La lluvia: entre ciencia y poesía

Inspiradora de arte y literatura, el origen atmosférico de la lluvia es en sí mismo poético y sigue fascinando a la especie humana. Obra Wet Afternoon (Tarde lluviosa) de Ethel Spowers. Foto: Museum of New Zealand Te Papa Tongarewa / Unsplash
El fenómeno natural que propició la vida hace miles de millones de años y del que aún depende la existencia en Tierra, en esta bella digresión, el autor nos recuerda que el apocalipsis oscila entre lo seco y lo húmedo.

Pienso en la lluvia, la majestuosa lluvia que es responsable del sistema circulatorio de la Tierra. Como la sangre que mantiene vivo a un organismo, la lluvia alimenta los ríos, transporta minerales, sedimentos y nutrientes; irriga los bosques, los acuíferos y ecosistemas. Sin lluvia poco podríamos hacer los seres humanos, veríamos el planeta rápidamente dirigirse hacia un colapso y quedaríamos áridos, baldíos, una tierra cocinada por el sol o convertida en un desierto helado.

Su propio origen es tan poético que vale la pena mencionarlo. Durante los primeros años, la Tierra fue un infierno sometido a unos 8000 grados Celsius. Nos dice Cynthia Barnett, en su libro Rain, a Natural and Cultural History, que esta era fue conocida como el Hádico, con referencia a Hades o el infierno. La corteza que la joven Tierra formaba era incinerada por meteoros ardientes. Sin embargo, fueron estas terribles tormentas de fuego, que bien podrían formar parte de alguna escena del Apocalipsis o de una película de ciencia ficción, las creadoras de una luz de esperanza. A medida que los meteoritos se estrellaban contra la Tierra expulsaban agua en forma de vapor, agua en estado gaseoso. Todo este vapor, producto de una tierra estéril e infernal, resultó ser el responsable de toda la vida.  Así que la lluvia es un gran milagro: verla, tocarla es acercase a la divinidad.

Es tan importante la lluvia, que no extraña que haya sido (o sea) tema en la obra de muchos autores, que se mencione o que tenga gran relevancia en las diferentes representaciones del arte. Quizá una de las descripciones más precisas y brillantes de la lluvia fue escrita por Ray Bradbury en uno de sus cuentos, que se titula «The Long Rain» («La larga lluvia») y dice así: «La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer». Esta descripción destaca por su música, que se siente como un aguacero violento, opresivo y constante.

Bradbury fue uno de los autores que más amó la lluvia y que más la usó en su trabajo narrativo. De hecho, Cynthia Barnett resalta el modo en que Bradbury introdujo la lluvia en Marte en sus Crónicas marcianas y el efecto que esto causó en científicos puristas, que veían el Planeta Rojo como un lugar seco, hostil y demasiado frío para que lloviera.

No hay que olvidar, por supuesto, «El monologo de Isabel viendo llover en Macondo». Este cuento de Gabriel García Márquez, al igual que «The Long Rain» de Bradbury, da a la lluvia un carácter que narra y transforma el estado emocional de los personajes, además de conectarse de manera maravillosa con la lluvia que por cuatro años, once meses y dos días azotó a este pueblo construido «a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos» en Cien años de soledad.

Hay escenas clásicas del cine que no hubiesen existido sin la lluvia, como la del musical Cantando bajo la lluvia (1952), en la que Gene Kelly baila, chapotea y canta bajo un aguacero, y que tanto me recuerda a uno de mis hermanos, que esperaba la llegada de la lluvia para salir a correr. Para él no había nada más maravilloso que mojarse con esta sangre divina.

Hay también un poema de Borges dedicado a ella. Aquí algunos versos: «Bruscamente la tarde se ha aclarado / Porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. / La lluvia es una cosa / Que sin duda sucede en el pasado». Tanto por decir de la lluvia. Tanto se ha cantado y se ha rezado a su nombre. Ahora que menciono a Borges, recuerdo un momento divino gracias a la presencia de la lluvia: una mañana, mientras buscaba el desayuno en un hotel de Montería, me encontré con María Kodama y hablamos sobre la lluvia. Pensé entonces que aquella lluvia torrencial era la misma que había descrito Bradbury, la misma que inundó Macondo; una lluvia nacida mucho antes, cuando los meteoritos incendiaron la Tierra.