En mi taller de roble, tela y aserrín me embebo ese trago. Plácido y barato. Elixir y veneno. Me llena, me desarruga el ceño, desmancha las paredes, espanta las tristezas, me desinfecta el alma, brilla la madera, me acompaña, cura heridas, es remedio, limpia al dueño, quita el sueño y sobre todo… embriaga.
«El trago del ebanista» Jairo Carrasquilla Tobón
Pascual y yo regresamos de México porque es delito tomar en las calles y nosotros habíamos nacido para beber. En medio año nos habían encerrado más de diez veces en cárceles de borrachos y nos amenazaban con deportarnos. En los bares un pinche trago valía lo que una semana de trabajo y solo los ricos tenían para tomar. Era una dictadura etílica, elitílica. En Medellín la cosa es distinta, por eso regresamos. Hay bares baratos y las calles viven atestadas de borrachos y de gente amplia que por un poema, una manilla o un acento mexicano, que Pascual y yo imitábamos a la perfección, nos emborrachaban hasta la inconsciencia. ¡Bebíamos y vivíamos a costa del acento! A todo el que nos encontrábamos le hablábamos de la casa del Chapulín Colorado, de nuestros encuentros con Vicente Fernández, Juan Gabriel, García Márquez, Fernando Vallejo, Gloria Trevi, del Estadio Azteca, de pirámides, de la guerra entre narcos, de las comidas típicas, del gusanito del mezcal…; a las mujeres les hablábamos de Gael García y del Chicharito Hernández, a los hombres de Salma Hayek y de Belinda; a todo mundo le hablábamos de puras carajadas que inventábamos mientras nos llenaban el cerebro de alcohol. Colombia sufre de xenofilia y eso teníamos que aprovecharlo.
En México, cuando Pascual y yo nos las dábamos de temerarios y salíamos a las calles y parques con una botella, la gente nos miraba como si en vez de una botella lleváramos un fusil. Inmediatamente nos identificaban y decían o pensaban: ¡Son colombianos!, y al rato aparecía la policía, nos quitaba el trago, nos pedía la liga y como vivíamos líchigos le tocaba encerrarnos. Estábamos hasta la madre de eso. Queríamos beber en paz y allá no podíamos hacerlo.
En Medellín todo iba muy bien hasta que después de varios meses perdimos el acento del norte y ya no teníamos gracia. Los que nos emborrachaban empezaron a evitarnos, nos corrían, se nos escondían, nos echaban, cambiaban de bares y parques y nos fuimos quedando en ley seca. Como no teníamos plata para beber nos figuraba ponernos a recordar viejas borracheras. Los dos éramos filólogos hispanistas de la Universidad de Antioquia y decidimos buscar trabajo. Ese título profesional le alcanzó a Pascual para conseguir camello en la plaza de mercado cargando bultos y a mí arreglando jardines en casas de ricos.
A las ocho de la noche todos los días nos encontrábamos en el centro, cerca al parque de San Antonio, juntábamos el producido del día, comíamos cualquier empanada y mercábamos guarilaque o Norteño. A veces, cuando nos iba mejor, Aguardiente Antioqueño. Pascual y yo tomábamos los lunes celebrando que ya casi era viernes y seguíamos con el impulso toda la semana. Bebíamos para olvidar que éramos unos borrachos y bebíamos para beber, también, porque vivir a palo seco es una cosa muy dura que no le recomiendo a nadie. Pero mantener esa vida cuesta, cuesta mucho por barata que sea. La plata ya no nos alcanzaba para pagar la residencia de medio pelo que compartíamos ni la comida ni los pasantes ni los limones ni los calditos ni las pastillas para el dolor de cabeza del otro día, de todos los días, además las dos botellas de trago diarias ya no eran suficientes: necesitábamos mayor cantidad y también mayor potencia.

