BALADA CON GASOLINA
Desde la balaustrada despedazada
de esas casas ocres cercanas al muelle
desde los balcones donde una guitarra
tocaba sola su canción de adioses,
bajaban a mi niñez
—palomas ciegas—
las ropas colgadas al viento,
su escenario rítmico
de teatrillo de títeres,
los barquichuelos viejos
donde un motorista cojo
sacaba lluvia y gasolina de su lanchón de adioses.
Sobre la bahía,
un pisacorbata oxidado
oscilaba como un péndulo
para proclamar el fin de la peste,
y en la colina, en la iglesia
consagrada a un santo italiano,
la torre liberaba música de armonio.
Sigo ahí, sesenta y nueve años después
sin guarecerme de los recuerdos.
Estoy desnudo debajo de ellos,
escribo con esta tinta
mezcla de combustible
pitos de remolcador
sangre, lágrimas y pájaros difuntos.
HALLAZGO EN CANTERBURY
De pronto, las hojas últimas del otoño reciente
congeladas en las orillas de la acera,
me llevan hasta aquella casa blanca
en el invierno de Canterbury, Connecticut.
El viento hace chirriar el óxido
en los ganchos metálicos donde se bambolea
un cartel que anuncia a la primera escuela
de niñas negras.
Los pobladores caminan por la otra acera
y la casa, con la pintura ya descascarada
en sus paredes de madera,
es como un animal solitario
disecada en el viento del invierno.
Adentro, entre los pizarrones de doble faz
se pudren una caja con lápices de colores,
una jofaina para lavar pinceles,
libros de historia, mapas,
una peineta de metal,
frascos para guardar bencina,
dos espejos
y cincuenta sillas ahumadas
para las pequeñas hijas de África en América.
Nadie ha vuelto a tocar aquellas cosas
en este museo viviente.
El tiempo ha hecho nacer hongos
en las ranuras de las paredes.
Un día, los vientos del Este querrán volver
a pasar por sus ventanas
y la casa se hará polvo sobre sí misma.
Quizá, otra placa se verá en el baldío:
“Aquí, en 1831, Prudence Crandall creó
la primera escuela de niñas negras
en los Estados Unidos”.
POSTAL DE CALI
A través de los vidrios rotos de mi ventana
el azul de esta mañana me lava los ojos;
voy bañado por una lluvia de infancia
hacia el hogar musgoso
donde frutos se ofrecen
en sazón.
Esta luz azul
también refresca mis huesos
y me invita a creer
en la vieja esperanza.
Esta mañana es real
como el púrpura de la veranera
contra el aire.
La congoja es experta
en la búsqueda de un tema clásico.
A ESTE LADO DEL ESTERO
Desde el muelle del estero
miro a mis vecinos de enfrente.
Los veo a través de las nasas podridas,
los cajones de anzuelos cebados
por grasa de pez;
han sabido ellos parcelar
y clorar
grandes extensiones de mar,
algunas tan grandes que sus hijos
practican ahí el surf,
la navegación a vela,
toman helados
bebidas de colores.
En sus millas, el agua es azul,
el viento fresco, el sol amarillo.
Algunos han logrado inclinar
su porción de mar,
para balancearse en las tardes
en sus toboganes.
“¿Por qué no vives ahí?”
me pregunta un pescador.
Si solo fuera atravesar el estero
e instalarme ahí…
Una canoa ni siquiera tengo,
en la región de las sombras,
de las tempestades, nací de este lado.
El cardumen pasa por aquí,
salpicando sangre hasta los techos.
Creo que Dios se ha olvidado de nosotros.



