Hay canciones que terminan formando parte de nuestra vida sin que sepamos de dónde vienen. Las escuchamos alguna vez. Las podemos reconocer en diferentes etapas o momentos de nuestra vida. Aparecen en un encuentro con amigos, en una reunión familiar, en una emisora, en una aplicación de música, en un concierto o simplemente alguien las tararea.
Canciones que nos resultan familiares desde siempre —o desde un momento indeterminado— y en las que pocas veces nos detenemos a pensar quién las escribió.
Hace unos días, mientras preparaba contenido para un homenaje al compositor cartagüeño Pedro Morales Pino, organizado por la Orquesta Filarmónica de Cali, me quedé pensando en cómo una canción logra convertirse en parte de nuestra identidad y de la identidad de todo un país.

Aquello que parecía una tarea de producción de contenido me llevó a descubrir la vida de un hombre nacido en 1863 y de quien, debo admitirlo, conocía algunas de sus obras, pero no su nombre.
Lo que necesitaba era escribir un boletín. Pero quería entender algo más: quién había sido ese hombre que murió pobre, en Bogotá, el 4 de marzo de 1926, y por qué, un siglo después, seguía siendo tan importante.
La primera tarea fue hablar con músicos y con el equipo artístico de la orquesta. Vinieron las lecturas, las búsquedas y algunas entrevistas que fueron ampliando el mapa de una historia que apenas comenzaba a entender. En ese recorrido apareció Martha Lucía Velazco Morales, bisnieta del compositor.
Gracias a ella conocí una página web dedicada a preservar su legado. Pronto empezaron a llegar correos electrónicos con fotografías familiares, partituras, programas de concierto, documentos y respuestas a las preguntas que le había enviado para la entrevista. Cada hallazgo conducía al siguiente.
Entre los documentos que me compartió había retratos familiares, imágenes de Pedro Morales Pino en su estudio de dibujo, fotografías de su matrimonio con Francisca Llerena, programas de conciertos realizados en Cali hace más de un siglo y cartas dirigidas a su esposa a quien llamaba cariñosamente “Pacotica”.
Descubrí que hay libros, investigaciones, artículos y especialistas que durante años han estudiado la vida y obra del compositor. Entre ellos el maestro Joel Olarte Rincón, músico, docente y gestor cultural, quien lideró un homenaje realizado en Cartago durante el centenario de su muerte.
Martha Lucía me reveló también fragmentos de los escritos de Augusto Morales Pino, su abuelo, el menor de los hijos del artista.

Gran parte de los recuerdos familiares que hoy conserva Martha Lucía llegaron precisamente a través de él. Augusto registró muchas anécdotas de su papá y disfrutaba contarlas durante los almuerzos familiares. Gracias a esos relatos, el músico se ha mantenido presente en generaciones que no llegaron a conocerlo.
Entre esos documentos apareció también el programa de un homenaje realizado a Pedro Morales Pino en el Teatro Municipal de Cali en julio de 1922. Aquella vez, la ciudad lo aplaudió en vida. Más de un siglo después, otra sala de Cali volvía a abrir sus puertas para escuchar su música. Esta vez, nos tocaba a nosotros.
Poco a poco, Pedro Morales Pino dejó de ser solo el gran compositor. Empezaron a aparecer el dibujante, el esposo que escribía cartas de amor, el padre que enviudó joven y quedó al frente de cuatro hijos, y el hombre que siguió creando incluso en medio de las dificultades.
Aunque no lo conoció, Martha Lucía ha convivido con él toda su vida, a través de los recuerdos que han pasado de una generación a otra y que ahora están en sus manos.
Por eso, cuando habla de él, el artista y el bisabuelo ocupan el mismo lugar, y ella reconoce la fuerza de su legado, porque Pedro Morales Pino no fue un compositor cualquiera. Fue uno de los hombres que ayudó a darle forma a la identidad musical de Colombia.
En una época en la que la vida cultural del país seguía tomando a Europa como referencia, dirigió su atención a los bambucos, los pasillos, las danzas y otras manifestaciones que sobrevivían gracias a intérpretes populares y generaciones que las mantuvieron vivas.
No fue casualidad.
Mucho antes de convertirse en artista, fue un niño de origen humilde que vendía dulces en las calles y escuchaba a músicos y trovadores. Cuando años después decidió recopilar, organizar y llevar esos sonidos al pentagrama, no estaba descubriendo un mundo ajeno: regresaba a un lugar que conocía desde la infancia.
Compuso, investigó y escribió. Fundó la Lira Colombiana, una agrupación que llevó la música colombiana a escenarios internacionales. También transformó la bandola al incorporarle nuevas cuerdas y ampliar sus posibilidades sonoras, ayudando a convertirla en un instrumento de concierto.

