1. En la Antigüedad, los óstraka eran trozos de cerámica provistos de inscripciones minúsculas. Su etimología evoca las ideas de «concha» y de «fragmento». Para los griegos fue el óstrakon moneda del destierro, con el nombre rotulado de quien era enviado al ostracismo, lejos de la Hélade. El suvenir da cuenta del lugar que fragmentariamente se destierra para arraigar en el mostrador de los recuerdos hasta que un accidente, un golpe de mano, un descuido lo destruye, o desaparece cuando es desterrado por otros desterrados como él.
2. Mejor dicho, es suvenir, en vez de souvenir, que del francés traduce «recuerdo», fetiche magnetizado de nostalgia.
3. La nevera, heladera, frigorífico, frizzer es un objeto que sirve en la mayoría de los hogares para la exhibición de suvenires. Es útil en la preservación de alimentos y en días de escasez jamás la desampara una solitaria jarra de agua.
4. Alguien le pide a su amante, en trance de viaje costero, que le traiga el mar. Obediente, el viajero regresa con su metonimia oceánica dentro de una diminuta botella plástica. Al cabo de unos días, el mar del suvenir es agua putrefacta, vertida entonces por el sifón del lavaplatos; agua tragada luego por un río, que va a encontrarse con el mar, que es el morir.
5. Los primeros suvenires que compré en la ciclotravesía por La Mancha, cabalgando en mi corcel silencioso por Campos de Criptana, fueron monederos con la estampa repetida del hidalgo y su escudero que guardé en las alforjas durante casi tres meses de aventura. Entonces no pensé en lo que ahora se me ocurre: el suvenir es algunas veces talismán para el viajero.
6. ¿En qué piensa el suvenir cuando ocupa sitio en su destierro? ¿Anhela regresar al quieto trajín del mirar, la vacilación y el manoseo del turista?
De pronto, la postal que representa al Ampelmännchen («hombrecillo del semáforo») de Berlín ataviado con su traje verde, cae al suelo. No es el viento.
7. El Muro de Berlín sigue cayendo después de más de 30 años. Su desmoronamiento pasó de ser un hecho histórico y político a llenar una cantera mercante explotada por las tiendas de suvenires. Guijarros diminutos y grandes fragmentos del Muro se venden allí, en tallas que van de la S a la XXL (de 3 gramos a 2 kilos), con el «Zertifikat Original Berliner Mauer-Stein».

Estacioné mi bicicleta en la entrada de la «Topografía del Terror», la exposición permanente, con ingreso gratuito, del sitio nazi donde funcionaron la Gestapo, las SS y la Oficina Central de Seguridad del Reich. Con la vista aguzada del viajero, que se distancia de la mirada automatizada del turista, descubrí a mi lado izquierdo un pequeño trozo de cemento en la base de una loza de Muro que tiene el hierro expuesto. En mi mano el objeto parecía emitir cierta vibración aurática.
Lo guardé. Cuando regresé al país recordé el lugar, la fecha y escribí: «Berlín-12/06/24». El vestigio carece de Certificado de Autenticidad, aunque es un fragmento auténtico del inagotable Muro de Berlín. O si no del Muro, al menos sí de la ciudad que sufrió en sus venas todo el horror del siglo XX.
8. Si permanece con nosotros durante mucho tiempo, la primera bicicleta es uno de los más entrañables suvenires de la infancia.
9. ¡Y qué importa lo que digan! Que el suvenir es banal, kitsh, una reducción trivial de la alteridad viajera, memoria de hojalata, efímera transferencia espaciotemporal en MDF[1] de la ruina milenaria. Todo eso y es y no es el suvenir, artefacto que nos regala el simulacro del viaje permanente, del seguir siendo allá desde la quietud del aquí.
10. En tiempos líquidos, cuando todo se desvanece en el aire y la vida contemplativa pierde impulso ante el frenesí de lo momentáneo, el suvenir nos regresa a la materia tangible de la cosa coleccionable. El mundo comprimido en un tesoro pueril, pasaporte involuntario al país de la niñez.
11. Tres migraciones del suvenir trasnacional: el lugar, el monumento o la reliquia migran a países donde una mano migrante los transforma en suvenires y así retornan al sitio de partida, donde manos migrantes lo compran con el fin de exhibirlos en la jaula del recuerdo.