Una noche Pascual se apareció con una botella gordita que tenía mal pegada una etiqueta amarilla medio elegante. En el líquido flotaban como pececitos o basura diminuta que parecían puestos ahí de aposta como adorno. Yo tuve el honor de destaparla y con solo poner la nariz en la boquilla el hígado tuvo un orgasmo. Olía a aguardiente del bueno, del bravo, a centro de salud.
—La Bastilla —dijo Pascual—; de París, Francia. Lo conseguí en un estanco abajito de Villanueva, por donde las travestis. Vamos a ver qué tal.
Tomamos, repetimos y saboriamos muy concentrados. Lo catamos con calma. Lo olimos de nuevo y lo dejamos un minuto en la boca sin tragarlo. Enseguida Pascual dijo el precio y yo no le creí. Entonces revisé la etiqueta y todo estaba en francés, o en chino, no sé, el caso es que no estaba en colombiano y eso me tranquilizó.
—¿Me lo jurás?, ¿tan barato?
Me lo juró por el dios del chorro y de la emoción me le tiré a darle un abrazo y un pico en el cachete porque se nos había arreglado la vida. La Bastilla valía por lo barato y porque cumplía el principal propósito del licor, el único que nos interesaba: emborrachaba de lo lindo.
—La Bastilla es el guaro: ¡bueno hasta la última gota! —dijo Pascual conmovido.
Luego del maravilloso descubrimiento Pascual y yo andábamos para arriba y para abajo cada uno con su botella de La Bastilla, como los poetas manitos que conocimos en Guadalajara, que tomaban todos los días y camuflaban el licor en teteros para que la policía los viera ingenuos y tiernos y no se les acercara. A diario nos encontrábamos a las ocho de la noche en San Antonio después de trabajar, pero a diferencia de antes llegábamos medio borrachos y con ganas de seguir y con plata suficiente y no, como al principio, sobrios, con ganas de empezar y sin un peso. Comprábamos tres o cuatro botellas y nos las tomábamos en la calle charlando con ellas o cada uno con cada uno hasta que se nos acababa el repertorio y ahí sí hablábamos entre los dos hasta el amanecer. Descansábamos unas horas en la residencia y salíamos a trabajar con de a botellita, porque no hay nada mejor en la vida que trabajar prendido.
—Fuimos premiados con la embriaguez eterna —dijo Pascual.
—Vivir borracho sí es vivir… ¡Qué horror la gente lúcida! ¡La lucidez se paga caro! —dije.
A mí desde eso los jardines me quedaban más lindos y Pascual tenía más fuerzas para cargar, y hasta consiguió un ascenso.
—Nos mejoró la economía —dijo Pascual un día—, La Bastilla nos mejoró la economía, pero nos la empeoró.
Pascual decía eso que sonaba contradictorio porque La Bastilla era casi que gratis, pero por eso mismo comprábamos más y más y gastábamos mucha plata sin darnos cuenta y nos quedábamos sin nada para la comida y todas esas cosas secundarias pero primarias.
Un día Pascual perdió el equilibrio y se abrió un boquete en un pómulo y yo le dije que fuéramos al médico para que le pusieran los puntos, pero Pascual decía que no le dolía, que él vivía borracho y borracho no era vanidoso, que no le importaba, que se iba a quedar así y que cuáles puntos ni que ocho puntos y siguió bebiendo. Yo lo agarré del brazo y lo llevé hasta un retrovisor de una moto y como no decía nada le dije que se le veía el cerebro y hasta los pensamientos por ese hueco y que si seguía así no iba a andar más con él porque me iba a espantar las peladas, pero Pascual ni se alarmó ni se preocupó ni se tuvo lástima ni asco ni nada, y fue ahí que descubrí que La Bastilla lo había hecho inmune a todo.
—Este trago es bendito —dijo Pascual—: no lo deja mortificar a uno con uno mismo.
