Charly García: un alma libre que la dictadura no pudo momificar

Sergio Marchi también es autor de las biografías de Pappo, Spinetta y Gustavo Cerati, así como de la banda Los Piojos. Foto: Nina Marchi / Cortesía PRH
«La de Charly no es una biografía clásica porque él estaba tan loco, que tenía que tener una biografía loca que fuera y volviera en el tiempo». Entrevista a Sergio Marchi sobre No digas nada, su libro sobre el astro del rock argentino.

Desde Pappo hasta Cerati, pasando por el flaco Spinetta y Los Piojos, el periodista y baterista argentino Sergio Marchi no se guarda nada, pero cuida y respeta a sus “biografiados”, siempre desde la verdad. No digas nada. Una vida de Charly García (Aguilar) es una perfecta muestra de eso. Lo hace porque ha habitado en el corazón del rock argentino. Ha latido con sus pálpitos; ha reído y llorado con los grandes de la música que se hizo en ese país del sur; escribió y reescribió; ha sido insultado y expulsado; ha contado y narrado porque vio, vivió y tocó.

En las 618 páginas de este libro, Marchi deja que las emociones atraviesen cada historia y sabe que la subjetividad se filtra en el buen periodismo musical para recordarnos, como parte de la religión, que «García tiene un campo gravitacional que altera cualquier trayectoria calculada».

—Quiero empezar con esa canción de Charly que habla de Cien años de soledad.

Sí: «Veo a las sirvientas en la plaza vestidas para enamorar, viviendo cien años de soledad». Era una época donde Cien años de soledad era fortísimo. Esa plaza a la que él alude es la que él veía en su infancia, donde se juntaban las personas —da mal decirles sirvientas, pero lo eran—, que iban con sus mejores ropas para que las contrataran. Las mujeres que necesitaban ayuda en la casa, iban y hablaban con una, con otra. Por eso él veía a las sirvientas en la plaza, «vestidas para enamorar, viviendo cien años de soledad». Es fantástico; es una escena real. Yo la veía porque pasaba con el colectivo y veía a la gente ahí reunida.

—Y, además, Charly y Gabo con el mismo apellido.

Dos genios y punto.

—Durante su carrera Charly hizo varios conciertos en Colombia. ¿Alguna vez habló contigo de eso?

No hablamos precisamente de esos conciertos. Era muy difícil que él hablara de lo que vos querías: «Charly, hablemos de La máquina de hacer pájaros», «No, no» y te botaba cualquier cosa; te hablaba de la obsesión del momento. Me acuerdo que en la sala de ensayo había una bandera que, según él, se la regaló la hinchada del Atlético Nacional, que parece que había tomado No me dejan salir y su «estoy verde» como tema de la hinchada. Después me acuerdo el lío que se armó cuando dijo «Cocalombiaaaaa» y sé que le dieron duro acá, pero bueno, es Charly García.

—Él vino en los años ochenta, regresa mucho tiempo después con dos conciertos grandes, uno del unplugged y otro muy bello con Fito Páez y Mercedes Sosa en El Campín, una cosa brutal.

Era una época brava de Charly.

—Se demoró veinte minutos tocando el mismo acorde de “Cerca de la revolución”.

En esa época yo creo que Fito tenía mejor vivo que Charly.

—Su época de Euforia.

Sí, Fito siempre tuvo un muy buen vivo, mientras que Charly tuvo épocas en las que el vivo dependía de cualquier cosa. Podía terminar tocando yo la batería; de hecho, yo terminé tocando la batería en dos shows. El vivo era una lotería; son los años más locos de Charly.

—Me haces recordar que en el unplugged estaba Epumer todavía.

Ella estuvo hasta el final, hasta que se murió en 2003. Está dibujada en la tapa de Rock and Roll Yo.

—En Argentina hace poco salió ese álbum en vinilo. Hace unos días me llegó Influencia y estoy esperando el de PorSuiGieco. Esos se demoran en llegar acá.

