La mala fe de nuestra sangre: Jarmusch y la geometría de la soledad

Tom Waits entrega una actuación enigmática y sorprendente en Father Mother Sister Brother, de Jim Jarmusch. Foto: Atsushi Nishijima / Vague Notion
En su más reciente película, Jim Jarmusch desarrolla un tríptico de soledades familiares que se frecuentan por ritualidad, al tiempo que protegen con celo sus identidades más profundas, pero entre silencios se abren las grietas humanas.

Hay momentos en el cine de Jim Jarmusch donde el tiempo deja de correr hacia adelante y empieza a expandirse hacia los lados. Ocurre por lo general en los silencios, cuando los personajes no saben qué hacer con las manos o cuando la cámara se queda fija en una taza de café que se enfría. En Father Mother Sister Brother, esa pausa ya no es solo un sello de estilo, es un recurso para retratar un enfriamiento emocional que avanza con la misma calma de la nieve que sepulta las carreteras en su primer segmento.

En esta película, Jarmusch filma los lazos de sangre no como un refugio, sino como una geometría de la soledad —recordándonos que se puede estar trágicamente solo estando acompañado—. Aquí es donde florece la poética del director: una lírica de lo mínimo que encuentra belleza en el estancamiento, a través de una luz que parece filtrarse siempre de costado —humosa y crepuscular en los interiores, pálida y sin fuerza en los exteriores de Dublín—, el director nos encierra en el simulacro de la intimidad. En todo esto no hay grandes gritos ni estallidos melodramáticos: la tragedia aquí es silenciosa y geométrica; se mide en la distancia exacta que separa a una madre novelista (Charlotte Rampling) de sus hijas, la reprimida Timothea (Cate Blanchett) y la rebelde Lilith (Vicky Krieps), en una mesa de té perfectamente dispuesta.

​El uso de los encuadres fijos y la quietud de la cámara operan como una jaula invisible, nos obligan a ser testigos de lo que Jean-Paul Sartre llamaba la «mala fe», ese teatro cotidiano donde los personajes prefieren habitar una máscara estática antes que enfrentarse a la angustia de admitir que se han convertido en perfectos extraños. Este distanciamiento formal traza un paralelo inmediato con trabajos anteriores de su filmografía —aunque con una madurez mucho más crepuscular—. Si en Mystery Train el montaje fragmentado unía a extraños a través de la música de Elvis, y en Night on Earth los taxis eran confesionarios móviles para almas solitarias que cruzaban sus vidas por azar, aquí las tres historias operan justamente a la inversa: el espacio compartido y la herencia común solo resaltan la desconexión. La calidez analógica y el espíritu lúdico de sus viejas películas han mutado aquí en una melancolía sobria.

​Jarmusch es un artesano que esculpe con el detritus del día a día y aquí convierte la conversación periférica en la única dialéctica posible para sus criaturas. Cuando un hijo adulto como Jeff (Adam Driver) y su hermana Emily (Mayim Bialik) comparten la sala de estar junto a su huraño padre (Tom Waits), la fijeza de la cámara acentúa la dolorosa imposibilidad de mirarse a los ojos. Confinados en el espacio común, los hermanos comparten el peso de una misma herencia silenciosa, habitando la incomodidad de un aislamiento que se vuelve colectivo entre cuatro paredes.

La película está disponible en la plataforma de MUBI.

Hablan del motor de un coche viejo o del clima inclemente no por desinterés, sino porque el universo familiar es un territorio minado donde las palabras directas queman: es el logos de la calle en su estado más puro, la certeza de que las cosas más profundas de la existencia se dicen siempre en diagonal, camufladas en la banalidad de una queja mundana o en la pesadez de un ambiente estancado. Pero frente a la rigidez de esos padres que son como monumentos de piedra, la película esconde un amuleto irónico. Ese reloj Rolex que pasa de mano en mano, rodeado por la sospecha constante de ser una réplica barata, es la metáfora perfecta del absurdo camusiano que tiñe nuestros orígenes.

​La familia, nos sugiere Jarmusch, es a menudo ese reloj falso: una fachada de oro que sostiene una farsa colectiva. Es el mismo tipo de fetiche simbólico que el director usaba en Dead Man con la poesía de William Blake o en Ghost Dog con el código samurái: objetos e ideas que los personajes abrazan con desesperación para intentar dar orden a un mundo caótico y carente de sentido. Sin embargo, no hay cinismo en su mirada. Cuando la película se traslada a París y vemos a una hermana como Skye (Indya Moore) y a su hermano Billy (Luka Sabbat) vaciar el departamento de sus padres fallecidos, la luz cambia por completo, se vuelve más cálida, casi dorada por el humo del tabaco y los recuerdos compartidos. En ese segmento, el juego de cámara se deshace de la parálisis previa y se vuelve más libre, acompaña el deambular de los cuerpos y se detiene con ternura en los objetos abandonados —un encendedor, un disco viejo— haciendo una arqueología de los afectos que redime todo el frío anterior.

​Al final, la verdadera poesía de Jarmusch se revela cuando decide mirar hacia la ventana. Mientras las familias se asfixian en su propia neurosis, la cámara lenta captura a unos patinadores anónimos deslizándose por el asfalto exterior. Es un contraste devastador y hermoso que recuerda a los amantes vampiros de Only Lovers Left Alive, quienes observaban el paso de los siglos con desapego estético. Estos patinadores representan la quiebra de la rigidez, una invitación a aceptar la contingencia del mundo. En esta historia múltiple, Jarmusch parece sentenciar que si bien nos une la sangre aun así estamos condenados a cargar con el misterio de unos padres imposibles de descifrar; pero afuera la vida sigue rodando, invitándonos a despojarnos del peso del pasado para aprender, por fin, a deslizarnos con libertad sobre las grietas de esos vínculos rotos que no podemos abandonar.