Pero a mí, un día, en un esporádico momento de sobriedad, el hueco en la cara de Pascual sí me preocupó. El frasco de agua oxigenada nos lo habíamos tomado con
limón días atrás y del tarro de alcohol ni hablar. No había nada para curarlo.
—Te vas a quedar sin cara, Pascual, no seás descarado con tu cara, invertite, vamos al médico.
Pascual sonrió y luego mojó la camiseta con un poco de La Bastilla y se la puso en la herida. Durante dos días hizo lo mismo hasta que se curó por completo. Además de que lo desinfectó y le mató las alimañas, lo dejó sin cicatriz, plano como si nada, con la piel más bonita y suave. Desde ese momento dejamos de comprar crema de manos para la cara, agua oxigenada, Isodine, Merthiolate y desinfectantes para las caídas acostumbradas.
De cinco botellas pasamos a siete en el día y, por eso, no hubo para invertir en desodorantes, entre otras cosas.
—Jueputa, ¡quita el grajo! —gritó Pascual como si hubiera descubierto el mundo.
Y todos los días, antes de salir, nos untábamos un poquito de La Bastilla en los sobacos. También se nos había quitado el mal aliento y equis a las caries y equis a los muñequitos que nos caminaban por la lengua y por los dientes. ¡Murió todo el zoológico instalado en nuestras bocas!
—¡No más Listerine, no más crema dental, no más seda, no más cepillo de dientes, güevón, esto es Dios dentro de una botella! —gritó Pascual.
—¡Más plata que nos queda para La Bastilla! —grité.
—Obvio, güevón —dijo Pascual mientras trapiaba—. Podemos agregar a la canasta familiar otra botellita; otras dos, mejor, porque este piso está quedando brillantico; mirá qué belleza, alumbra. ¡No más cloro, no más aromatizantes!
Desde ese último descubrimiento yo ya sí quería trapiar la pieza todos los días mojando la trapiadora con La Bastilla, porque mientras lo hacía el tufo del piso me mariaba todo rico y me daba ánimos para tomarme los traguitos de La Bastilla, y porque no hay nada mejor en el mundo que trapiar enfiestado. ¡A beber y a trapiar al son de mi canción! También me aficioné a lavar los trastes tomando, empleando La Bastilla en vez de jabón, detergentes, Axion, quita grasas… Los platos y los cubiertos brillaban como el piso.
—Con esto vuela un avión —dije.
—Y volamos nosotros, que es lo más importante. ¡Yo amo a este marica! —dijo Pascual y al borde del llanto se quedó mirando la botella.
Una vez nos fuimos a acampar y llevamos un arsenal de La Bastilla que nos tomamos hablando de la vida, de nuestra economía y del futuro. Yo, trascendental esa noche, le dije a Pascual que de pronto ese trago más adelante nos cobraría factura, que era muy probable que ese líquido que nos alegraba la vida y nos servía para todo en unos años o meses nos dejara postrados en una cama o ciegos o sin hígado o secos o bobos o nos matara sin avisar. Lo mejor es dejarlo, le dije a Pascual, y agregué:
—Estamos bebiendo por costumbre, Pascual, ya no disfrutamos lo mismo —y me bogué un trago—. El alcohol, hermano, leí por ahí, el alcohol es como el amor: «El primer beso es magia; el segundo, intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo único que hacemos es desvestir a la muchacha».

Pascual se rio con ironía de mis palabras y se levantó con una botella de La Bastilla. Indignado y dispuesto a darme una verdadera lección de vida tiró a la quebrada la leña, las velas, el frasco con gasolina y la tapa de la olla para potenciar el fuego. Yo pensé que estaba bravo y se iba a ir. Luego echó un chorrito de La Bastilla entre dos ladrillos, lanzó un fósforo y la fogata encendió como un infierno y duró media eternidad.
—No seás ingrato, no seás malagradecido que él te lo ha dado todo —dijo Pascual dolido con mis palabras—. Lo que hay que dejar es el carbón, la madera, las velas y la gasolina en la próxima acampada. ¡Tachá eso de la lista de la canasta familiar!