Es interesante porque sale mejorado el sonido. Igual en esa época se grababa muy bien. Los sonidos mejoran por una cuestión técnica, pero ya estaban bien grabados de fábrica. Gustavo Gauvry tiene muy buen criterio para esas cosas. Las remasterizaciones, los dos primeros discos de Seru Girán que suenan muy mal, yo supongo un poco por el sello que los editó, ganaron mucho con la remasterización. PorSuiGieco salió con el mismo sello, pero me acuerdo que sonaba muy bien. El rock argentino de los 70 estaba grabado en estudios que estaban más o menos bien y con técnicos que no eran de rock pero que tenían muy buena oreja. Hoy escuchas Artaud de Spinetta y suena bárbaro sin que lo toques. El problema de esas grabaciones es que los originales son muy difíciles de encontrar o ya no existen. El argentino desprecia el archivo: ya está, ya fue. Yo también lo hago a veces; he tirado cosas y luego me arrepiento.

—En 1997 publicaste este libro por primera vez. ¿Cómo fue la experiencia de regresar a él, casi treinta años después, para llegar a esta reedición ampliada?

Mirá, al comienzo era todo emoción. Te dicen: Charly García quiere hacer un libro, ¿te gustaría escribirlo? Se te abre un panorama inmenso, pero después viene la realidad. Charly estaba un poquito alterado, entonces ese panorama que era tan grande se acotó un poco. Él todavía tenía la fuerza de la edad; había cumplido 41 años, ya la locura le había gobernado el cerebro, pero físicamente podía, tocaba y había momentos, ráfagas muy interesantes. Después, todo lo tóxico de él se va profundizando y yo, al estar más cerca de él, me voy involucrando, tratando de llevarlo por la buena senda. Entonces hay una tensión que yo nunca dejé que arruinara el vínculo. Esa época fue increíble y muy cambiante porque yo comencé el libro viviendo en un lugar, después fui a otro, después me fui con mi novia, me casé, Charly vino al casamiento y terminamos tocando juntos. Están Calamaro, Charly y yo tocando el tema de Chuck Berry. Se levantó una nube de mosquitos, porque era junto al río, y Charly y yo terminamos en un baño… el resto no te lo puedo contar. Son épocas de locura de juventud, aunque yo ya tenía mis 30.

—Es un poco la responsabilidad de lo que uno decide contar…

Claro. Volver a eso me hace pensar en la responsabilidad de cómo contar esto con la verdad y sin que se destiña la cuestión emocional que había en esos días. Eso no es posible porque uno crece, se aleja un poco y empieza a ver la hondura de la crisis personal de él. Es inevitable que eso vaya al libro, pero si vos lo mandás en modo sensacionalista, aunque va a llamar mucho la atención, no va a ser justo para Charly ni para el libro en sí. Por eso este libro tiene tres actualizaciones.

—Una en 2007 y otra en 2024.

Ahí yo ya me había alejado de Charly. Nos habíamos peleado, entonces había que medir mucho porque yo no quería que se filtrara la pelea o el rencor que pudiera haber. Por mi lado descubrí que no hay ningún tipo de rencor. Yo lo quiero mucho, le deseo lo mejor y si él quiere verme, sabe que me llama y yo voy a ir a su encuentro. No medí mucho eso; sí medí las palabras, el ser justo, pegarle a quien le tenía que pegar y cuidar el hecho de no pasarle viejas facturas mías a Charly. Lamento que ya no seamos amigos, pero bueno, hay cosas que uno no maneja en una relación, y menos con Charly García.

—¿Qué crees que hace tan magnética la vida de Charly?

Hay una cuestión que tenemos que reducir al realismo mágico que se nos escapa, que no puede ser aprehensible con palabras. Yo lo puedo contar, pero la magia la tiene él. Es algo que también pasó mucho cuando él cumplió 70 años; fue una celebración nacional, todo el mundo estaba enloquecido con eso. La gente quiere a Charly a pesar de todo lo que ha hecho, a pesar de cómo se autodestruyó. Ahora, cada vez que alguien lo ve es como una prueba de vida; además, en las últimas fotos se lo ve mejor, ya no con esa especie de rigor mortis, un poco más natural. Yo me pregunto, ¿qué habrá cambiado en él o en su entorno? Yo tengo una hipótesis, pero no la puedo decir.

