En la novela Los hilos perdidos (Tusquets editores, Bogotá 2025) Juliana Muñoz Toro narra cómo los recuerdos de una madre regresan del olvido, de la mano de las preguntas de una hija que ve cómo avanza el deterioro cognitivo de su progenitora. Una memoria extraviada en un dédalo de calles estrechas que concluyen en callejones sin salida.
Mientras tanto la hija rehace su existencia recogiendo pedacitos: restos, retazos que va fijando en lienzos en blanco como una necesidad de anclar las historias al pasado. Cuando la luz ingresa por momentos a su progenitora, la narradora camina hacia su origen sobre una vía que la lleva a reconstruir su relato en medio de lagunas mentales ocasionadas en el desconocimiento de su propia vida. Lagunas diferentes a las de su madre, que, producto del olvido y la desmemoria, devienen en una memoria rota en la que sobreviven fracciones del relato familiar.
«De no tener su parte de la historia, yo misma seré apenas un conjunto de retazos sin unir. ¿Para qué más sirve la memoria si no es para sobrevivir a este presente tan solitario y vacío? Necesito recrear el pasado para estar completa y desde ahí crear. Necesito, sobre todo, encontrar a mi hermana. Volver a verle las manos, lisas como las plumas de una torcaza, los nudillos en movimiento de puntada. Volver a tocar sus dechados y sentir el aguijón de su mirada». (p.16)
La madre habla poco: es en la costura en donde la fragilidad encuentra nido para aposentarse. La novela ha sido construida como un telar vivo, recopilando trozos que entrelazan la urdimbre del pasado —raíces que sostienen— con la trama del presente —nuevas alas en la historia—.
El texto se convierte en un cuerpo inesperado con una urdimbre secreta y una trama que cubre como una piel que protege. Un libro hecho de puntadas —herramienta para fijar lo que no desaparece— que podrían ser páginas de un diario, fracciones independientes, detalles cotidianos intercalados con algunos sueños. Onirismos contados al azar, indiscriminadamente, revestidos de alegorías. Texto aireado que no se lee como una historia lineal sino como un bordado de fragmentos: fragmentos de duelo, con imágenes que se repiten, conmueven, se desmoronan. Y se vuelven símbolo.
Párrafos para leer en una sola sentada. Una vez iniciado el libro es imposible de soltar para evitar que el lector, como la protagonista, también se pierda en los caminos que surgen cuando la madre habla. A través de los renglones se exploran abandonos,intimidad y tensiones de los vínculos familiares entre madre e hija, hermana y abuela. La figura de un padre prácticamente invisibilizado por la madre, en un contexto marcado por la falta de una hermana cuyo recuerdo duele tanto como su ausencia y cuya realidad como su desaparición queda en manos del lector que debe resolver la ambigüedad que deja planteada la escritora.
Un libro bordado con prosa destilada, concisa y atenta al detalle. Narrativa poética narrada con delicadeza —sin caer en el empalago— mientras se va adentrando en temas universales como el duelo, la enfermedad y la necesidad de fijar los recuerdos para reconstruir las propias historias, mecanismo de sensibilidad minimalista que recuerda procedimientos inclasificables como las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro y algunas de las mejores páginas de Clarice Lispector.
Un lenguaje que se lee con las fibras y los sentidos. Una mirada compasiva frente al deterioro gradual y a las preguntas que se generan en medio del proceso.
Desde el epígrafe de Mary Ruefle nacen las preguntas: «Las manos son insoportablemente hermosas. Se aferran a las cosas. Las dejan irse». ¿Pero cuál es el momento para aferrarse y cuál el de dejar ir? Y es que el olvido que taladra la memoria no pide permiso y se adentra sin dejar posibilidades de regreso.
Los hilos perdidos es una obra que se mueve entre lo íntimo y lo simbólico. La madre cose, teje, borda, como una resistencia de la memoria a ocupar un lugar: una memoria que se niega a extinguirse, que se aferra a la costura como último refugio para detener lo que se escapa.
Para la madre el hilo es su salvación; para la hija es el cordón umbilical. La novela se va convirtiendo en un espacio de reflexión sobre el amor filial, la pérdida y la posibilidad de reinventar los vínculos, explorando los límites difusos de la comunicación, y la urgencia de inventar nuevas formas de atar los recuerdos más allá de la comunicación verbal común.

El bordado, mapa de ruta, es una metáfora del lenguaje que se desmorona; intento de sostener la comunicación y los recuerdos en su forma más elemental. ¿Podrán las agujas suturar las heridas?
De la lectura de Muñoz Toro surgen muchas preguntas: ¿hasta dónde se puede estetizar el deterioro sin correr el riesgo de borrar la crudeza del dolor? ¿Cuál es el límite entre la compasión y la estetización, entre el dolor vivido y el dolor transformado en metáfora? ¿Puede considerarse la figura del cuerpo como casa y ver a la madre como un hogar que va vaciando sus habitaciones? ¿Hasta dónde el olvido se instaura como un huésped en el lugar de la madre y desplaza su presencia?
A lo largo del libro la hija sostiene una lámpara encendida en pleno día, como Diógenes en las calles de Atenas. Busca a la madre que se le escapa entre los pasajes del olvido. La luz no enfoca lo evidente, procura rescatar lo que la memoria borra: una mueca, un guiño, cualquier gesto. Cada vez que la madre se pierde en un callejón sin salida, las preguntas de la hija intentan abrir una grieta en la oscuridad. La claridad externa no basta, sus preguntas son una tentativa de obstinación, un acto de fe en medio del deterioro. Nada promete recuperar lo perdido, solo sostener la búsqueda, convertir la compasión en luz, y acompañar el tránsito hacia el silencio.
Los hilos perdidos es un libro donde la belleza de los textos es capaz de salir a flote en medio de un océano de aflicción, en una lucha para reconstruir una historia antes de que se convierta en un inventario de vacío.