Cuando regresamos del paseo Pascual se sintió muy enfermo y me culpó de su estado, argumentando que yo había llamado a la mala hora, a la desgracia con mis palabras sobre el futuro y los estragos de La Bastilla. Los labios se le pusieron blancos, tiritaba, sudaba, los ojos le pesaban y, lo peor, no le provocaba tomar. Ahí sí me preocupé. Entonces le juré en vano, en voz bajita para que no me escuchara y no tuviera luego yo que echarme para atrás, que si vivía, si no se iba de este mundo cruel, yo dejaba de beber ese veneno.
—¡El alcohol es para los guaches! —dijo con esa superioridad moral de los rehabilitados—. ¡El alcohol es para los bebedores!
Lo abandoné en su colchón, muriéndose, y para no pensar ni torturarme fui a quitarles el óxido a las ventanas de la pieza con un trapo empapado con La Bastilla. ¡Los barrotes quedaron como espejos!
—Pascual —le susurré en el oído—, ya no tenemos que comprar más esa crema para matar el óxido, ¿adiviná qué?
Pascual sonrió, medio muerto, se rascó el pecho y me pidió sin pedírmelo que le echara La Bastilla en la cara, en las plantas de los pies, en los brazos, en todas partes para que no lo picaran los zancudos.
—¡Ya no más Menticol! —me dijo al rato, agonizante—… ¡Ya no más repelentes para los moscos salvajes en el próximo paseo a Triganá! ¡Tachá eso de la lista!
—El Menticol, escuché por ahí —le dije a Pascual para sacarle una risa, para arrebatárselo aunque fuera unos minutos a la muerte—, el Menticol es el aire acondicionado de los pobres.
No dijo nada. Ni se inmutó. Como no quería verlo así fui a lavar la neverita, la estufa, la puerta, las cosas de metal con La Bastilla, mientras bebía de la botella con la que remojaba los trapos. Muy preocupado agarré un vaso, serví tres tragos de nuestro trago, le eché un poquito de miel de abeja y limón y se lo embutí a Pascual.
—A los doctores, ¿a esos también los tacho de la lista? —le dije en la mañana cuando lo vi como nuevo.
—Claro, güevón, vamos a quebrar las EPS con este producto —dijo Pascual y se fue más bebo que nunca para el trabajo.
Ese día nos encontramos a las ocho de la noche como siempre, pero esta vez Pascual estaba distinto. Venía obsesionado con algo: quería conocer a la persona que se había inventado la receta de La Bastilla y le había salvado la vida, solo para tomarse unas selfis con él, pedirle un autógrafo, abrazarlo y agradecerle.
—Y qué tal que nos dé la fórmula, qué tal —dijo Pascual con cara de empresario innovador—; ahí sí que quedamos hechos, nos papiamos.
—Pero si ese trago es de Francia, leé la etiqueta, mirá: made in París, Francia —le dije y Pascual se me rio en la cara y luego se agarró la cabeza con las manos como diciéndome no sabés nada de la vida.
Al otro día decidimos ir al estanquillo de Villanueva, el único donde vendían el trago, con el fin de que nos dieran información que condujera al paradero del autor intelectual de una de las maravillas más maravillosas de la existencia.
—Lo conocemos, lo elogiamos, lo melosiamos, lo emborrachamos con La Bastilla, le pedimos la fórmula y después con eso hacemos productos para la familia colombiana, emprendemos, papá, y bebemos por ahí derecho, sin gastar ni un peso —propuse.
Mientras nos afeitábamos hicimos cuentas y era mucho, pero mucho mucho, lo que La Bastilla nos había ahorrado en la vida, muchas las utilidades que le habíamos descubierto. Solo nos faltaba descubrir la manera de que La Bastilla nos pagara el arriendo, los servicios y la comida, y ahí sí quedaríamos hechos porque sabíamos muy bien sabido que, como lo había dicho un escritor por ahí, el trabajo era la maldición de la clase bebedora.
