Bicicletas, ciudad, escombros: epigramas de un agosto en duelo

La escritura es una tentativa de asimilar el dolor propio y el ajeno, de dejar un testimonio como sobreviviente, cuya gratitud por estar ileso choca con la tragedia de otros. Foto: Alcaldía de Cali
Aproximación fragmentaria entre el agradecimiento por sobrevivir y la vergüenza por la tragedia colectiva, que pendulan con la moral y la literatura, a medida que aflora el shock emocional y psicológico que dejó el terremoto en Cali.

Serví un café.

Empecé a escribir.

Tembló.

2.

Tres días después: la vergüenza del sobreviviente.

3.

Es obsceno sobrevivir a la tragedia. Hay un hedonismo doloso en el vivir cuando los cuerpos yacen de puro azar estoico.

4.

Rodar con furia en bicicleta. Rodar con rabia. Rodar en bicicleta para soltar la rienda de una demolición secreta.

5.

Desde la ciclovía miro hacia arriba: en la oquedad de lo que antes fue ventana y mirada furtiva y luego olvido, el andar sin prisa de una bicicleta estática.

6.

Rubén (Ansermanuevo, Valle del Cauca): «Si eso dura más de 10 minutos, no estaríamos contándola».

«Ni tú leyéndonos».

7.

In situ unos improvisan oraciones, otros se crucifican de rodillas en el aire sobre esta Tierra traicionera. Adentro nos resignamos a morir con una impune e indigente desnudez.

8.

Silencio. Un pacto de silencio entre rescatistas y mirones. El silencio solidario insinúa su utopía en la urbe detenida. Un dolor sordo drena el habitual detritus sonoro. «El ruido y el silencio, ese reto a duelo», escucho luego el murmullo de Ariana Harwicz en El ruido de una época.

9.

La tragedia según el capitalismo digital tardomoderno:

«Sabemos que quieres ayudar. Compra en nuestra tienda y así estarás apoyando a las víctimas que hoy tanto nos necesitan».

10.

Quimbaya, Quindío (a 35 kilómetros de Pereira; a 200 de Cali; muy lejos de Bogotá). Basílica Menor Jesús, María y José:

Los brazos caídos de ese Cristo exhausto delatan cuánto pesa la premonición del fin del mundo.

11.

El primer impulso fue asomarse al balcón: sirenas, gritos, tantos No más, tantos Ya fue, tantos Adioses. En la noche los Dónde estabas, los Yo también, los Deo gratias alumbran furtivas tertulias pos-telúricas.

12.

No tengo palabras para consolarte pero créeme que llevo en mí parte del polvo que muerde el alma ajena. Ando también con mi bicicleta insomne entre la orfandad de lo que transmutará en ceniza. Las ruedas intentan ser lumbre, camino, pensamiento.

13.

La triste ajenidad de la muerte del otro:

«Nadie que no sea yo puede asumir mi muerte. Yo puedo morir con el otro, pero nunca «en lugar de» el otro, por inalienable que sea nuestro vínculo, nuestro parentesco». George Steiner, en Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento.

14.

Me acuerdo (a la manera de otro Georges, Perec) de que esa mañana yo había empezado a escribir una nueva lectografía que algún día se tornará legible. La mano, ajena de mí, dicta: «7: sismo estruendoso, cataclísmico, en mi ciudad. Imposible la vuelta por ahora a esta escritura».

15.

El primer y único damnificado en casa: el niño expulsado abruptamente del portarretrato. Manchas de café sobre las páginas. Vasos rotos. Ciudad retorcida entre hierros, huesos, ropa y pan a medio morder. Labios tan juntos. Un beso que luego fue abrazo, ansiedad, la muda espera del otro que te oye gemir desde la oquedad pero ya es tarde.

Evoco a Luis Cernuda en Díptico español:

Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos,

Adonde ahora todo nace muerto,

Vive muerto y muere muerto;

Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa

Con restaurados restos y reliquias,

A la que dan escolta hábitos y uniformes,

En medio del silencio: todos mudos,

Desolados del desorden endémico

Que el temor, sin domarlo, así doblega.

Cali, Colombia, a los trágicos días de los tantos de agosto de 2026.