Jairo Ojeda: El artesano de la canción infantil

Cantor, compositor y educador destacado por la composición de canciones basadas en ritmos folclóricos colombianos que fomentan el desarrollo infantil y el amor por la cultura popular. Foto: Cortesía Panamericana Editorial
Jairo Ojeda, el pionero de la canción infantil, desde su natal Cauca llevó el espíritu lúdico y político por toda Colombia y trascendió fronteras para convertirse en un referente indiscutible del género en Latinoamérica.

Más que músico y educador, Jairo es el arquitecto de un universo donde la música infantil tiene cimientos políticos, sociales y emocionales. Pionero en cantarle a los niños acerca de sus raíces, su imaginación y su dignidad, sus melodías son un viaje sonoro por la identidad popular, donde entrelaza la tradición oral, la música y la ternura como herramientas de resistencia cultural.

Jairo creció en Mercaderes, Cauca, un municipio del suroeste colombiano; una tierra fértil reconocida por la siembra de cacao y frutas; un territorio montañoso que ha esquivado la presencia histórica de grupos armados. Allí creció entre el aroma fresco y terroso de los cultivos de maíz. Entre las páginas ajadas de los libros de su tío —uno de los pocos afortunados en poseer una biblioteca en casa— y una madre fabularia, radiante y mística como la luna llena que se reflejaba en la casa de sus abuelos. Ellos sembraron el amor por la palabra, la imaginación y la música, que Jairo convirtió en el andamiaje sobre el cual edificaría su filosofía de vida.

Durante esos años, en su pueblo no había acueducto ni luz eléctrica. Sus vecinos y él recolectaban agua en totumos, desplazándose en jornadas constantes para abastecer a la familia. Pero no solo en el agua recaía lo vital: esos trayectos fueron fundamentales en su relación con las historias, pues estaban atravesados por relatos populares de un lenguaje mágico, lleno de seres «supraterrenales», duendes y brujas de los que los niños debían escabullirse antes de las seis de la tarde.

Todo estaba permeado por el ritmo y lo cotidiano: los arrullos en la cuna, los tarareos de los campesinos en cosecha, la algarabía con guitarra, tiple y bandola en las fiestas patronales e, incluso, la estruendosa nostalgia que escapaba de las rocolas. Para él, las palabras y la música eran fruto de la misma siembra: «Era como meterse en una obra de teatro en el hogar, y el escenario era todo el pueblo», manifiesta.

Leer, escribir, sumar y restar fueron sus primeras herramientas para una independencia laboral prematura. Jairo cuenta que su jardín de infancia y sus primeros años de aprendizaje los relaciona más con las visitas al río y las travesuras, escapando de las avispas, que con la educación tradicional.

A los 9 años, con el deseo de «liberar princesas de ogros y gigantes», se marchó de casa hacia Medellín, pero no encontró castillos ni princesas rubias. Durmió en las calles y pasó hambre durante varios meses. Allí conoció a un grupo de «cacharreros», quienes lo adoptaron y lo llevaron por el Quindío, Caldas, Risaralda y Antioquia.

Más adelante, le propusieron trabajar en la siembra de café, pero pronto transfiguró la labranza de la tierra por la de las ideas: a los 11 años, se convirtió en el profesor de los hijos de sus patrones de la hacienda y más adelante, de los niños de la vereda, que constantemente debían enfrentar la deserción de maestros a causa de la violencia. La mayoría de sus aprendices lo superaban en edad. Recuerda con aprecio que en ese entonces le decían «el maestrico».

Las canciones, la enseñanza y la confianza

Tras cursar un bachillerato agrícola en Tunía (Cauca) y terminar el académico en Bogotá en un solo año, inició estudios de antropología en la Universidad Nacional. Debido a los paros en las décadas de los 70 y 80, transitó por la Universidad del Cauca y finalmente intentó terminar su formación en un instituto de ciencias humanas que fue clausurado por el gobierno.

Paralelamente, la canción infantil apareció como una revelación. Al conseguir empleo como maestro sin tener formación pedagógica previa, su estrategia fue hacerse amigo de los niños. Escuchaba sus historias: vivían los mismos sueños y las mismas preguntas que sus amigos de infancia en Mercaderes. Decidió romper los estándares y «en-cantar» la palabra, convencido de que el lenguaje escolarizado ponía barreras al aprendizaje. Se atrevió a crear canciones sencillas como “El granito y el pollito”, donde los niños descubrieron el poder de las metáforas, reivindicando la voz propia y la creatividad.

Once poemas para descubrir que es posible subir a la luna con una escalera, entonar un maúllo que arrulle al ratón, saber qué sueña el elefante africano o tomar prestadas las alitas de un grillo para volar. Incluye QR con las partituras de los poemas musicalizados. Otras obras del autor

Jairo nunca utilizó un lenguaje simplista. Introdujo la poética en letras como “El granito de maíz”, “La sombra” o “Chontaduro maduro”, permitiendo explorar la identidad, lo cotidiano (o común) y la naturaleza con profundidad artística. A finales de los 70, nació Todos Podemos Cantar, un emblemático proyecto junto a su hija Hitayosara Ojeda. Esta iniciativa invita a niños y adultos a «masajear el corazón» a través del canto, para contar, conectar y coincidir en un lenguaje sin esquemas.

Jairo es un artesano: narra la vida en compases, con tinta y papel plasma verbos que albergan esperanza. Sus libros Los cantos de la noche oscura, Son de luna y su más reciente obra El elefante del circo prefiere soñar y otros poemas, nos hablan de la prevalencia del anhelo sobre lo vital. Aquí, el comer o el caminar ceden ante el idear y el fantasear. Estoicamente, su protagonista renuncia a la tristeza con tal de poder soñar, pues solo el sueño nos libera de nuestras propias cadenas.

Leerlo y evocar sus canciones es la mejor forma de exaltar el compromiso que Jairo Ojeda ha otorgado a la niñez, la música y la pedagogía. Le agradecemos por compartir su convicción con sus lectores (niños y niñas) y, sobre todo, con los adultos, padres, maestros y formadores que se unen en este desafío de no perder la ternura ni el entusiasmo infantil con el paso de los años.