—Hay que pensarla —dijo Pascual mientras tomaba y se echaba La Bastilla en la cara después de la afeitada.
—Tampoco para tanto, Pascual —le dije—, un trago qué va a pagar arriendo y esas cosas, un trago qué se va a poner a hacer fila o a meterse en internet para pagar, hermano, tampoco para tanto. No exagerés.
—Hay que buscar la forma, güevón, la tecnología ha avanzado mucho, hay que buscar la manera. Esta belleza cura el cáncer, el sida, el Alzheimer, ¿ahora no va a ser capaz de pagar esas cosas? Estoy seguro, solo hay que buscar la manera —dijo mientras preparaba un perfume en una taza, con dos ciruelas, un limón y un traguito de La Bastilla.
—Pues sí, Pascual, hasta tenés razón. Al principio pensábamos que solo servía para tomar y mirá ahora, mirá: nos sirvió hasta para la infección de las uñas, la caída del pelo, el estreñimiento, la pecueca, el insomnio, la timidez, el reflujo… Sirve hasta para la cirrosis y el guayabo.
—Es el mejor invento de la historia de la humanidad, ufff, sin duda, superior a la rueda, a las mujeres, a la electricidad… Ni a los chinos, ni a los rusos, ni a los gringos, ni a la Nasa se les pudo ocurrir esta maravilla —dijo Pascual y me untó un poco del nuevo perfume.
—Gracias a la beba, que me ha dado tanto —dije cantaíto.
Subimos al bus y sentimos que la gente nos olía mucho, que alargaba las narices hasta nosotros. Yo le dije a Pascual que me sentía incómodo, que mejor nos bajáramos y siguiéramos a pie hasta el estanquillo donde averiguaríamos por el maestro, el inventor de La Bastilla, el futuro Nobel de Química o de Paz.
—Les olemos a Hugo Boss, güevón, o mejor, más rico, por eso mueven tanto las ñatas —dijo Pascual—; les parece raro que gente que huele tan bien monte en bus, es eso.
Entonces todo el viaje me lo pasé alzando la cabeza, orgulloso de mí y de Pascual, de nuestro aroma primaveral, de los cachetes colorados como bien nutridos, de los ojos brillantes como si comiéramos mucha zanahoria o estuviéramos enamorados, de los dientes resplandecientes y fuertes, del pelo grueso y de buen color, de la cara lisa, bien afeitada y sin irritación, sin ojeras así durmiéramos casi nada. Lo único malo, le dije a Pascual, era la ropa, fea, vieja, que ya no nos lucía. En los tiempos de vivir del acento esa ropa era un elemento más que nos ayudaba a engañar a los otros porque nos daba presencia de arrastrados, pero ahora nos hacía quedar mal, porque no combinaba con nuestro olor y apariencia.
—Güevón, cuando tengamos la fórmula de La Bastilla nos van a faltar armarios para colgar toda la ropa y espacio para las botellas de nuestro amado y alientos para atender a la manada de peladas deseosas —dijo Pascual—… y hasta si querés compramos nuestro propio bus para que no nos miren ni huelan tanto los pobres.
Bajamos y casi sin haber puesto el último pie en el piso un atracador se nos abalanzó y nos pidió que nos bajáramos de todo o nos daba de baja, pero en cuestión de segundos Pascual desenvainó una botella medio vacía de La Bastilla, la quebró en el piso y por nada se baja al ladrón, que corrió pidiendo ayuda, llamando a la policía.
—¡También sirve de arma! —le dije orgulloso de mi amigo y del arma.
—¡Y cura las heridas!, eso ya lo sabés —dijo Pascual echándose La Bastilla en la cortadita que se acababa de hacer en la mano.
—¡Y da valor para defenderse, para enfrentar ladrones!