—¿Crees que volverás a hablar con él?

No lo sé; eso está en manos del destino y en manos de él. A mí me encantaría volver a verlo, pero él ya está en una época en la que recibe distinciones honoris causa, es la época de los mimos. Ya no es esa época donde yo iba a tratar de que no se lastimara demasiado. El daño está hecho. Yo iría a abrazarlo, a entretenerlo, a escuchar música con él, a cagarnos de risa de la gente, a hablar mal de los otros, como nos gustaba. Pero no sé cómo está él hoy cognitivamente. Eso es lo que más me interesó siempre de Charly: a él le gustaba un disco y le prestaba atención. No sé si nos va a dar el tiempo, y yo no sé quién se muere antes; yo tengo 62 y confío en vivir 20 años más. Voy al gimnasio, me cuido, vivo sano, dejé de fumar, y Charly, con todo lo que ha hecho, sigue en pie. Me encantaría verlo. Pero depende más de él, del entorno. Yo creo que si Mecha (Íñigo) no está en el entorno, la posibilidad de que nos veamos es mucho más alta.

—Regresemos 40 años y hablemos de tu primera crítica a Serú Girán.

Noooo, yo tenía 16 años, no entendía nada de la vida, y como era fan de Sui Generis, le pedí a Charly que volviera la banda; era La grasa de las capitales. Él estaba muchas estaciones más adelante. Era bueno poder hablar con él mano a mano, estando él bastante bien y estallando con Zoca (su novia), era una situación familiar, todo un placer. Charly era un entrevistado muy interesante, se salía el libreto, decía cosas inteligentes… después ya cambió un poco.

Hablemos de eso: en el libro dices eso, precisamente, que Charly se deja entrevistar. Cuéntanos sobre su humor, su disposición para hablar, esa capacidad de hacerte reír.

Esa es la repentización de Charly: él no te devuelve una pelota como se hace normalmente, te devuelve otra cosa. Ahí está el genio también. Él es muy inteligente; es una inteligencia superior. Lo veías en el diálogo, en cómo él captaba las cosas. Era muy rápido para ver las cosas que pasaban, con una gran velocidad mental. Tenía eso y tenía inspiración. Le decías algo y se le ocurrían cosas: «Con eso voy a hacer algo», y armaba algo hermoso. Como lo digo en el libro, hacía crecer una flor en el desierto.

—Nos cuentas de la banda Casandra Lange.

Cuando él empieza a tocar; es un concierto de Charly para mí. Él empieza a tocar esas canciones cuando estaba saliendo de una internación; se estaba reencontrando consigo mismo, con la música, e iba a las fuentes. Él idealiza la música que escuchaba en su adolescencia. Y ahí podía tocar todas las canciones; las tocaba y las iba arreglando; de repente tocaba con una mano el acompañamiento y disponía vientos con la otra. Era fantástico verlo en acción y, para mí, es uno de los momentos más lindos del libro. A otra gente no le interesa, pero yo conocía estas canciones y le tiraba, decía: Tal tema de los Bee Gees; No, mejor “To love somebody”. Las conocía, eran parte de su ser y ver esa conexión era algo hermoso.

—Me haces pensar en La hija de la lágrima, de la que yo no sabía que era una ópera-rock conceptual, y tú lo cuentas en el libro.

