La escritora cubana Elaine Vilar Madruga, reconocida con el Premio Cálamo como Mejor Libro del Año 2021 por La tiranía de las moscas, nominada al Premio Finestres de Narrativa en Castellano en 2023 y cuya amplia obra ha sido traducida al francés, portugués, italiano, croata, coreano e inglés, además de haber sido y publicada en numerosas antologías en todo el mundo, nos entrega una novela que transcurre en un Caribe crudo, mordaz y descarnado, despachando sin contemplaciones todo aquello que late bajo la superficie de las familias, de los hogares, de las naciones.
La familia: personas unidas por tiras de pellejo de una microscópica secuencia de ADN, recita Elaine Vilar Madruga en La tiranía de las moscas (Editorial Barret). Casandra, Caleb, Calia y sus padres hacen de su familia la ganadora de la medalla olímpica de la disfuncionalidad.
El padre, un viejo militar de glorias pasadas cuyas medallas son lo único que da sentido a su vida, haciéndolo sentir un hombre tan importante como el país, pues le es imposible gobernar a sus tres malogrados hijos. La madre, una psicoterapeuta e incubadora genética que admite que los sueños de la maternidad son una utopía, mientras intenta criar a esas tres raras y miserables vidas. Afuera, la nación magnánima que debe luchar contra los disidentes y antidemocráticos enemigos del pueblo. Adentro de la casa —extensión de la patria—, el caos, los hijos rebeldes, la revolución que hay que desmantelar. Vilar Madruga narra con rudeza y sin indulgencia el desgarro, el odio, la presencia de la herida, las relaciones descompuestas, las glorias pasadas, el olor de la muerte.

—En La tiranía de las moscas nos muestra cómo la familia es el primer gran lugar de la mancha biológica, el legado «maldito» de estar signados por algo. ¿Cree que existe, realmente, ese tipo de condena?
—Por ejemplo, creo que la especie humana está atravesada por un signo de violencia y que eso nos lleva aniquilando desde hace generaciones. Vivimos apocalipsis de violencias cada pocas décadas, por no decir años, por no decir semanas (en los últimos tiempos, las escaladas son atroces y cada vez los eventos se hacen más cercanos los unos a los otros). Creo también en la bondad humana, aunque esto parezca contrastante con lo que dije antes. Más que creer, confío en la bondad humana. Mi sensación es que cuando se tambalean los muros de la humanidad, la gente tiende a sostenerlo con sus propios cuerpos y sus propias vidas. Si tuviera que definirlo en cuestiones de destino, te diría que estamos condenados a las segundas, a las terceras y a las cuartas oportunidades sobre esta tierra (con permiso del Gabo).
—Esta también es una novela colmada de sensaciones físicas que tienen un correlato, digamos, psíquico. ¿Cómo se relaciona toda esa corporalidad con el miedo, el encierro físico y simbólico, la tiranía del padre, de la vida…?
—El mundo de los sentidos es extremadamente importante para mí en la literatura. Quizás porque vengo del teatro, donde los sentidos son esenciales para entender el mundo que se desenvuelve frente a tus ojos y que tiene una corporeidad muy importante. La tiranía de las moscas es una novela, por supuesto, claustrofóbica, que se escribió en pleno año 2020, en el encierro de la pandemia, un encierro que era físico, pero también nos remitía a una imposibilidad simbólica de libertad, a una restricción simbólica del tiempo y de nuestras voluntades individuales.
—Es una novela hija de su tiempo, por decirlo de alguna manera.
—Así es. Y el mundo de los sentidos es precisamente la tela sobre la cual bordé las palabras, porque no existiría Casandra sin el roce de un cuerpo sobre un puente oxidado, ni Caleb sin los olores de los animales moribundos que le persiguen, ni Calia sin el sabor de las crayolas con las que dibuja tan preciosistamente. Es una novela sobre cómo el miedo se transforma en sudor, en color y en sabor. Es una novela donde las tiranías de un país se manifiestan en un entorno doméstico, y donde la lucha de contrarios se asume también como el enfrentamiento de los cuerpos, una carcajada, un grito o un orgasmo.