—¡Y da borrachera!, que es lo que importa, lo trascendental, lo metafísico.
—¡Y nos ahorra plata!
—¡Y nos rebota el sol, no nos quema! ¡Tachá el bloqueador solar de la lista!
—Y con la fórmula podemos inventar productos y bautizarlos y patentarlos y volvernos ricos.
—Así será: frasquito para la gripa, para el cáncer, para el sarampión, para el dengue, para el Chikungunya, para el Helicobacter pylori, la loción, el desodorante… —dijo Pascual a ritmo de culebrero.
—Para limpiar ventanas, puertas, lavar baños, platos, exterminar zancudos, curar el desamor, para la impotencia, el asma, contra la calvicie, los triglicéridos, para exorcizar —continué—… ¡Yo me hago matar por esa fórmula y por una fotico con el maestro!
Llegamos al estanco y al vendedor le preguntamos por el dueño, al dueño le preguntamos por el maestro, así lo bautizamos, el maestro, y él nos dio toda la información, no sin antes confirmar que no éramos policías de civil. Caminamos treinta minutos hasta llegar a un antro peor. Pasamos una cuadra repleta de indigentes, otra de bandidos, otra de recicladores y hembritas de la vida alegre y al final había una cuadra de cantinas de mala muerte. Cada
vez que superábamos una cuadra celebrábamos brindando con dos o tres tragos por nuestra vida, que estaba cerquitica de morirse. Al final vimos una especie de fortaleza medieval, como una cárcel de esa época. Vimos dos señores gordos y medio rosados que, suponíamos, custodiaban al maestro. Tocamos la puerta y preguntamos por él y luego nos identificamos y dijimos a qué íbamos.
—Ya va, esperen ahí, el Rey se está peinando para recibirlos —dijo una voz como de cucho enguayabado detrás de la puerta.
Antes de que abrieran Pascual y yo nos bogamos una botella entera de La Bastilla porque nos estábamos muriendo de miedo y sobre todo de la emoción por conocer a nuestro ídolo, quien, seguro, con la capacidad de Pascual para enredar, nos daría la fórmula. No teníamos
ni idea de qué preguntarle, cómo abordarlo, qué decirle, qué proponerle.
—Lo felicitamos por el invento y ya, Pascual, le damos las gracias, le pedimos un autógrafo y la fórmula y que sea amable con nosotros, sus fans, y que nos saque con vida de este mierdero.
Antes de que Pascual dijera algo nos hicieron pasar. El Rey, que tenía cara de llamarse Augusto y por ahí derecho de enfermo mental, estaba sentado en una hamaca tomando whisky, como don Vito Corleone, «El Padrino». Pascual le ofreció un trago de La Bastilla y él casi se nos muere ahí de la risa.
—Yo paso —dijo—, no me gusta combinar.
Nos quedamos un rato en silencio mirando para el techo como si hubiera riesgo de que se cayera. Para entrar en confianza nos regaló una de La Bastilla y nos pidió que tomáramos muy seguido, sin parar, y que le hiciéramos con la lengüita a la boquilla de la botella. Nosotros le hicimos caso. El Rey nos hacía ojitos y caritas meciéndose desde su trono, entonces nosotros también le hacíamos ojitos y caritas por educación y para que nos agarrara cariño. Con más confianza, mientras nos acariciaba los muslos, le hablamos de La Bastilla, de lo importante que era en nuestras vidas, de su mundo de utilidades. Sonriente, halagado y como excitado, nuestro hombre no tuvo de otra que regalarnos la segunda botella con la condición de que nos la bogáramos de tacada.
Como a la hora Pascual ya se estaba tomando selfis con él y hasta se dejó plasmar un autógrafo con marcador arribita del ombligo porque no habíamos llevado hojas. Luego de que nuestro don Vito Corleone criollo los llamara, al amanecer, llegaron dos señores igualitos al maestro y se sentaron con nosotros a tomar y conversar. Hasta el alma nos dejamos manosiar del Rey y de los cuchos porque tocaba. Ya en confianza nos arriesgamos a pedirle la fórmula, pero obviamente no le dijimos que queríamos, además de beber, montar un negocio de muchos productos a base de La Bastilla.
