A este lado del estero (Poemas de Medardo Arias Satizábal)

El escritor, columnista, compositor y poeta, una de las voces representativas del Pacífico colombiano. Foto: Cortesía Ser Zanja
Medardo Arias Satizábal, oriundo de la Isla de Buenaventura, nació hace 70 años, un 31 de mayo, y hoy sigue dándole el gusto a sus lectores compartiendo barcazas de palabras para navegar en la vida a través de sus columnas y sus libros. Como parte de los festejos por su cumpleaños, compartimos una selección de poemas del libro A este lado del estero, su más reciente antología, publicada por Ser Zanja Editores.

BALADA CON GASOLINA


Desde la balaustrada despedazada

de esas casas ocres cercanas al muelle

desde los balcones donde una guitarra

tocaba sola su canción de adioses,

bajaban a mi niñez

—palomas ciegas—

las ropas colgadas al viento,

su escenario rítmico

de teatrillo de títeres,

los barquichuelos viejos

donde un motorista cojo

sacaba lluvia y gasolina de su lanchón de adioses.

Sobre la bahía,

un pisacorbata oxidado

oscilaba como un péndulo

para proclamar el fin de la peste,

y en la colina, en la iglesia

consagrada a un santo italiano,

la torre liberaba música de armonio.

Sigo ahí, sesenta y nueve años después

sin guarecerme de los recuerdos.

Estoy desnudo debajo de ellos,

escribo con esta tinta

mezcla de combustible

pitos de remolcador

sangre, lágrimas y pájaros difuntos.

 



La obra literaria fue lanzada en la Feria Internacional del Libro de Cali 2025. Actualmente en librerías.


HALLAZGO EN CANTERBURY

De pronto, las hojas últimas del otoño reciente

congeladas en las orillas de la acera,

me llevan hasta aquella casa blanca

en el invierno de Canterbury, Connecticut.

El viento hace chirriar el óxido

en los ganchos metálicos donde se bambolea

un cartel que anuncia a la primera escuela

de niñas negras.

Los pobladores caminan por la otra acera

y la casa, con la pintura ya descascarada

en sus paredes de madera,

es como un animal solitario

disecada en el viento del invierno.

Adentro, entre los pizarrones de doble faz

se pudren una caja con lápices de colores,

una jofaina para lavar pinceles,

libros de historia, mapas,

una peineta de metal,

frascos para guardar bencina,

dos espejos

y cincuenta sillas ahumadas

para las pequeñas hijas de África en América.

Nadie ha vuelto a tocar aquellas cosas

en este museo viviente.

El tiempo ha hecho nacer hongos

en las ranuras de las paredes.

Un día, los vientos del Este querrán volver

a pasar por sus ventanas

y la casa se hará polvo sobre sí misma.

Quizá, otra placa se verá en el baldío:

“Aquí, en 1831, Prudence Crandall creó

la primera escuela de niñas negras

en los Estados Unidos”.



POSTAL DE CALI

 

A través de los vidrios rotos de mi ventana

el azul de esta mañana me lava los ojos;

voy bañado por una lluvia de infancia

hacia el hogar musgoso

donde frutos se ofrecen

en sazón.

Esta luz azul

también refresca mis huesos

y me invita a creer

en la vieja esperanza.

Esta mañana es real

como el púrpura de la veranera

contra el aire.

La congoja es experta

en la búsqueda de un tema clásico.



A ESTE LADO DEL ESTERO


Desde el muelle del estero

miro a mis vecinos de enfrente.

Los veo a través de las nasas podridas,

los cajones de anzuelos cebados

por grasa de pez;

han sabido ellos parcelar

y clorar

grandes extensiones de mar,

algunas tan grandes que sus hijos

practican ahí el surf,

la navegación a vela,

toman helados

bebidas de colores.

En sus millas, el agua es azul,

el viento fresco, el sol amarillo.


Algunos han logrado inclinar

su porción de mar,

para balancearse en las tardes

en sus toboganes.


“¿Por qué no vives ahí?”

me pregunta un pescador.


Si solo fuera atravesar el estero

e instalarme ahí…


Una canoa ni siquiera tengo,

en la región de las sombras,

de las tempestades, nací de este lado.


El cardumen pasa por aquí,

salpicando sangre hasta los techos.


Creo que Dios se ha olvidado de nosotros.