Pero quizás uno de sus aportes más importantes fue comprender que la tradición oral necesitaba un lugar en el pentagrama. Por eso se empeñó en escribirla. Muchas de esas expresiones que hasta entonces viajaban principalmente de pueblo en pueblo quedaron registradas.
Pedro Morales Pino escribió más de cien composiciones, viajó por Colombia, Centroamérica y Estados Unidos, dirigió agrupaciones musicales y abrió caminos que todavía siguen siendo transitados. Una historia que hace mucho tiempo dejó de pertenecer a los suyos.
El homenaje organizado por la Orquesta Filarmónica de Cali era una muestra más de esa vigencia. Y comenzó antes de que se oyera la primera nota.
Durante varios minutos, Martín Buitrago, director asistente de la orquesta, recorrió la vida y la obra del músico, del investigador, del fundador de la Lira Colombiana y del hombre que contribuyó a preservar la música andina colombiana.
Yo estaba pendiente de Martha Lucía. Nos habíamos saludado unos minutos antes y llevábamos semanas conversando sobre su bisabuelo.
Cuando Martín pidió un aplauso para ella, la busqué entre el público. Martha Lucía se levantó. La sala respondió de inmediato. El reconocimiento a una historia que había comenzado mucho antes de que ella naciera.
Entonces entró al escenario el director invitado Ricardo Jaramillo y levantó la batuta.
Comenzó a sonar Fantasía sobre temas colombianos. Durante seis minutos y diez segundos la Sala Beethoven viajó por el universo musical que Pedro Morales Pino había imaginado más de un siglo atrás. La obra transita entre lo festivo y lo solemne, entre lo rítmico y lo contemplativo, permitiendo que los instrumentos aparezcan de manera escalonada y dialoguen entre sí.
Yo grababa para Martha Lucía. Me había insistido en que registrara la interpretación. Más tarde entendí la importancia de esa petición. Aunque el artista aparece con frecuencia en libros, investigaciones y programas de concierto, buena parte de su repertorio no circula fácilmente en grabaciones actuales.
Al concluir la obra, los músicos se pusieron de pie. Los violinistas levantaron sus arcos. El maestro Ricardo Jaramillo tomó el manuscrito musical desde el atril y lo alzó frente a la sala.

Unos segundos en los que esas partituras unieron diferentes momentos: el del hombre que escribió la obra, el de los músicos que acababan de interpretarla y el de quienes la escuchábamos en vivo más de cien años después.
Al abandonar la Sala Beethoven algunas personas comentaron que no conocían la obra de Pedro Morales Pino. Otras destacaron la importancia del contexto ofrecido y la precisión con la que el director asistente había logrado resumir toda una vida sin sacrificar la complejidad del personaje en unos pocos minutos.
Todavía conmovida, la bisnieta buscó al maestro Ricardo Jaramillo. La conversación se prolongó varios minutos. Hablaron de partituras, de obras poco conocidas que aún conserva la familia y de composiciones que ella sueña con escuchar —algún día— interpretadas por una orquesta sinfónica. Entre esos nombres apareció Cuba guerrera.
Martha Lucía había viajado desde Villa de Leyva para estar allí. Durante meses compartió documentos familiares, respondió preguntas, envió correos electrónicos, insistió ante orquestas y bandas, y acompañó distintas iniciativas para que el centenario de la muerte de su bisabuelo no pasara inadvertido.
Le pregunté qué le había parecido el homenaje. Sonrió. Aún conmovida.
«Es como si el universo me hubiera regalado este concierto».
Se quedó callada y, segundos después dijo: «Lo sentí aquí. Él estaba aquí».



