De viaje y sin regreso: un poema de Rosario Caicedo sobre la inmigración

Rosario Caicedo, una joven de la sociedad caleña. retratada antes de su viaje a Estados Unidos. Foto: Archivo Personal
La poeta caleña repasa sus más de 50 años en Estados Unidos: un viaje temporal fue alargándose hasta que fue desapareciendo todo en su ciudad de origen. Hoy el hogar permanece como un Paraíso Perdido en su memoria.

En estos años de violentas migraciones y criminales leyes de deportación masiva, mi historia de inmigrante no puede ser comparada en ninguna forma a lo que leo y enfrento cada día en este norte lleno de mitos.

Salí de mi país, de mi ciudad, por mi propia voluntad y mi no regreso es también por mi propia voluntad. Pero todo proceso de inmigración, a mi parecer, contiene un complejo universo donde nosotros, los que salimos, tenemos que enfrentarnos a un mundo totalmente desconocido: un idioma extraño, un clima lleno de cambios programados, una cultura casi que opuesta a la cultura de origen. En fin, una explosión volcánica de sentimientos difíciles de verbalizar.

Pero cuando la poesía entra por nuestras puertas a prestarnos ayuda, todos esos rompecabezas emocionales se unen para mostrarnos un posible norte y un lejano sur… la brújula de las palabras se pone por un momento en nuestras manos. El mapa de nuestro país empieza a tatuarse en nuestro cuerpo mientras las letras forman montañas y mares…

Queridos lectores de The Cali Review: estas estrofas son para todos ustedes y para mis amados fantasmas que siempre rondan por ese hermoso río de mi ciudad. Siempre, este donde esté, de Cali salí y en Cali estoy así no esté.

De viaje y sin regreso

(Dedicado a los 54 años de mi correría por un mundo desconocido)

…many rivers to cross but I can’t seem to find my way over.

Jimmy Cliff

Rosario Caicedo, invierno de 1972. Foto: Archivo Personal

1972: tres años le dije a la madre

y se pasan bien rápido,

tres años solamente y aquí me tendrás contigo,

te aseguro,

y para mis 25 lo celebraremos juntas como siempre.

Y ella, que sabía predecir el futuro,

negó fuertemente con su cabeza

y me dijo:

No, no, no, aquí ya no vas a vivir más.

Ay, la falta que me harás.

Gruesas lágrimas brotando como nuevos mares,

torrentes de agua salada bajando por sus mejillas

y yo la abracé y le dije

que no se pusiera triste

por algo que jamás pasaría.

Mamita, de esta ciudad

no me saca nadie,

y ella y todos los demás

me llevaron al aeropuerto.

La madre colocando la mano sobre su boca,

su pequeña figura pegada a la pared de vidrio

como si quisiera traspasarla,

como si pudiera detener mi cuerpo en movimiento,

mis piernas alejándose para siempre.

Ella, la madre que podía contar

el pasado y el presente

tan detalladamente como el futuro,

ella, la madre adivina

con sueños que se hacían verdaderos.

Tres años convertidos en un para siempre,

sus acertadas palabras,

y yo la eterna ausente,

la viajera que nunca ha podido llegar de vuelta

a mi origen, a mi centro, a mi todo.

54 años en este día de aniversario,

cada año un poema escrito

para marcar el día de mi partida,

poemas que jamás terminé,

poemas para contar tantas décadas,

más de medio siglo en este intrincado camino.

53 poemas guardados, arrugados, rotos, perdidos

todos, desaparecidos en este vendaval

que se ha llevado

casas plantas, lenguaje, marido,

banderas, porcelanas, vajillas, retratos,

cartas, amigos, música, voces.

Y, sí Madre, aunque tú no lo creas

la familia entera, la tuya.

Oh, el vendaval, el terremoto,

la explosión, el diluvio,

todos estos desastres

en el centro de nuestro hogar,

un horror detrás de otro.

Tú, ya muerta, gracias a la vida

no tuviste que leer

el cruel HASTA NUNCA

que llegó veloz a mis manos,

dos palabras firmadas

por quienes tú procreaste

y yo amé

como tú me enseñaste a amar.

54 años sin regresar

a tu casa, madre,

la casa que no existe,

ninguna de nuestras casas,

todas ellas

desaparecidas.

Y yo escribo esto

a finales del mes de Mayo,

54 años después

de atravesar mares y tierras.

Y me siento tan perdida hoy

en este mi hogar, mi dulce casa

que comparto con la mujer amada,

la mujer que tú nunca conociste,

mi mujer.

Madre, mamá, mamita,

hoy estoy en este cuarto

donde la orquídea

que me diste hace 47 años

floreció de súbito

dos hermosas flores.

Tus manos,

tu obsequio,

tu vida.

Madre jardinera,

madre fantasma,

conmigo estás

caminando a mi lado

en este laberinto

sin principio ni final.

ROSARIO CAICEDO. Middletown, Connecticut. Mayo, 2026