En cartelera: Moscas, una película sobre el poder de los gestos mínimos, de Fernando Eimbcke

Observar el mundo desde el encierro: la infancia como resistencia ante la indiferencia de un sistema que nos da la espalda. Foto: MUBI / Cineplex
El director mexicano Fernando Eimbcke regresa con Moscas, un largometraje en blanco y negro que utiliza la infancia y el encierro para resquebrajar los muros de la soledad. Desde este 2 de julio en cines de Colombia.

Hay directores que no necesitan del estrépito ni de las grandes piruetas narrativas para conmover; les basta con hurgar en la quietud de los espacios cotidianos. Tras un largo silencio, el realizador mexicano Fernando Eimbcke —recordado por hitos del cine de autor latinoamericano como Temporada de patos (2004) y Lake Tahoe (2008)— regresa a las carteleras con Moscas (2026), su quinto largometraje, distribuido en salas de Colombia, desde este 2 de julio, gracias a una notable apuesta conjunta entre MUBI y Cineplex.

La producción, que tuvo su estreno mundial en el Festival de Berlín y sirvió como función inaugural en el Festival de Guadalajara, se adentra de nuevo en los temas que obsesionan al director: el duelo, la pérdida y la profunda necesidad de conectar con el otro.

La trama nos sitúa en un enorme edificio multifamiliar —ubicado frente a una clínica— donde habita Olga (interpretada por la enorme Teresita Sánchez), una mujer solitaria atrapada en rutinas inalterables que operan como una fortaleza contra cualquier lazo afectivo. Obligada por la urgencia económica, Olga decide rentar una habitación de su departamento a Tulio, un hombre de escasos recursos que llega allí, porque tiene a su esposa hospitalizada en el centro médico, y quien desafiando la regla estricta de la casa, esconde a Cristian, su hijo de nueve años (Bastian Escobar). El conflicto, en apariencia minúsculo, desata una colisión sutil: el universo rígido de la protagonista es invadido por la vitalidad indómita de una infancia que no se deja contener.

Visualmente, Moscas apuesta por el poder estético conferido a una fotografía completamente en blanco y negro firmada por María Secco. Lejos de ser un mero capricho plástico, el monocromo funciona aquí como un recurso que estiliza el encierro y diluye la frontera entre la hostilidad urbana y el refugio de la imaginación. Las imágenes sugieren un cine de planos sostenidos, donde los objetos fetiche —como las pantuflas o el videojuego portátil Cosmic Defenders Pro— adquieren un peso dramático fundamental. A esto se suma el agudo diseño sonoro de Javier Umpierrez, quien satura el fondo con alarmas, sirenas y ruidos vecinales para acentuar el desasosiego exterior de una sociedad que deja morir a los suyos en las puertas de los hospitales.

La recepción de la crítica externa ha sido unánime al celebrar el regreso de la impronta estilística de Eimbcke. Críticos como Deborah Young han elogiado su capacidad para tejer una historia «a menudo cómica, de amor, pérdida y soledad», destacando cómo el director logra equilibrar la pesadez del melodrama a través de ráfagas de un humor seco y profundamente humano.

El propio realizador ha señalado que el humor es una «manifestación de respeto y una herramienta para sobrevivir ante el dolor». Fiel a la tradición de su filmografía, en Moscas el juego infantil no es una evasión superflua, sino un asunto poético y sumamente serio que sirve de ariete para resquebrajar la coraza helada de los adultos. Eimbcke demuestra, una vez más, que para mirar el abismo del alma basta con abrir la ventana de un apartamento en penumbras.