—Beber es lo más lindo que hay en la vida: te llena, te enaltece y, sobre todo, te emborracha, y vivir borracho es lo más lindo que hay en la vida —empezó Pascual a persuadir al maestro—, pero pobrecitos los pobres que no pueden disfrutar de lo lindo, que no tenemos fórmulas ni nada, solo pobreza, ¿me entendés?, home Rey, vivimos sin fórmulas.
El maestro sonrió como sabiendo por dónde iba la cosa, se levantó con dificultad de la hamaca y nos agarró la cara con delicadeza, primero a Pascual y después a mí, nos dio un besito tierno y asqueroso en la boca y enseguida nos puso a bailar sin música con los cuchos rosados pasados a trago mientras aplaudía y cantaba en la mente una canción que no sonaba. Nos embutía trago parejo. Bebimos de una manera descomunal. Después, para amenizar la parranda, por orden de su jefe, de la boca de uno de los dos cuchos comenzó, hasta que se quedó sin voz, un tunturuntuntunturuntuntun constante y rápido que se hacía pasar por música electrónica.
A esa hora el maestro destapó una caja con cinco botellas de La Bastilla y seguimos bebiendo como si no hubiera mañana y bailando al son del silencio vallenatos que no sonaban, pero que nos llegaban al corazón porque entre todos los escogíamos. «Un osito dormilón», decíamos, por ejemplo, y nos poníamos a bailar. Recuerdo todo lo que pasó hasta que el maestro mandó a un cucho de esos por otra caja de cinco y una botellita de whisky. Hasta ahí también recuerda Pascual. Los dos recordamos que después del baile, cuando estábamos hablando de lo bonito que era beber, sin rogarle ni nada, así, de bacán, nos dio la fórmula, que no apuntamos porque eran dos o tres ingredientes básicos. ¡Qué alegría tan tesa!
Eran las nueve de la noche de yo no sé qué día cuando desperté en mi cama con un dolor de cabeza violento. Mátenme, fue lo primero que pensé cuando abrí los ojos. Y lo segundo que pensé fue ¿cómo llegamos?, pues hasta que recuerdo nunca nos habíamos ido de la casa del Rey. Pascual, como yo, a mi lado en su colchón, estaba vestido. Lo desperté con el pie. Pascual también se estaba muriendo y tampoco recordaba cómo habíamos llegado al cuchitril de nosotros ni a qué horas, si en taxi o gatiando o arrastrándonos, ni la cara del Rey ni de sus dos amiguitos, ni cómo habíamos salido de ese lugar tan peligroso.
—¡Qué borrada de casete tan hijueputa! —dijo Pascual mientras buscaba desesperado una botella de La Bastilla.
—Pascual, la fórmula, marica, ¿cómo es que era?
—¡¿La fórmula?! ¡¿La fórmula?! Agua… Agua… Ah, güevón, ¿cómo es que era?
Un día entero estuvimos sin pegar ojo, aguantando ese dolor de cabeza tan bravo, bregando a recordar la fórmula. En ese bregar nos llegaban imágenes difusas de los besitos del Rey en la boca, de los dos bailando sin música imaginando la canción que no sonaba. Hasta ahí. De pronto Pascual se enloqueció y lanzó una botella de La Bastilla contra la pared.
—Jueputa… ¡Me arde el culo!
—Tranquilo, Pascual, hermano, que esas no son penas —le dije tratando de ignorar el ardor en el mío, mientras me tomaba un trago laaaaaaarrrrrrrgoooooo de la botella, que luego le pasé a él para que bogara—. Cogela suave, Pascual, que además de todo, para mal y para bien, La Bastilla también sirve para olvidar.



