Alabanza y menoscabo del ídolo futbolero (Un poema re-sentido)

Antonella Petro, hija del presidente, es ignorada por James Rodríguez, futbolista de la Selección Colombia. Foto: Captura video Presidencia de la República
A veces los más grandes nunca alcanzan la grandeza humana. En un gesto, como queda descrito entre poema y columna de opinión, los ídolos de barro se desmoronan, evidenciando la decadencia de un deporte que nació entre caballeros.

¿Qué habré hecho mal en la vida para no terminar como James Rodríguez?

¿Para no ser un ídolo del fútbol y ganar millones?

¿Para no ser querido por todas y todos, y perdonado por todo?

¿Será porque mi madre nunca me dijo que tenía talento en algo

y dejó de llevarme a los entrenos en la cancha municipal?

Debo reconocerlo, ella tenía razón, mis piernas nunca me llevaron

más allá de unas cuadras antes de quedar desorientado.

¿Qué habré hecho mal en la vida para no terminar como James Rodríguez?

Incluso llevándole seis años de ventaja no lo alcancé, me perdí y no llegué a la meta.

Él, un mediocampista genial por el que se peleaban los mejores clubes,

y yo, que nunca fui delantero del picadito que jugábamos en la calle.

¿Cómo desperdicié de mal mi infancia y mi juventud entre libros,

discos y películas inútiles, faltando a todos los cursos para ser alguien exitoso?

¿Cómo perdí tanto tiempo en tabernas ruidosas llenas de gente inclasificable,

conversando de temas infinitos y con cervezas limitadas?

Cuánta envidia de la buena me causa ver que siempre creyeron en él y lo logró,

aunque no es capaz de hilar tres palabras con sentido y carácter. Ciertamente,

sus piernas hicieron poesía y dieron felicidad instantánea a millones de personas.

Es que después de meter un gol desde afuera del área contra Uruguay,

en la Copa del Mundo de Brasil 2014, te convertiste en un poeta de la pelota

y nadie más que tú mereció la gloria.

Cuartos de final, en nuestra tierra de medianías es lo más alto que volamos, gracias a ti.

Lloramos la derrota ante Brasil, fue la suerte, porque sabíamos que no había para más.

Sin embargo, con la sencillez del elegido por Dios seguiste, así llegaron los millones, las

mujeres, los carros, las casas, las joyas, los trofeos y hasta un hijo por encargo.

Mientras yo, con mi locuacidad y oratoria, sigo siendo el incomprendido de la familia,

señalado, de acuerdo con mi inestabilidad laboral, entre vago, raro y excéntrico,

poco fiable para los negocios y mala paga.

¿Qué habré hecho mal para no tener suficiente dinero y comprarme una mansión?

Como la tuya, James, con su propia cancha de microfútbol y cine full HD,

ese sería mi banquillo preferido, no como el tuyo tan injusto al que estás condenado.

Pero piensa en todos esos millones aún por gastar,

en todas las mujeres —y los carros— último modelo,

y en esos trofeos donde afirman que hiciste historia y no serás olvidado,

olvidado como yo y los millones que aún te vemos darle zurdazos potentes al balón.

Todo esto debería bastar para satisfacer el sueño del emperador más delirante,

para que un hombre nunca dude de su valor, de haber alcanzado la gracia.

No bastó para ti, James, todo el amor del pueblo y tenías que despreciar a una niña.

Cuando se acercó y te pidió una foto, elegiste ignorarla y seguir de largo con superioridad.

La fama concede el poder de humillar y solo los grandes evitaron caer en él,

en ese abismo de bajeza donde se vaciará la poca gloria que aún conservas.

James Rodríguez, escondido detrás de sus compañeros, en la foto con el presidente de Colombia, Gustavo Petro. Foto: Presidencia de la República

Ahora creo que esos millones no son tantos y que quizá tus deudas son mayores a las mías,

que esas mujeres no están allí por admiración y pueden largarse con mejores,

siempre hay mejores y más rápidos…

que tus carros y mansiones son sobrecompensaciones a tus grandes complejos…

y que tus trofeos, así como mis premios, a lo mejor solo fueron chiripazos.

Me pregunto esto mientras le ayudo con la tarea al hijo de mi vecino.

Vino pedirme información sobre un poeta del siglo XIX, ahora famoso por una película,

voy a contarle la historia de José Asunción Silva,

que murió endeudado y desconocido y hoy aparece en el billete de $5.000.

Acudió a mí, porque ya no puede escribir la tarea copiando de la IA,

sino que debe aprendérsela y hacer un video, como influencer, contando la vida del poeta.

Me cuenta que su padre, mi vecino, votó por el candidato que es millonario

y por eso no va a robar, sino que se dedicará a matar guerrilleros,

el que es macho y satisface a las mujeres como se merecen,

el que tiene el miembro grande y, a las que no se intimiden,

las  nombrará reinas de belleza,

el que defiende a las familias y por eso odia a los maricas.

Al niño no le gusta, porque supo que el candidato mataba gatos

y en la casa tienen uno llamado Pecoso.

Con mi vecino jamás discuto de política, solo con ver su carro, sus joyas

y el color de sus camisas me basta para saber que estamos en polos opuestos,

él es un empresario exitoso, yo un sospechoso hombre de letras.

Mientras le enseño a su hijo sobre un poeta fracasado que se quitó la vida,

termino por darme cuenta que José Asunción Silva fue un gran hombre,

él fue generoso con sus dones, escribió poemas para los presidentes,

para los niños y hasta para vender muebles.

Se la pasaba regalando orquídeas, haciendo más bello el mundo

y en eso despilfarró lo poco que tenía.

El poeta se hizo pobre regalando todo, alcanzando la mayor dignidad del santo.  

Por el contrario, se sabe que los pobres tipos no lo son por falta de dinero,

los pobres tipos lo son por falta de grandeza.

Y James Rodríguez, ídolo del fútbol, millonario con casas y mujeres,

con carros y con trofeos, en comparación con el poeta,

demuestra ser un pobre tipo, de los que dan lástima.

Por eso, el mendicante Charlot siempre nos va a parecer más elegante que Rockefeller.

Por eso, Maradona, el más imperfecto de los hombres y el más amado,

pudo darse el lujo de desperdiciar su talento y seguir siendo el más grande.

Pero tú no, James, tú no podías desperdiciar nada,

ni siquiera la oportunidad de conceder una foto,

debías cuidar tu poca gloria con generosidad y la botaste.

Espero que te vaya bien en tu último mundial,

ahora sabemos que como todos los pobres tipos, ganar te hace falta.

¿Qué habré hecho mal en la vida para no terminar como James Rodríguez?

¿Para no ser un ídolo del fútbol y ganar millones?

¿Para no ser querido por todas y todos, y que me perdonen por todo?