«La biografía de María Moliner ya tenía la forma de una novela»: Andrés Neuman sobre Hasta que empieza a brillar

Andrés Neuman ganó el Premio Alfaguara de Novela 2009 por El viajero del siglo, también es autor de Barbarismos, un diccionario de definiciones irónicas. Foto: Rodrigo Valero / Penguin Random House
Hasta que empieza a brillar (Alfaguara, 2025) recorre la vida de María Moliner, la mujer detrás del Diccionario de uso del español, que transformó de manera silenciosa y profunda la relación con la lengua en el mundo hispánico.

El escritor argentino Andrés Neuman rescata a María Moliner de la frialdad de los archivos y los artículos académicos para devolverla a la dimensión de una vida concreta en Hasta que empieza a brillar, su más reciente novela. A través de este libro, la célebre autora del diccionario del español emerge como una mujer de carne y hueso, cuyas manos —artesanas de cientos de miles de fichas— desafiaron el rigor de un tiempo gris.

La narración se sitúa en el despacho de Moliner, donde, en pleno franquismo, ordenaba el léxico mientras impulsaba la creación de bibliotecas públicas. En ese espacio íntimo, cada definición se convierte en un gesto de resistencia personal y en una forma de preservar la libertad en medio de la represión.

Neuman la retrata modelando una lengua menos rígida y más humana, en la que el amor se define sin género, la palabra «madre» abarca la adopción y la pérdida, y el exilio se reconoce como una forma de violencia política. La novela se cierra con la paradoja de su destino: la mujer que dedicó su vida a nombrar el mundo con precisión terminó sumida en un silencio absoluto, perdiendo las palabras que había cuidado con devoción para los demás.

Hasta que empieza a brillar cuenta la historia íntima de María Moliner, partiendo de una atractiva premisa literaria: narrar de cuerpo entero a la protagonista a través de su vínculo con la lengua. Publicada por Alfaguara.

En entrevista para The Cali Review, el también autor de El viajero del siglo, Fractura y Umbilical,reflexionó sobre el papel de la imaginación como uno de los pilares de la obra lexicográfica de Moliner, así como sobre los silencios que la atraviesan y la relación entre el caminar y el acto creador.

—Quiero que empecemos hablando de cuáles fueron esos procesos que tuvo para empezar a encarnar el personaje de María Moliner y cómo empieza a desarrollar ese proceso desde su niñez, su curiosidad y esas preguntas que van apareciendo sobre su físico, como sus manos o cómo tomaba un libro.

María Moliner me pareció, desde el principio, una figura doblemente mítica: por un lado, la gran lexicógrafa, autora de un diccionario profundamente personal; por otro, una heroína en penumbra cuya obra terminó vampirizando su nombre y borrando su historia íntima. Me obsesionó la idea de sus manos: ella escribió a mano, durante dieciséis años, entre 300.000 y 400.000 fichas; fue un trabajo brutalmente manual, de archivera y bibliotecaria consumada. Empezó esa obra a los cincuenta años, en pleno franquismo, desafiando las expectativas de su época mientras trabajaba en una escuela de ingenieros, prácticamente desterrada por el régimen. Para encarnarla tuve que mirar más allá de la lexicografía y comprobar que era una mujer de preparación intelectual sólida: se autofinanció el bachillerato y fue la primera profesora de Historia de la Universidad de Murcia. La novela quiere sacarla del mito de la «señora de la casa» y devolverle un cuerpo entero: sufrió, amó y actuó. Solo pude empezar a escribir cuando me sentí, de algún modo, como un «nieto ficcional». Al leer su diccionario descubrí que es también profundamente autobiográfico: muchos ejemplos de uso parecen salir de su memoria y de sus afectos.

—¿Cómo ha ido cambiando su relación con el concepto de la imaginación a través de este proceso de escritura?

Mi propósito no fue idealizarla, sino rastrear sus conflictos y contradicciones. Fue decisivo el abandono de su padre —un mandato de estudiar que quedó al mismo tiempo como estímulo y como herida—; ella estudió «por su padre, a pesar de su padre y contra su padre», y esa rabia la convirtió en una estudiante tenaz. Me interesaron sus tensiones de clase, su impulso por democratizar la alfabetización y la dificultad de conciliar la obsesión por la obra con la vida familiar: la culpa por el tiempo «robado» a sus hijos aparece una y otra vez. Me apoyé en las pocas fotos y grabaciones disponibles para imaginar su psique: vi a una mujer con más planes que vida, que al jubilarse vuelve a corregir la segunda edición de su diccionario, movida por una pulsión de trabajo y una voluntad de cuestionar el orden impuesto.

—¿Cuál es el rol de la literatura en la construcción del patrimonio y cómo esta novela interviene en la memoria colectiva?

La biografía de María Moliner ya tenía la forma de una novela; es casi increíble que emprendiera la “quijotada” de crear un diccionario en solitario desde la calle Don Quijote número uno. La ficción funciona aquí como un modo de recordar, de «volver a pasar por el corazón»: buscaba reinstalarla en el imaginario desde una óptica afectiva. Al comparar su obra con el diccionario académico de 1956 salta su inteligencia emocional: por ejemplo, en la definición de «amor» evita el género —«de una persona hacia otra»—, algo revolucionario para su tiempo; o en la entrada de «madre» define «mujer que tiene o ha tenido hijos», incluyendo adopción y pérdida, frente a la fría expresión académica «hembra paridora». Palabra por palabra ella fue redefiniendo el mundo.

—Hablemos del estado de observación y cómo se materializa en ella y en el escritor…

La observación es un don infantil que el arte busca retener; mi hijo llama «tesorillos» a los objetos que encuentra en el suelo y, curiosamente, los diccionarios clásicos eran considerados tesauros. María afinó esa mirada en su oficio de bibliotecaria: fundó casi doscientas bibliotecas y, como inspectora de bibliotecas rurales, recorrió el país viendo de primera mano la realidad social y política de una España mayoritariamente iletrada. Escribió manuales que iban de lo material —cómo limpiar estanterías o iluminar una sala— a lo humano: animaba a bibliotecarios en medio de la guerra, mientras caían las bombas. Esa capacidad de observación alimenta tanto su diccionario como mi forma de escribirla.

—¿Cómo converge la escritura con el viaje a pie y el transitar por un espacio?

En María confluyen el desplazamiento físico y el viaje mental: fue una ciudadana nómada que vivió en Aragón, Madrid, Murcia y Valencia antes de asentarse. Esos traslados le dieron un oído abierto; su diccionario gusta en América Latina precisamente por ser menos centralista que el de la Academia. Ella hablaba desde una periferia desobediente al modelo hegemónico del castellano: no creía en una norma única. Fue, a la vez, personaje de novela, autora de diccionarios y lectora que releía la lengua palabra por palabra.

—¿Cómo se habita el silencio a lo largo de la novela y en este personaje?

Hay muchos silencios: el silenciamiento de su propia vida —al que ella misma contribuyó por timidez— y los silencios oficiales de la lengua que ella decidió nombrar. En su diccionario, por ejemplo, definió el «exilio» como una forma de violencia política cuando la Academia lo apenas mencionaba. Rescató silencios morales y culturales: incluyó palabras que la censura o la norma omitían; fue capaz de burlar prohibiciones con ejemplos de uso astutos —al definir “bloquear” mencionó interceptar una emisión de radio, aludiendo a la represión—. Reivindicó también los cuidados familiares, nombrando madres y abuelas que la Academia no visibilizaba. La novela narra, finalmente, el silencio trágico en que ella misma cayó al perder las palabras en los últimos años de su vida.