—En la novela es evidente la desidealización de la familia, ya no como lugar idílico o espacio seguro y cómodo. La de este libro es una familia muy disfuncional y sin salvación, «mamíferos aparentemente superiores reunidos bajo un mismo techo».
—Desde siempre, la familia ha sido un constructo cultural y político que ha servido tanto para organizar como para controlar las masas. Además, la idea de una familia utópica (entiéndase utópica como sinónimo de idílica) la entiendo como un producto comercial que se sostiene sobre unos pilares muy frágiles. Unos pilares que son, también, monolíticos. Por suerte para todas y para todos, hemos empezado a romper (a mazazos) esa pared de la supuesta perfección familiar y estamos aprendiendo de a poco a darnos cuenta de que en las manchas de moho de la familia —que sí son verdaderas y no parte de una pose asumida generación tras generación— subyacen verdades mayores y más importantes. Entender que no existe un solo modelo de familia ni una estructura única de lo familiar me parecen principios esenciales para un diálogo actual sobre el tema. Hay que desmitificar lo que durante siglos nos vendieron como modelo único y aceptar que dicho concepto evolucionará junto a nosotros. Con un poco de suerte —ojalá y sí, permíteme la utopía— sanará también junto a nosotros.
—Cuéntenos sobre la idea de la madre como apenas un útero, incubadora genética, la persona que custodia a los hijos (similar a la que desarrolla en El cielo de la selva).
—Las dos novelas forman parte de una tetralogía de textos que tienen muchos ejes comunes. No solo la maternidad, sino la lucha contra diversas formas de poderes dictatoriales. Siempre me ha gustado repensar los conceptos que, desde la niñez, me vendieron como verdades absolutas, quizás por la manía —otra que llevo conmigo desde niña— de tocar las cosas que te dicen no pueden ser tocadas. Escribir un libro es una hermosa manera de tocar y en ese acto —que a la vez es caricia y es zarpazo— he concentrado toda mi vida creativa. Con la maternidad me pasa algo bien curioso: mientras más me adentro en el tema, más aristas descubro y más cuenta me doy de que un libro, o dos, o tres, para el caso, no me alcanzan para cubrir todo lo que quiero contar desde mi cuerpo, desde mi experiencia, desde mi pensamiento y desde la investigación. Sucede con este tema como con el de la familia, que es leído desde un esquema antropológico (y cultural y, por supuesto, también político y biológico) de dominación sobre los cuerpos femeninos. Un esquema que convierte a la maternidad en la meta, el camino y el propósito de nuestros cuerpos. Contra esas tiranías también luchan mis textos.
—Otro asunto es la idea de país («horno de la política»). ¿Cómo lo concibe y cómo lo trabajó a través, sobre todo, del padre militar?
—En la novela, el padre de familia se considera a sí mismo el padre del pueblo. El heredero de una dinastía miliar. El hombre que lo ha hecho «todo bien» según las enseñanzas dictatoriales que ha recibido y que, sin embargo, es simbólicamente decapitado del poder cuando cae en desgracia. Entonces se convierte en un homúnculo, se encierra en su propia casa e instaura una dictadura militar de puertas hacia adentro, lo que se diría una dictadura doméstica, donde su familia se convierte simbólicamente en el pueblo que desea oprimir, y donde él asume toda la fuerza del poder tiránico. Pero un país no sería país sin disidentes y rebeldes, así que la gran metáfora de la novela es que en los espacios íntimos puede desenvolverse un drama o una tragedia de amplias dimensiones políticas. País pequeño y país grande, adentro y afuera, tanto arriba como abajo.
