Que la vergüenza cambie de bando

Foto: Lumen / PRH
Vale la pena leer el libro de Pelicot, quizás como el de cualquier otra víctima, para ver el estado de una sociedad reactiva frente a la violencia de género.

El libro de Gisèle Pelicot Un himno a la vida. Mi historia es un éxito editorial, eso estaba asegurado, como seguro es que, en este momento, en algún lugar del mundo se está haciendo una película, documental o serie sobre su historia. Por eso mismo, existen ríos de opiniones que van de la apología al insulto, especialmente en ese espacio infernal que son las redes sociales. Fueron los comentarios de rechazo, odio y escepticismo hacia ella lo que me llevó a leer el libro, pues me sigue pareciendo que los señalamientos hacia ella son un síntoma del desconocimiento social sobre el tema de la violencia de género, más que una genuina indagación sobre el caso. ¿Cómo juzgar la historia de una mujer que a los 67 años se da cuenta que el hombre con el que ha compartido 50 años de su vida la drogaba para violarla y para que otros hombres la violaran? La historia es lo suficientemente sórdida para alimentar toda clase de pasiones y prejuicios, el primero tiene que ver con el dinero: «enriquecerse con su tragedia», «sacar dinero de su condición de víctima». Luego está la revictimización: «¿cómo pueden violarla tantas veces sin que se diera cuenta?», «si no lo dijo antes era porque estaba de acuerdo». También están los comentarios que la juzgan por sus decisiones: «¿cómo es posible que siga llevando su apellido?», «¿por qué estaba tan bien arreglada en el juicio?», «¿por qué se veía tan bien en el juicio?», «¿qué necesidad tenía de hacerlo público?».

Desde el contexto colombiano, el libro sale al público al tiempo que un escándalo por acoso sexual en un prestigioso canal de televisión que muestra, una vez más, la necesidad de una formación y pedagogía en materia de violencias de género, pues lo que está permitido y no, en términos morales y jurídicos todavía no es claro para los hombres ni para las mujeres.

Ese es el mayor valor que le veo al libro de Pelicot, nos permite identificar los límites, las señales y los procedimientos. De hecho, su caso modifica el código penal francés con la inclusión del consentimiento explícito en la definición de violación. El foco ya no está en qué hizo la víctima para defenderse, sino en si el agresor se aseguró de tener un sí. El paso de que la prueba la ofrezca el victimario y no la víctima a través de marcas en su cuerpo es un gran avance. De ahí la importancia de la frase «La vergüenza tiene que cambiar de bando» expresada después de que toma la decisión de renunciar a un juicio privado. Desde el pensamiento crítico diríamos «lo doméstico también es político» y por lo tanto público.

Coincido con Javier Cercas en que Gisèle hizo y hace todo lo posible por quitarse la condición de víctima. Es lo que vemos a lo largo del libro, antes del juicio, porque no está dispuesta a reducir su vida a lo que ocurre en los últimos 10 años, ni a ver a su esposo únicamente como un monstruo, ella se aferra a los buenos recuerdos, a reconstruir su vida a partir de lo que la hizo feliz, ella cree en la vida y quiere vivir. Tiene claro que él debe ser juzgado y recibir un castigo. También sabe el daño que esto ocasiona a las familias y por eso no objeta el número de años a los que fueron condenados sus victimarios, para ella es suficiente con que hayan sido declarados culpables.

Ahora, la dimensión social de sus palabras y de su historia se entiende si separamos lo que va de la tragedia personal a la colectiva. En el juicio, los psiquiatras explicaron la conducta de Dominique Pelicot como la de un hombre escindido en el que coexisten dos personalidades, una conectada con la realidad, otra conectada con sus fantasías sexuales. El informé señaló a Dominique como un hombre «sin empatía, un pervertido narcisista que había desarrollado casi todas las formas de parafilia: voyeurismo, sadismo sexual, gusto por las relaciones de dominación – sumisión, necrofilia, fetichismo, y candaulismo». La tragedia personal explicada en una patología.

La tragedia colectiva está en que además de Dominique Pelicot, Gisèle fue violada por 50 hombres que fueron juzgados porque los pudieron reconocer en los videos, sus edades oscilan entre los 26 y los 74 años; existen 23 violadores más que están libres porque sus rostros no se identificaron. De los 50, 49 negaron haberla violado, para ellos era suficiente con la aprobación del marido. Todos fueron declarados culpables. A todos, el presidente del tribunal les haría la misma pregunta «muy despacio, como les hablamos a los niños: “¿ella se comportaba como se comporta una mujer cuando está de acuerdo?”». Ninguno se condolió de una mujer inconsciente, cuya piel colgaba más que por su edad, por el efecto de la droga, absolutamente indefensa e inmóvil. Solo una mujer de las novias o esposas de los acusados aceptó hacerse la prueba para saber si ellas también habían sido drogadas y abusadas. Salió positiva, el marido fue juzgado y condenado por ello.

La tragedia colectiva no para allí, está en los que trafican con pornografía, en los seguidores de Dominique Pelicot, en los grupos que hacen en redes bajo el nombre «sin que ellas lo sepan» donde comparten fotos de sus novias o esposas desnudas, en ropa interior o en la intimidad sin su consentimiento. La lista es demasiado larga.

Por ello, vale la pena leer el libro de Pelicot, quizás como el de cualquier otra víctima, para ver el estado de una sociedad reactiva frente a la violencia de género y aprender, y sentir empatía, y responder las preguntas que tanto inquietan, solo así se puede generar un cambio que permita que las cifras de feminicidios y otras violencias basadas en género empiecen a disminuir. No importa si es un bestseller, no importa que las grandes editoriales y productoras audiovisuales conviertan la historia en un producto comercial. No es solo eso.