Claro, porque no es una ópera muy formal. Él la pensaba como una obra de ingeniería; lo que pasa es que el ingeniero estaba loco. Terminó siendo una serie de retazos. Él conoció y mantuvo la estructura de una ópera-rock, pero más allá del comienzo no tenía demasiado para decir. Estaba muy loco como para hacer eso. Entonces hay muchas cosas que no se entienden. Comienza con “The Locomotion”, comienza y suelta, y lo hace tres veces, ¿por qué quiere decir eso? En ese momento no sé cómo lo interpretaba, pero ahora decís: Bueno, hay algo que me está trabando el mecanismo, hay algo que me impide terminar la canción, que es una canción que todos conocemos. Es también una canción lindísima y él podría haber hecho una versión en castellano tan linda como la de “Me siento mucho mejor”, que es otro de los lugares donde se revela el genio de Charly. La adapta al castellano, suena bien, no pierde significado, gana gracia, hasta con influencia de Todd Rundgren. Él me dijo: «Yo escuché la versión de Charly y es muy diferente a la que yo hice, pero me gustó escuchar cómo él modificó esa canción mía».

—En sus muchos yo musicales, como solista y como banda, su público le pedía lo anterior y él trataba de ir siempre más allá.

Es la eterna lucha de todos los artistas, pero con Charly era muy evidente. Así como a Spinetta le pedían “Muchacha ojos de papel”, a Charly le pedían que hiciera Sui Generis.

—¿Es cierto eso de que el mismo Spinetta se burlaba de su famosa canción y decía «Mucaca ojos de papel»?

Y también decía «Mucama ojos de mantel». Pero es que Luis era otra clase de genio y otra clase de persona. Era un ser superior. Charly era un poco más terreno y eso se refleja en la música. Luis estaba en las galaxias; Charly en esa época estaba en la Tierra y te contaba todo lo que era el planeta Tierra, o por lo menos esa porción llamada Buenos Aires.

—¿Charly es tan político como creemos?

Me parece que hubo un intento de la política de apropiarse de él, más allá de que Charly hizo temas políticos o que rozaban la política. Una de las cosas más lindas que me dijo en el libro es: «Nuestra única resistencia contra la dictadura fue vestirnos de mujer». ¡Y es verdad! Había que tener muchos huevos para hacerlo en esa época. Pero no es que vestía de mujer porque quería ser mujer, sino porque quería trasgredir, quería divertirse y le gustaba escandalizar a la gente. Pero se habla mucho de Charly y la dictadura, y la verdad es que todo ese verso de la lucha contra la dictadura es el verso de aquel que se salva de ser ejecutado, que dejaron que lo maten. Charly tiene temas que son políticos: el tema contra la dictadura, el de los dinosaurios, aunque en el año 83 la dictadura ya estaba en las últimas. Pero vos podés elegir —y esto es lo bueno del rock— cómo querés leer eso. Entonces, está tu lectura, que es tan válida como la de cualquier otro. Si vos querés ver que Charly fue un agente que luchó contra la dictadura, la letra te da el sustento para eso; si quieres verlo como lo veo yo, un alma libre al que la dictadura no pudo momificar, también se puede.

—Entre los momentos más bellos del libro están las ocasiones en las que tocaste con él. ¿Cuál fue la que más te marcó?

Yo no soy de los que se quedan, digamos, momificados en un momento, pero a mí la que más me gustó fue una donde él y yo estábamos solos en la sala de ensayo tocando un cover; fue una gran conexión la que tuvimos ahí. Hay otra muy divertida: los dos estábamos aburridos, nos encontramos un sábado a la noche y me muestra el aviso de un diario donde toca una banda de tributo a Serú Girán; me dice: «¿Vamos?». Me lo dice con la malicia, ¿viste? Era una travesura genial y terminamos tocando con ellos. Charly me dice: «¡Bajá el tempo!». Es que yo estaba tocando excitadísimo, iba muy rápido. Yo me quedaría con esos momentos entre los dos.

—¿Con quién más tocaste?

Yo toqué con Color Humano. Óscar Moro me insistió en que probara su batería y toqué dos temas cuando la banda se había reformado. Él era muy generoso conmigo. Toqué dos temas con Edelmiro Molinari y me dijo: «¡Che, tenés buen pulso!». Me inflé como un globo. Yo toqué mucho durante mi adolescencia y la primera adultez; trabajé dos años como músico de sesión y toqué en una banda que interpretaba los temas de moda, también música judía, que antes se había llamado Savage, donde el guitarrista era un tal Gustavo Cerati.

