillo sobre el borde de una botella y se levantó. No bailaba exactamente. Apenas se movía siguiendo la música. El vestido se le pegaba a la espalda. El humo permanecía suspendido alrededor de las mesas. Al principio sus movimientos fueron contenidos. Luego comenzaron a volverse más libres. Por un instante Clarice tuvo la sensación de que la escritora invitada al congreso había desaparecido. Solo quedaba la mujer que bailaba junto a un río desconocido mientras la noche avanzaba. De pronto se encontraron frente a frente, divertidas, comenzaron a levantar los brazos al ritmo de una samba. Los jóvenes aplaudían.
—Deixa o ritmo te levar —dijo Lygia.
Cuando los muchachos escucharon que hablaban en portugués intentaron averiguar de dónde eran, ellas se limitaron a sonreír. No respondieron.
Siguieron bailando. La pregunta quedó suspendida entre la música y las risas. Poco después, ya nadie parecía interesado en la respuesta. Lygia alcanzó a dar apenas dos pasos cuando sintió que algo cedía bajo su pie. Un chasquido breve quedó ahogado por la música. Miró hacia abajo. El tacón izquierdo se había desprendido.

—No puede ser.
Intentó acomodarlo, como si bastara con colocarlo de nuevo en su sitio. Pero la pieza colgaba torcida, inútil. Clarice observó el zapato durante unos segundos. Lygia soltó una risa cansada, se sentó en el borde de un muro, se quitó el zapato dañado y luego el otro. El cemento conservaba todavía el calor del día.
—Nunca aprendí a manejar los tacones —dijo Clarice.
—No es gran cosa —respondió Lygia—. No quisiera volver a entrar así.
—Entonces caminemos.
—¿Hasta el hotel? —preguntó Lygia.
—¿Por qué no?
Lygia la miró.
—Porque estamos a varias cuadras.
—Precisamente. Estamos cerca —añadió Clarice.
Lygia guardó los zapatos en el bolso y comenzaron a caminar.
Al llegar al Hotel Intercontinental, varios escritores permanecían dispersos por el lobby. Algunos conversaban en voz baja. Otros parecían agotados después de la jornada. Lygia subió a su habitación para cambiarse de zapatos. El restaurante estaba cerrando, pero el bar junto a la piscina seguía abierto. Clarice se sentó al final de la barra. Pidió champán y encendió un cigarrillo.
Desde el otro extremo del lobby llegaban fragmentos de conversaciones. Risas masculinas. La palabra novela repetida una y otra vez. Bebió un sorbo. Durante años había conocido hombres como aquellos. Inteligentes, brillantes, incansables. Hombres convencidos de que la literatura todavía podía cambiar algo en el mundo. Ella nunca había sabido cómo entrar del todo en esa fe. Recordó embajadas y recepciones. Hombres inclinándose demasiado cerca mientras hablaban de política o de arte como si ambas cosas fueran una forma de poder, y ella sonriendo. La esposa del diplomático. La anfitriona. La brasileña elegante. Había amado a su marido. Lo había amado realmente. A veces todavía extrañaba la intimidad de aquellos viajes: las maletas abiertas sobre una silla, el ruido del agua detrás de la puerta del baño, la sensación momentánea de pertenecer juntos a una ciudad extranjera. Pero algo comenzó a agotarla. No él. La representación. La obligación de ocupar siempre un lugar. De ser una versión aceptable de sí misma.
Clarice observó la marca irregular sobre la mano izquierda. La piel nunca había terminado de cerrarse del todo después del incendio. Después del accidente muchos esperaban que se volviera prudente. Más doméstica. Más quieta. Como si el dolor pudiera corregir ciertas formas de libertad. Pero Clarice nunca aprendió a someterse del todo a la idea que otros tenían de una vida correcta.
Pidió otra copa de champán. Detrás de los ventanales la ciudad aparecía oscura y brillante al mismo tiempo.
—La noche aquí no termina nunca —le dijo al mesero.
El hombre secó lentamente un vaso.
—Eso dicen los que vienen de afuera.
Clarice sonrió.
Lygia apareció con otro vestido y unos zapatos distintos.
—Qué bonito este lugar.
Permaneció observando a Clarice durante unos segundos.
—Pareces cansada.
Clarice sonrió.
—Estoy cansada desde hace años.
Lygia soltó una breve risa.
—Podemos quedarnos un rato más. Yo me tomo un vino.
Hablaron de Brasil, del dinero, de los periódicos, de los escritores que seguían viajando incluso cuando ya no tenían ganas de hacerlo. Clarice fumaba sin parar. Lygia la observó. Pensó que había algo vulnerable en ella aquella noche. Después permanecieron calladas. La ciudad seguía respirando detrás de las ventanas abiertas del hotel.
—Bueno, ahora sí. Ya es hora de ir al evento al que nos invitaron.
—No me siento capaz de caminar —dijo Lygia.
—Debimos dejar que nos enviaran el carro a recogernos.
Se levantaron de la barra y caminaron hasta la recepción.
Sobre una mesa baja había varios ejemplares de la revista Vivenciasconfecha de agosto de 1974. En la portada aparecía el programa del Congreso de la Nueva Narrativa Hispanoamericana. Clarice tomó un ejemplar, Lygia hizo lo mismo. Bajaron otra vez hacia la recepción. Compraron chicles. Bajo la luz amarilla del lobby, las revistas Vivencias asomaban bajo sus brazos.



