El abismo de las emociones

Cartel de una manifestación contra el presidente estadounidense Donald Trump, cuyos vínculos con el pedófilo Jeffrey Epstein siguen sin investigarse. Foto: Donald Teel / Unsplash
Las redes sociales y los algoritmos creados ingenuamente para informar mejor a las personas, degeneraron en sistemas de manipulación emocional y posicionamiento de mentiras, donde es cada vez más difícil que la verdad sea reconocida.

Los populismos ya no son una anomalía de la política contemporánea; son su lenguaje dominante. Los políticos han aprendido, progresivamente, desde derrotas frustrantes cuando los discursos tenían una mínima sustancia vital, que gobernar requiere la adaptación a las tendencias y al efectismo abismal de las emociones: instalar una emoción colectiva más poderosa que un argumento allana el camino más directo al atril del poder, donde todo podrá dirigirse desde el pragmatismo.  

La retórica ha recuperado un predominio que parecía anacrónico. Palabras vacías, gestos grandilocuentes, gritos solemnes de efectividad acelerada, espectáculos de salvación, humanismo exacerbado o pirotecnia ensordecedora de inseguridad conceptual. Una mentira emocional llega siempre con mayor rapidez que una verdad compleja.

Por eso la distopía posmoderna ha encontrado en el ruido del ecosistema digital un aliado perfecto para las masas expectantes de estímulos. Los algoritmos no distinguen entre la maraña de las ambigüedades humanas ni entre los recientes virajes del absurdo. La arquitectura tecnológica del siglo XXI ha comenzado a moldear también la psicología de las democracias mientras la geopolítica mundial reorganiza las fichas en el tablero derrumbado.

El riesgo más hondo y profundo no es, por ahora, el ascenso un líder particular, que tendrá que negociar con la practicidad del Estado la continuidad de su discurso y la efectividad de sus promesas. La palabrería cede ahora su espacio a la realidad del gobierno, mientras la niebla de las emociones deja su estela de retórica y vulgaridad en el traspatio olvidado de todas las injurias, los ultrajes y los ruidos