12. La memorabilia letrada como suvenir: Cent’anni di solitudine en una librería de Salerno; Le Spleen de Paris, en una de Montmartre; Munich 1933-1945, de Maik Kopleck, en Dachau. La credencial del peregrino del Camino de Santiago. Mapas, boletos de metro, celofán de chocolates. Postales y pegatinas casi que recogidas del suelo, como cualquier Cervantes extasiado con «los papeles rotos de las calles».
Ocurrió que semanas después de mi regreso, superado hacía mucho el jet lag, pero con un insoportable lengter bort [que en noruego es «anhelo de distancia» o «deseo de escapar»] afligiendo mis horas, leí esta maravillosa historia:
«En 1919, a Marcel Duchamp y al coleccionista de arte Walter Conrad Arensberg los unía un contrato por el que, a cambio de un sueldo mensual pagado por el segundo, este era dueño de toda obra que el artista crease. Preocupado entonces por la sequía creativa de su amigo, que dedicaba casi todo su tiempo a jugar al ajedrez, se encargó de organizarle un viaje a París. Le animó a estar un tiempo en su Francia natal para empaparse del inspirador aire parisino y volver a Nueva York con talento renovado y ganas de trabajarlo. Pero en París, Duchamp siguió jugando al ajedrez con antiguos amigos y ejercitando la ironía. Pasó después las navidades en Ruan, con su familia, y partió dos días más tarde a El Havre para embarcar en el Touraine, barco que zarparía la noche del 27 de diciembre de aquel año. Antes de volver a Nueva York, Duchamp no se olvidó de Arensberg ni de su esposa, Louise, y decidió llevarles un recuerdo del viaje que le habían costeado. Se dirigió a una farmacia. Por entonces era común vender en ellas jarabes y sueros envasados en ampollas de vidrio selladas, con cuellos originales y curvados. Duchamp pidió al boticario que rompiera el sello de una ampolla campaniforme bastante grande (de unos catorce centímetros de altura), dejara que se perdiera el líquido y la sellara de nuevo, con el aire dentro de sí. Aquel fue el recuerdo de Francia que ideó, no sin algo de cinismo, para sus benefactores. Como tenían de todo, según contaría más tarde, les llevaba cincuenta centímetros cúbicos de aire de París. Su propio souvenir. Hoy este pequeño ready-made duchampiano está en el Museo de Arte de Filadelfia y pertenece a la colección de Louise y Walter Arensberg».
Lo cuenta Azahara Alonso en Gozo, divagación sobre su año sabático en la isla y retazos de la memoria intangible que deja el tiempo autorregalado.
13. Turistas encadenados en puentes parisinos: Los viajeros y turistas dejan candados en ciudades como París o Roma como símbolo de amor eterno o compromiso. Esta práctica se hizo popular con el puente Pont des Arts en París, donde parejas escribían sus nombres en un candado, lo cerraban en la barandilla y arrojaban la llave al río Sena. Se cree que esta tradición surgió de la novela Tengo ganas de ti de Federico Moccia. Con el tiempo, se extendió a otras ciudades, como Roma y Florencia. Sin embargo, muchas autoridades han prohibido esta costumbre debido al peso excesivo que daña estructuras históricas. En París, por ejemplo, los candados fueron retirados del Pont des Arts en 2015. A pesar de las restricciones, la tradición sigue viva en varios destinos turísticos (OpenAI, 2025).
Yo: ¿Si llegas a viajar a París o a Roma tú dejarías candados en señal de amor o compromiso?
ChatGPT: No, no lo haría. Aunque la idea es romántica, el peso acumulado de los candados puede dañar puentes y monumentos históricos. Prefiero expresar el amor o compromiso de formas más sostenibles, como escribiendo una carta, plantando un árbol juntos o simplemente creando recuerdos significativos en esos lugares. Además, muchas ciudades han prohibido esta práctica para proteger su patrimonio (OpenAI, 2025).
[1] O Medium Density Fibreboard. Son tableros de madera fabricados con fibras de mediana densidad –de ahí su nombre—, de gran ligereza y versatilidad, utilizados en distintos ámbitos de la vida cotidiana, entre ellos el de la industria artesanal.