—¿Tocaste con él?

No llegué; me hubiera encantado. Después toqué con Celeste Carballo, con Hilda Lizarazu, César, Lupano, Tito Losavio, pero son zapadas de estar ahí: ¿Hay instrumentos? Vamos, tocamos. Yo no sé si estaba a la altura de esa gente, pero ¿quién me quita lo bailado?

—¿Por qué consideras que este libro no es una biografía?

Creo que me daba temor estar escribiendo una biografía, pero sí lo es. Pasa que no es una biografía convencional, porque va y viene en el tiempo. Creo que es una falsa humildad que tenía, era mi primer libro, pero sí, es una fucking biografía, y de las mejores. El libro de Charly tiene una cuestión que también es mágica: yo no lo podía escribir mientras estaba trabajando con él, hasta que un día pude y fue un trance. Eso no me ha vuelto a pasar muchas veces. Los libros de Gustavo, Spinetta, Pappo, son fruto del trabajo, del día: no puedo hoy, pero mañana puedo. Es que el que viene a trabajar mañana no es el mismo que vino a trabajar hoy, entonces, es algo de mucha constancia. Con el de Charly la constancia estuvo en el seguimiento y cuando yo estuve listo la cosa bajó. La verdad, me ayudó mucho la aparición de Windows 95. Yo vengo de la máquina de escribir; después tuve una computadora muy rudimentaria y no podía cortar, pegar y sacar de acá. Cuando pude hacer eso, yo digo: «¡Claro! Esto es lo que está haciendo Charly con la música». Ahí entendí y bajó el mecanismo que activó todo.

—Y es que también hay un cambio de tu mirada sobre Charly cada vez que te encuentras con él.

Yo busqué, a propósito, que no fuera una biografía clásica, formato que después adopté porque sé que les permite al lector y al autor ordenarse. Cuando trabajas más cronológicamente puedes hacer un rastreo mucho más completo. La de Charly no es una biografía clásica porque él estaba tan loco, que tenía que tener una biografía loca que fuera y volviera en el tiempo.

—Pensando en Cerati, en Pappo, Spinetta, Charly, ¿qué es lo más complejo de escribir sobre la vida de alguien?

Yo empiezo a trabajar y hasta que no lo termino, no paro. Lo más difícil son los momentos dudosos. En Pappo hay una violación; ¿cómo contás eso? O tenía que contar la muerte de Spinetta. Con lo de Cerati, no tanto su muerte, pero sí lo de Venezuela; para mí era un tormento; ¿cómo lo cuento?, ¿cómo lo reconstruyo? Porque, además, los médicos venezolanos no querían hablar, había muy pocos testigos. Por suerte conseguí alguno y Laura Cerati me ayudó muchísimo a que Algún tiempo atrás tuviera el músculo que tiene. Pero esos son los momentos difíciles, donde están en juego el honor y la honestidad; lo demás es fácil. Claro, hay que contarlo bien. Por ejemplo, estudiar cómo se hizo El jardín de los presentes, pudiendo charlar con Machi, con Pomo. En el caso de Luis lo que a mí me costaba era su ausencia, pero yo terminé el libro de Spinetta y sentí un descanso, como que ese duelo terminó; el libro me permitió elaborarlo. El duelo de Gustavo fue más raro porque fueron cuatro años en coma, pasó mucho tiempo desde que empecé a escribir el libro. El de Spinetta fue sanador, y como ya estaba sanado, ya estaba listo para el de Gustavo.

—De estos cuatro maestros del rock argentino, tres ya están muertos.