—Las dinámicas de poder en todos los espacios y relaciones se hacen tangibles en la propia «máquina de dictador» que es el padre, ese hombre al servicio de la Historia. ¿Qué alimentó esa narrativa?
—Mucha investigación, muchas obsesiones, muchas noches durmiendo fatal. Cuando empecé a escribir la novela, ya estaba la trama bien nutrida, porque yo llevaba par de años pensando en el argumento, leyendo libros, tratando de entender las particularidades y generalidades de las dictaduras domésticas. Por lo general, de mis obsesiones nacen los libros; de esa pulsión de las obsesiones, que se vuelve en determinado punto necesidad. El amor por la Historia me domina por completo en la misma medida en que la circularidad de sus hechos me angustia y me conmueve. Una vez, yo era muy niña aún, mi abuelo —quien me contagió la pasión por el entendimiento de los hechos humanos a gran escala— me dijo que no solo el tejido de la Historia era circular, sino que además lo era el olvido de los hombres, y que por eso la Historia terminaba devorándonos una y otra vez. Esa idea nunca se me ha borrado de la cabeza, está presente en toda mi escritura y marcó, de cierta forma, el final de la inocencia.
—Es muy interesante la concepción de la casa como un cuartel doméstico, un país pequeño, y la familia como nación con leyes, líderes, prófugos, rebeldes, disidentes, revolución, dictadura. ¿Dónde nació esa idea?
—No quería escribir otra novela sobre el dictador. La verdad es que me interesaba burlarme del dictador, quitarle un poco de su poder cultural y antropológico a través de la potencia mayor de la literatura, que es el humor y la ironía. Es por eso que La tiranía de las moscas es un texto escatológico y por momentos muy, muy irónico, que se burla de las representaciones monolíticas que el dictador/el patriarca intenta defender. Conceptos como patria, rituales, opresión, cárceles, leyes, deberes, órdenes. Esos, sí, y probablemente también otros que aparecieron en el camino.
—Y es que hay algo de humor oscuro…
—Eso lo siento siempre que releo la novela. Hay, sobre todo, humor político, una fuga de rabia y un intento de rescatar la memoria histórica desde el derecho a la fiereza de los sobrevivientes. A los sobrevivientes no debemos exigirle martirologio, dolor y renuncia, también podemos convocarlos a reír y a burlarse de los poderes opresores. Desde un libro, podemos acompañarlos en esa carcajada colectiva que le quita poder a los tiranos. En ese sentido, cuando escribí La tiranía de las moscas, sentí que podía ser un libro catártico, un libro que nos invitara a asomarnos por la celosía de la vida íntima de un dictador y contemplarlo en sus momentos cotidianos, en sus miserias súbitas, en sus miedos y en sus dudas, para así quitarle cualquier tipo de poder que haya podido tener (o que aún tengan) sobre nuestros cuerpos y nuestras historias.
—¿Qué le permiten los animales —y la idea de lo animal que nos habita— para metaforizar y representar la condición humana?
—Amo la bichería y me encanta pensarlas como espectadoras de nuestras tragedias y felicidades. Están ahí, sentados en la primera fila, en los primeros palcos, observándonos y midiéndonos. Lo animal también me permite hablar, sin una falsa moralina, de lo instintivo, de lo furioso, de la rabia que nos habita. En todas mis novelas, los animales —más que representaciones simbólicas— son personajes, y más que personajes, jueces y testigos de este reality show que llamamos humanidad.
Juan Camilo Rincón: Escritor, periodista e investigador cultural colombiano. Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Ganador del Premio Distrital de Crónica del Instituto Distrital de las Artes (Idartes) 2018. Libros publicados: Manuales, métodos y regresos (Arango Editores, 2007), Viaje al corazón de Cortázar (Libros & Letras, 2015), Colombia y México: entre la sangre y la palabra. Aproximaciones a la relación de dos regiones literarias (Palabra Libre, 2022), Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (Libros & Letras, 2014 / Clu Editores, 2024).