Primero fue Pappo. Pero fíjate que empecé con uno vivo, que sigue vivo todavía. Después hice otro, el de Los Piojos, que están todos vivos, salvo Tavo Kupinski. El hecho de que estén muertos me inspira respeto; yo siempre fui muy respetuoso de las personas, de los músicos, de las obras. Siempre me preocupé por cuidarlos a ellos, no en el sentido de esconder los trapos sucios, sino de no buscar la sangre y el sensacionalismo. Siempre cuidé eso y muchos músicos me lo agradecieron.

—¿Cómo se conectan los cinco libros de estos músicos del rock en español?

El de Charly es el más atípico porque es el primer libro y no había pertenencia, pero también se conecta mucho con las bandas y los músicos de él. Este libro me permitió de alguna manera el de Gustavo, porque yo le regalé el de Charly, y después me lo encuentro en una fiesta y me dice: «Loco, gracias por regalarme tu libro, lo disfruté muchísimo, me encantó, aunque te digo, qué hijo de puta Charly, cómo te va a decir: “Dedicate a escribir”, ¡qué guacho!». Esa conexión me hizo pensar, y se lo dije a Gustavo: «Algún día tenemos que hacer algo juntos, un libro sobre vos, pero me parece que recién te separaste de Soda —año 98—, vos vas a hacer una carrera solista y te van a pasar muchas cosas. Hay que dejar pasar el tiempo; aparte, de lo primero que querés hablar ahora es de Soda» y me dice: «Tal cual».

—Bueno, Soda también vino muchas veces, luego Gustavo. Uno de los mejores fue cuando tocó con Santana “La ciudad de la furia”.

Así comienza mi libro Algún tiempo atrás: en Colombia. Por eso después respingo cuando digo: «Claro, Cien años de soledad comienza al revés, “Muchos años después…”, esto es Algún tiempo atrás».

—Hablemos de Spinetta y Pappo.

Ellos tenían un gran vínculo. Sobre los libros, te digo que Pappo era un tipo que no estaba muy documentado dentro de la literatura rock; de Spinetta sí tenías mucho de dónde agarrarte, pero en Pappo hay partes que estaban en blanco. Con él fue mucho trabajo como de buey, de arado, de buscar, ir a hablar con uno y con otro, de meterse en una villa, en una salita de emergencias y hablar con un médico de cuando eran chicos. El de Spinetta ya viene gobernado por la emoción; yo quería hablar con Luis. Como le había gustado el libro de Pappo —me enteré de que lo llevaba a los ensayos con el grupo de amigos y que leía pasajes y se cagaba de la risa—, digo: «Bueno, así como yo no creí que Spinetta iba a hablar de Pappo para mi libro, yo no creo que Spinetta vaya a querer una biografía». No creía que lo otro pudiera pasar, y pasó, entonces esto también puede pasar. Y cuando voy con Luis por otra cuestión —lo hice como excusa—, él ya estaba enfermo y me dijo que tenía laringitis, pero era mentira, tenía cáncer. Él muere y se te acaba la posibilidad de hacerlo con él. Eso es lo más feo de esos libros: no podés hacerlos con ellos. Es que con ellos te cagás de la risa, te divertís. Yo con él nunca pude hablar para hacer el libro. Yo sabía que los hijos iban a cerrar filas en torno a él y yo también estaba en duelo; a mí su muerte me partió en dos. Es que además me agarró al aire en la radio; yo estaba por salir a hacer mi programa y me empiezan a llamar de todos los medios para hablar de Spinetta, y yo: «¿Qué pasó?». Yo no esperaba que se muriera; no sabía la gravedad. El libro de Luis tiene una carga más emotiva, pero yo a todos los libros les pongo todo. Con Cerati también había mucha buena onda; era un tipo muy lindo para conversar, muy inteligente, con mucho humor y no se ponía en pose de divo, excepto cuando algo no le gustaba; ahí sí te ponía a distancia, era más gélido, te lanzaba el rayo frío. Pero conmigo siempre fue cercano y cálido, bueno. En el libro cuento que alguien dice que él era el príncipe gélido; ¿qué gélido? Vos no lo conociste; Gustavo era muy cálido como persona.